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miércoles, 10 de octubre de 2018

Los indolentes


LOS INDOLENTES
Dedicado a Ernst Balcke

Una vieja barca, que en el puerto en calma
al atardecer amarrada se mece.

Los amantes, que tras los besos duermen.

Una piedra, profunda en el pozo verde.

El descanso de la Pitia, como el reposo
de los grandes dioses tras un largo banquete.

El cirio blanco, que empalidece al muerto.

Las cabezas leoninas de las nubes en torno a un valle.

La sonrisa de un tonto convertida en piedra.

Jarrones polvorientos donde pervive una fragancia.

Violines rotos en el desorden de los suelos.

Antes del ímpetu de la tormenta, el aire inmóvil.

Una vela, que en el horizonte brilla.

La fragancia de los brezos, que guía a las abejas.

El dorado del otoño, que corona hojas y tallos.

El poeta, que percibe la maldad del necio.

Georg Heym
(Versión, mayo, 1910)

domingo, 12 de noviembre de 2017

Siguió un largo y tenebroso invierno


Siguió un largo y tenebroso invierno, así Lori recitó a los chicos en clase y ellos comprendieron por qué el río los acurrucaba en sí mismos y no había cómo combatirlo: eran chicos pobres casi en su mayoría y no tenían abrigos suficientes. Lori usó la mensualidad del padre para comprar a cada chico de su clase un pulóver grueso de lana, y todos rojos para calentarles la vista al mismo tiempo que impedía que los labios se les pusieran morados del frío que venía también del piso de cemento desnudo, en aquel invierno más frío que los otros. Lori entraba, ella misma abrigada, con los chicos, las voces en el aula eran múltiples, y enseñaba segura de que los niños y las niñas iban a guardar lo que ella enseñaba para más tarde, cuando pudieran entender. Así les habló de que aritmética venía de "arithmos" que es ritmo, que "número" venía de "nomos" que era ley y norma, norma del flujo universal del niño. Era demasiado temprano para decirles eso, pero gozaba con el placer de hablarles, quería que ellos supieran, a través de las clases de portugués, que el sabor de una fruta estaba en el contacto de la fruta con el paladar y no en la fruta misma.
No había aprendizaje de cosa nueva: era solo el redescubrimiento. Y llovía mucho ese invierno. Entonces usó otra mensualidad del padre y buscó -con qué placer andaba por las tiendas buscando hasta encontrar- y buscó y compró para todos los alumnos y alumnas de su clase paraguas rojos y medias de lana roja.
Era así como ella incendiaba el mundo.

Clarice Lispector
"Aprendizaje o el libro de los placeres."
Siruela
Trad. Cristina Sáenz de Tejada

Foto: Saul Leiter

martes, 3 de octubre de 2017

Somos luz


Somos luz, ¿sabe?, nada más que luz: somos la luz que se les ofrece a los bateadores de críquet al final del día, los ojos brillantes del amado, el resplandor de la cerilla de seguridad en la ventana del edificio alto, las estrellas y nebulosas en plena gloria nocturna, la luna creciente a través de los cables del tranvía, la lámpara de nafta brillando sobre la carretilla del vendedor ambulante... Cuando perdimos nuestro ser etéreo y nos encarnamos, nos ralentizamos, espesamos y congelamos en... -se agarró ambos lados de la cara y los agitó-..., en esto. El alma misma es un recuerdo que conservamos de los tiempos en que nos desplazábamos a la velocidad de la luz y con su densidad. La primera etapa de nuestra Disciplina aquí consiste en aprender cómo se recupera esa rarefacción, esa condición luminosa, para ser de nuevo capaces de ir a donde deseemos, a través de los cuernos de linterna, a través del cristal y, con el tiempo, aunque corramos el riesgo de partirnos por la mitad, a través del espato de Islandia, que es una expresión en cristal de la velocidad de la Tierra mientras corre por el Éter, alterando las dimensiones y creando una refracción doble... -Se detuvo ante la puerta-. Coma algo, es usted un buen chico.

Thomas Pynchon
Contraluz
Edit Tusquets
Trad. Vicente Campos

Fot. Saul Leiter

jueves, 13 de julio de 2017

Variaciones sobre la palabra sueño


Variaciones sobre la palabra sueño

Me gustaría verte dormir,
algo que tal vez no suceda.
Me gustaría observarte, durmiendo. 
Me gustaría dormir contigo, 
penetrar en tu sueño 
mientras su ola oscura y suave
se desliza sobre mi cabeza
y caminar contigo por ese bosque
ondulante y radiante, de hojas verde mar,
con su sol acuoso y sus tres lunas,
hacia la gruta donde debes descender,
hacia tu peor miedo.

Me gustaría darte la rama plateada, 
la florecilla blanca, la única palabra 
que te protegiera del dolor 
de las entrañas de tu sueño, 
del dolor de tus entrañas

Me gustaría seguirte
al subir la larga escalera otra vez 
y convertirme en la barca 
que te llevara de vuelta con cautela; 
una llama protegida por dos manos ahuecadas
donde reposara tu cuerpo a mi lado, 
y mientras entraras
en ella con tranquilidad,
me gustaría ser el aire que te habita,
solo por un momento.

Me gustaría pasar así de inadvertida
y ser tan necesaria.

Margaret Atwood
Variaciones sobre la palabra sueño
De “Historias reales”, 1990

Fot. Saul Leiter