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miércoles, 5 de julio de 2017

Graal


Respiración oscura de la vulva.

En su latir latía el pez del légamo
y yo latía en ti.
Me respiraste
en tu vacío lleno
y yo latía en ti y en ti latían
la vulva, el verbo, el vértigo y el centro.

Graal

Fot. anónima de Ita Rina (Italina Ida Kravanja)

viernes, 5 de mayo de 2017

El silencio del cuerpo


Si les quitamos a los sentimientos amorosos la morbosidad que los lubrifica, no quedarán sanos, sino estériles, atrofiados, movidos por el viento árido de la crueldad.

Guido Ceronetti
El silencio del cuerpo
Ed. Acantilado
Trad. J. A. González Sainz

domingo, 11 de diciembre de 2016

Oso



-Oso- dijo frotando el pelaje con el pie, sintiéndose sola de repente. El calor del fuego era excesivo; la alfombra de pelo se había apartado de la chimenea y se le había acercado. ¡Oh, se sentía sola, inconsolablemente sola…! Llevaba años sin sentir contacto humano. Siempre se le había dado mal. Era como si los hombres supieran que su alma estaba gangrenada. Las ideas estaban muy bien y ella podía esconderse en su trabajo y olvidarse por un tiempo del auténtico significado del instituto, donde el director se la follaba un día a la semana sobre su mesa mientras ambos confían escandalizar al Gobierno, aunque Lou sabía muy bien que lo que él deseaba de verdad no era su carne pálida, sino esos elegantes bocallaves del siglo XVIII que tanto escaseaban en Ontario.
Había permitido que aquel trámite continuara porque era su único contacto humano, pero le horrorizaba recordarlo. No había cariño alguno en el acto, solo costumbre y conveniencia. Se había convertido en una especie de castigo que ella se infligía.
-Oh, oso- dijo, acariciándole el cuello. Se levantó, se desnudó, porque hacía calor. Se tumbó junto al lomo del oso, algo apartada y también apartada del fuego y, desolada, empezó a hacerse el amor.
El oso despertó de su sopor y se volvió. Sacó la pecosa lengua. Era gruesa y, como decía la enciclopedia, tenía un surco longitudinal. Empezó a lamerla.
Una lengua gruesa, moteada de rosa y negro. Lamió. Raspó hasta cierto punto. Tanteó. Era cálida, agradable, extraña. ¿Qué demonios haría Byron con su oso?, se preguntó Lou.
El oso lamía. Buscaba. Lou podría haber sido una pulga a la que él estaba persiguiendo. Le lamió los pezones hasta que se le pusieron duros y le relamió el ombligo. Ella lo guió con suaves jadeos hacia abajo.
Movió las caderas: se lo puso fácil.
-Oso, oso- susurró, acariciándole las orejas. La lengua, no solo musculosa sino también capaz de alargarse como una anguila, encontró todos sus rincones secretos. Y, como la de ningún ser humano que hubiera conocido, perserveró en darle placer. Al correrse sollozó, y el oso le enjugó las lágrimas.

Marian Engel   Oso
Ed. Impedimenta.
Trad. Magdalena Palmer

Ilustración Gabriella Barouch

viernes, 30 de septiembre de 2016

Cuando la debilidad se llama bondad




(…) La debilidad de Franz se llama bondad. Franz nunca podría darle ordenes a Sabina. No le mandaría, como en tiempos hizo Tomás, que coloque un espejo en el suelo y ande encima de él desnuda. No es que le falte sensualidad, pero le falta fuerza para mandar. hay cosas que solo pueden hacerse con violencia. El amor físico es impensable sin violencia.

Sabina miraba a Franz que caminaba por la habitación con la silla levantada, aquello le parecía grotesco y la llenaba de una extraña tristeza.

Franz dejó la silla en el suelo y se sentó en ella mirando a Sabina.

-No es que me agrade ser fuerte-dijo-, pero ¿para qué necesito estos músculos en Ginebra? Los llevo como un adorno. Como unas plumas de pavo real. En la vida me he peleado con nadie.

Sabina continuó con su meditación  melancólica: ¿Y si tuviera un hombre que le diera órdenes? ¿alguien que quisiera ser su amo? ¿Cuánto tiempo iba a aguantarlo? !Ni siquiera cinco minutos! De lo cual se deduce que no hay hombre que le vaya bien. Ni fuerte ni débil. Dijo:

     -¿Y por qué no utilizas nunca tu fuerza contra mí?

     -Porque amar significa renunciar a la fuerza -dijo Franz con suavidad.

Sabina se dio cuenta de dos cosas: en primer lugar, de que aquella frase era hermosa y cierta. En segundo lugar, de que al pronunciarla, Franz quedaba descalificado para su vida erótica.


Ed. Tusquets, 1993
Trad. Fernando Valenzuela

Fot. Fotogramas de The Servant de Joseph Losey, 1963

lunes, 28 de marzo de 2016

Presencia y sensación


El encuentro erótico comienza con la visión del cuerpo deseado. Vestido o desnudo, el cuerpo es una presencia: una forma que, por un instante, es todas las formas del mundo. Apenas abrazamos esa forma, dejamos de percibirla como presencia y la asimos como una materia concreta, palpable, que cabe en nuestros brazos y que, no obstante, es ilimitada. Al abrazar a la presencia, dejamos de verla y ella misma deja de ser presencia. Dispersión del cuerpo deseado: vemos sólo unos ojos que nos miran, una garganta iluminada por la luz de una lámpara y pronto vuelta a la noche, el brillo de un muslo, la sombra que desciende del ombligo al sexo. Cada uno de estos fragmentos vive por sí solo pero alude a la totalidad del cuerpo. Ese cuerpo que, de pronto, se ha vuelto infinito. El cuerpo de mi pareja deja de ser una forma y se convierte en una substancia informe e inmensa en la que, al mismo tiempo, me pierdo y me recobro. Nos perdemos como personas y nos recobramos como sensaciones.

Octavio Paz, La llama doble
Ed. Seix Barral, 2001