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miércoles, 17 de enero de 2018

Sylvia Beach


[...]También estaba Sylvia Beach.
Esta joven estadounidense lucía un rostro original, de lo más atractivo. Hablaba francés con soltura, con un acento más inglés que americano; a decir verdad, no se trataba tanto de un acento como de una forma enérgica e incisiva de decir las palabras; al escucharla no pensabas en un país, pensabas en una raza. En la conversación no vacilaba ni se detenía, nunca le faltaban las palabras, aunque llegado el caso se las inventaba a sabiendas; procedía bien por adaptación del inglés, bien por extensión de vocablos franceses, y todo ello con una exquisita sensibilidad de nuestro idioma. Sus hallazgos solían ser tan felices, tan divertidos, que no tardaban en pasar al uso -nuestro uso- como si siempre hubieran existido; no podíamos evitar repetirlos, e intentábamos imitarlos. En definitiva, esta joven americana tenía mucho humor; mejor dicho: era el humor en persona.

Adrienne Monnier
Rue de l'Odéon
Gallo Nero
Trad. Julia Osuna

Fot. anónima de James Joyce en la entrada de la Shakespeare and Company, con su propietaria Sylvia Beach. París 1920's

martes, 31 de octubre de 2017

La poesía


La poesía es la unidad deseada, a la que se aspira mediante los conflictos de las palabras, y también de los males. Cuanto más duros son los obstáculos por afrontar, más dulce es la meta.
Poesía es salir de la vida corriente, es quitarse la ropa de todos los días, sucia y arrugada, para ponerse ropa de festivo: nueva o como nueva, de colores vivos o claros, de un negro bien negro, un blanco bien blanco. Los colores adquieren entonces todo su significado, que no puede expresarse en palabras, ni tan siquiera en ideas, solo en sentimientos profundos, como si el gran Ser maternal manifestase tierna y poderosamente su presidencia.
Así pues, voy a quitarme por un momento mis vestiduras de todos los días -que son grises- para ponerme las de los domingos, que también son grises pero con un poco de blanco o de azul. Voy a intentar hacer de esta una hora alegre, una hora con los poetas.

Adrienne Monnier
Rue de l'Odéon
Gallo Nero
Trad. Julia Osuna

Fot. Adrienne Monnier
frente a su librería La Maison des Amis des Livres, Paris

martes, 5 de abril de 2016

Rue de L'Odéon


Y luego caía la noche.
Adrienne, antes de cerrar la tienda, a solas con sus libros, como se sonríe a los ángeles, les sonreía. Los libros, como diablillos buenos, le devolvían la sonrisa. Conservaba esa sonrisa y se iba. Y esa sonrisa iluminaba toda la calle, la Rue de l’Odéon, la calle de Adrienne Monnier.

sábado, 2 de abril de 2016

La Maison des Amis des Livres


La Rue de l’Odéon poseía la tranquilidad de un pueblo. Allí se encontraba la librería La Maison des Amis des Livres. Si uno observaba con detenimiento, podía ver en la entrada a su propietaria, Adrienne Monnier, con su pelo corto y su largo vestido suelto. 

En mi época de estudiante esa librería representaba ese mundo fascinante , tan cercano,y aún así tan lejano, de la literatura moderna: lejano porque todavía no conocía ni a uno solo de de los autores ; cercano porque devoraba muchísimos de sus libros, que pedía prestados de la biblioteca de Adrienne. Además descubrí los rostros de algunos de ellos a través de los retratos con dedicatoria que tapizaban las paredes de la librería. Escuchaba a escondidas a la dueña de aquel santuario - que me intimidaba con su ropa distinta y sus amigos nobles- hablando de la forma más natural e íntima de gente muy conocida cuyos nombres me dejaban algo aturdida. Podía estar contándole a algún cliente, por ejemplo, que había visto a Válery justo la noche anterior o que Gide no se encontraba muy bien. León Paul Fargue y Jacques Prévost eran otros de los autores a los que muy a menudo se veía conversar con Adrienne. Y a veces, con el corazón en un puño, veía de repente materializarse ante mí en carne y hueso al más distante e inaccesible de todos: James Joyce, cuyo Ulises había leído en francés con gran asombro. 

Extraído del prólogo de James Joyce in París : His final years 
Cassel and Company Ltd.,1965

Fot. James Joyce y Adrienne Monnier en la calle de l'Odéon, París