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martes, 7 de mayo de 2019

Cuesta de Atocha


CUESTA DE ATOCHA

Ellos dos van subiendo y nos cruzamos,
en la silla de ruedas,
sentado y encogido, solloza un hombre joven.
El padre, que la empuja,
echa hacia atrás los pies y, para hacer más fuerza,
estira cuanto puede las piernas y los brazos.
Así, encorvado y tenso,
puede vencer apenas la subida.
Sé lo que siente: que se ha hecho
viejo. Por un maldito instante
compadezco a ese padre: un error,
puesto que él todavía tiene a su hijo.
Esbozo una sonrisa mientras van alejándose.
Desde un portal,
una mujer me mira con reproche.
No comprende en qué escena de amor se está metiendo.

Joan Margarit,
De Un asombroso invierno
Ed. Visor, 2018

Fot: Cuesta de Moyano, años 50

martes, 16 de enero de 2018

Tantas ciudades a las cuales debimos haber ido


Es de ciudades cultas nuestro sueño, 
con música y cafés hospitalarios, 
la majestad de un puerto y estaciones 
de hierro y de cristal 
con los trenes bruñidos por la noche 
y por la lluvia, por la misma lluvia 
que nos arrulla en un pequeño hotel 
o desde las ventanas de un museo. 
Hay lugares tranquilos al amparo 
de grandes árboles, gente educada, 
callada, bien vestida, librerías 
donde los ojos vagan mientras cae la tarde. 

Tantas ciudades a las cuales 
debimos haber ido, amada mía. 
La luna sale tras aquellos puentes 
de hierro de los años 
en los que fue cambiando nuestra ley. 
Desde entonces el tiempo es una lluvia 
que nos inunda como a los tejados. 
Pero en la luz del patio están los templos 
de mármol blanco y travertino de oro. 
Y por las calles de pequeños pueblos 
encontramos estucos color tierra, 
fastuosos, esgrafiados por el viento. 
La casa del balcón posee aún 
luz de conversaciones y refugio, 
y cuando de los dos quede uno solo, 
tendrá por compañía los recuerdos, 
la hiedra y el ciprés hasta encontrarnos 
en las ciudades de este sueño.

Tantas ciudades a las cuales debimos haber ido


miércoles, 31 de agosto de 2016

Lejos


Un perro abandonado va por la carretera,
busca la esclavitud en el peligro.
Cuando anochece,
jadeante, le quedan aún fuerzas
para ladrar a los primeros faros,
que lo deslumbran.
La carretera pasa junto al mar
en una costa abrupta.
El mundo puede ser bellísimo,
pero tiene que incluir la humillación.
Soñar tan sólo es
buscar un amo.

Lejos

lunes, 4 de julio de 2016

Gente en la playa


La mujer ha aparcado.
Baja y, con lentitud, saca del coche
una silla de ruedas.
Después, coge al muchacho,
lo sienta y le coloca bien los pies.
Se aparta algún cabello de la cara
y, sintiendo ondear su falda al viento,
va empujando la silla en dirección al mar.
Entra en la playa por el paso
de tablas de madera que, de pronto,
a unos metros del agua, se interrumpe.
Muy cerca, el socorrista mira al mar.
La mujer alza al chico:
lo coge por debajo de los brazos
y camina de espaldas hacia el agua,
mientras los pies inertes
dejan dos surcos en la arena.
Ha llegado muy cerca de las olas
y lo deja en el suelo para volver atrás
a por el parasol y la silla de ruedas.


Estos últimos metros.
Los malditos, crueles metros últimos.
Estos te romperán el corazón.
No hay amor en la arena, ni en el sol,
ni tampoco en las tablas, ni en los ojos
del socorrista, ni en el mar.
El amor son estos últimos metros.
Su soledad.

Joan Margarit
Gente en la playa
De: Se pierde la señal, 2012
Incluido en “La sombra del otro mar”
Ed. Nordica Libros 2016