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jueves, 4 de octubre de 2018

Allí donde el aliento


ALLÍ DONDE EL ALIENTO

Está solo en el escenario 
sin ningún instrumento. 

Se pone la mano en el pecho
allí donde nace el aliento
y donde se apaga.

No son las manos que cantan,
ni tampoco el pecho.

Canta lo que está callado 

Ed. Acantilado, 2005
Trad. Xavier Farré

sábado, 18 de agosto de 2018

Deseo


Es decir, yo no deseo a una mujer –me da vergüenza decir cosas así–, lo ha dicho Proust, y en Proust es muy hermoso: no deseo a una mujer, deseo a su vez un paisaje que está envuelto en esa mujer, un paisaje que puedo no conocer, y que presiento, de tal suerte que, si no despliego el paisaje que ella envuelve no estaré contento, es decir, mi deseo fracasará, mi deseo quedará insatisfecho.

Gilles Deleuze
Proust y los signos
Ed. Anagrama 1995
Trad. Francisco Monge

lunes, 9 de abril de 2018

La rosa


LA ROSA

Soy bella porque he crecido en el jardín de mi amado.
Bajo la lluvia de primavera pude beber el deseo, 
bajo el sol pude beber las brasas-
ahora estoy abierta y espero.

de "La tierra que no es" (1925)
Trad. Nelida García Salgado

viernes, 15 de septiembre de 2017

Arder


Si yo no ardo,
si tú no ardes,
si nosotros no ardemos,
¿cómo de las tinieblas
haremos
claridad?

domingo, 11 de junio de 2017

La mujer


Un hombre sueña que ama a una mujer. La mujer huye. El hombre envía en su persecución los perros de su deseo. La mujer cruza un puente sobre un río, atraviesa un muro, se eleva sobre una montaña. Los perros atraviesan el río a nado, saltan el muro y al pie de la montaña se detienen jadeando. El hombre sabe, en su sueño, que jamás podrá alcanzarla. Cuando despierta, la mujer está a su lado y el hombre descubre, decepcionado, que ya es suya.

Ana María Shua
La mujer
Recogido en Cazadores de letras
Ed. Páginas de espuma, 2009

Fot. Daisuke Yokota

jueves, 8 de junio de 2017

Donde habite el olvido



Donde habite el olvido, 
En los vastos jardines sin aurora; 
Donde yo sólo sea 
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas 
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. 

Donde mi nombre deje 
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos, 
Donde el deseo no exista.


sábado, 27 de mayo de 2017

Qué ruido tan triste



Qué ruido tan triste

Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman,
Parece como el viento que se mece en otoño
Sobre adolescentes mutilados,
Mientras las manos llueven,
Manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas,
Cataratas de manos que fueron un día
Flores en el jardín de un diminuto bolsillo.

Las flores son arena y los niños son hojas,
Y su leve ruido es amable al oído
Cuando ríen, cuando aman, cuando besan,
Cuando besan el fondo
De un hombre joven y cansado
Porque antaño soñó mucho día y noche.

Mas los niños no saben,
Ni tampoco las manos llueven como dicen;
Así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños,
Invoca los bolsillos que abandonan arena,
Arena de las flores,
Para que un día decoren su semblante de muerto.

Los placeres prohibidos, 1931
de La Realidad y el Deseo, 1936
En la foto Luis Cernuda y su amante, el actor coruñés Serafín Ferro en 1932
A Serafín están dedicados los poemas de "Los placeres prohibidos

jueves, 18 de mayo de 2017

sábado, 13 de mayo de 2017

La realidad y el deseo



Cuando la muerte quiera
Una verdad quitar de entre mis manos,
Las hallará vacías, como en la adolescencia
Ardientes de deseo, tendidas hacia el aire.

La realidad y el deseo

Bergen, Norway 1934

martes, 7 de marzo de 2017

El deseo era un punto inmóvil


El deseo era un punto inmóvil...

Los cuerpos se quedaban del lado solitario del amor
como si uno a otro se negasen sin negar el deseo
y en esa negación un nudo más fuerte que ellos mismos
indefinidamente los uniera.

¿Qué sabían los ojos y las manos,
qué sabía la piel, qué retenía un cuerpo
de la respiración del otro, quién hacía nacer
aquella lenta luz inmóvil
como única forma del deseo?

domingo, 11 de diciembre de 2016

La mirada que salva


La mirada que salva

Un ciervo a solas
en la distancia
una cierva lo mira
con tal deseo
que el cazador oculto
entre las hojas recuerda
a la mujer que amó
y deja caer el arco.

Poemas de la Antigua India
Traducción del inglés: Jorge Esquinca
El poeta y su trabajo, no. 28, primavera 2008.

From Anxious Corridor, 1935

viernes, 9 de diciembre de 2016

Ella no


Todas las niñas esperan eso. Ella no. Si él le diera un beso, se habría acabado el juego. Ella desea vivir siempre en la espera. Con el beso terminaría todo. ¿Qué puede venir después? Al segundo beso todo se hace costumbre. Ella se pone de pie y se va sollozando.

Unica Zürn   Primavera sombría
Ed. Siruela
Trad. Ana María de la Fuente Rodríguez

viernes, 11 de noviembre de 2016

En aquellos instantes de dichosa paz


Yo temía la intrusión de cualquier pensamiento, de cualquier idea que, irrumpiendo en aquellos instantes de dichosa paz, pudiese llegar a inhibirlos, a transformarlos en una fuente de tristeza. Pensé también en aquel largo viaje emprendido hacía tanto tiempo desde aquel mismo lecho, desde la noche distante en que lo habíamos compartido, a través de tantos climas, tantas tierras, que nos había devuelto una vez más a nuestro punto de partida, al devorador campo magnético de la ciudad. Un nuevo ciclo que se abría al conjuro de los besos y las caricias deslumbradoras que ahora podíamos compartir. ¿Adónde podría llevarnos? Recordé unas palabras de Arnauti, escritas a propósito de otra mujer, con un contexto muy distinto: “Uno se dice que lo que tiene entre sus brazos es una mujer; pero si la contempla dormida advertirá que la criatura crece sin cesar: verá en el rostro amado, eternamente misterio, el perfecto e infalible florecimiento de las células, repitiendo hasta el infinito el delicado promontorio de la nariz humana, una oreja copiada de una concha marina, cejas dibujadas como helechos, labios inventados por bibalvos durante su unión de sueño. Pero este crecimiento es humano, lleva un hombre que atraviesa el corazón, y que promete el sueño demente de una eternidad que el tiempo desvirtúa a cada instante. ¿Y si la criatura humana fuese una ilusión? ¿Si, como dice la biología, cada célula de nuestro cuerpo es reemplazada por otra cada siete años? En el mejor de los casos, tengo entre mis brazos una fuente de carne, un juego incesante; y mi mente es un arcoiris de polvo”. Entonces, desde otro punto del compás, oía la voz agria de Puserwarden que decía: “¡No existe el Otro; sólo existe uno afrontando eternamente el problema del descubrimiento de sí mismo!”.

Lawrence Durrell  
El cuarteto de Alejandría IV, Clea
Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

martes, 1 de noviembre de 2016

Deseo


Su vestido ligero y flotante estaba tan abierto por la espalda que cada vez que la ahuecaba por un movimiento de sus omóplatos prominentes, Van, que se había aproximado al taburete tanto como se lo permitía la prudencia, podía ver hasta el coxis su ensilladura marfileña y respirar todo el calor de su cuerpo. Con el corazón saltándole en el pecho, y la mano lamentablemente hundida en el bolsillo del pantalón, se inclinaba sobre ella, mientras ella se inclinaba sobre su obra, y permitía a sus labios sedientos que se deslizasen ingrávidamente desde la cabellera tibia a la ardiente nuca. Era la sensación más dulce, más poderosa, más misteriosa que nunca había experimentado. En la sórdida lujuria del invierno anterior nada podía haberle hecho presentir aquella ternura acariciadora, aquel desconsuelo del deseo. Hubiera querido permanecer indefinidamente sobre la redondez exquisita de la pequeña protuberancia ósea que destacaba por debajo de su nuca, si ella, indefinidamente, hubiera mantenido la cabeza inclinada, y si el pobre muchacho hubiese sido capaz de soportar por más tiempo el éxtasis de aquel contacto en su boca, convertida en cera inmóvil, sin apretujarse contra la chica en un loco abandono.


Vladimir Nabokov
Ada o el ardor
Ed. Anagrama, 2006
Trad. David Molinet

jueves, 13 de octubre de 2016

No tenía humanidad


Sucedió un día durante la comida. Estábamos todas sentadas. Llegó una muchacha, una nueva. Tenía quince años, los cabellos rígidos como cuchillas, brillantes, los ojos graves y fijos, sombreados. La nariz aguileña, los dientes, cuando reía, y reía poco, eran puntiagudos. Una hermosa frente alta donde podían tocarse los pensamientos, donde generaciones pasadas le habían transmitido talento, inteligencia, fascinación. No hablaba con nadie. La apariencia era la de un ídolo, despreciativa. Tal vez por eso deseé conquistarla. No tenía humanidad.

Fleur Jaeggy  Los hermosos años del castigo
Ed. Tusquets
Trad. Juana Bignozzi

martes, 4 de octubre de 2016

Miradas


A veces viene a la provincia la Sinfónica de Bratislava o una lejanía así.
Es una novedad, pero no toda la novedad está en la música.
Esa chica del violín que en la orquesta está lánguida de melena y a lo mejor se llama María o Claudia, educada para la vibración casi celeste, trémolos, pizzicatos, a esa mujer vestida de raso ni se le ocurre que en la sala hay ojos codiciosos de hombres que la apartan a ella del conjunto e imaginan juegos de amor para sus manos, dedos.

Antonio Pereira   La violinista
Incluido en Todos los cuentos
Ed. Siruela, 2012

Fot. Jean-François Lepage

viernes, 2 de septiembre de 2016

Miro mi desnudez


Miro mi desnudez...

Miro mi desnudez. Contemplo
la aparición de las heridas blancas.
Envuelto en sábanas mortales,
bebo en las aguas femeninas
la dulzura y la sombra.


jueves, 18 de agosto de 2016

Media hora


Ni te he poseído ni te poseeré
nunca, creo. Unas pocas palabras, un acercamiento
como en el bar anteayer, y nada más.
Es triste, no lo niego. Pero nosotros los artistas,
a veces, con el poder de la mente, y, claro está, sólo
por pocos minutos, creamos un placer
que casi parece real.
Así, en el bar anteayer –ayudado, además,
tan misericordiosamente por el alcohol-
pasé media hora totalmente erótica.
Y me parece que lo comprendiste
y te quedaste un rato más a propósito.
Y eso era muy necesario. Porque,
a pesar de toda mi imaginación y de la magia del vino,
me era preciso ver tus labios,
me era preciso tener tu cuerpo junto a mí.

Media hora 

Kirsten Pour Romeo Gigli
Londres (1989)

jueves, 14 de julio de 2016

Deseo


El deseo es el motor de la vida. La urgencia que nos estimula a seguir adelante, con paradas intermedias, pero sin un destino final, salvo la muerte. La magnífica plenitud que sentimos después de una comida, del sexo, de un buen libro o de una conversación inteligente es inevitablemente breve. Queremos y deseamos por naturaleza y llenamos de contenido ese vacío, mientras narramos nuestra vida interior. Para bien o para mal, le damos un sentido que, necesariamente, está conformado por el lenguaje y la cultura en la que vivimos. Dar sentido puede que sea la seducción última de los seres humanos.

Siri Hustvedt 
Vivir, pensar, mirar
Ed. Anagrama, 2014
Trad. Cecilia Ceriani

viernes, 17 de junio de 2016

Deseo


La vallisneria es una hierba bastante insignificante que no tiene nada de la gracia extraña del nenúfar o de ciertas cabelleras submarinas. Pero se diría que la naturaleza se ha complacido en poner en ella una hermosa idea. Toda la existencia de la pequeña planta transcurre en el fondo del agua, en una especie de semisueño, hasta la hora nupcial en que aspira a una vida nueva. Entonces la flor hembra desarrolla lentamente la larga espiral de su pedúnculo, sube, emerge, domina y se abre en la superficie del estanque. De un tronco vecino, las flores masculinas que la vislumbran a través del agua iluminada por el sol se elevan a su vez, llenas de esperanza, hacia la que se balancea, las espera y las llama en un mundo mágico. Pero a medio camino se sienten bruscamente retenidas: su tallo, manantial de vida, es demasiado corto; no alcanzarán jamás la mansión de luz, la única en que puede realizarse la unión de los estambres y del pistilo. ¿Hay en la naturaleza una inadvertencia o prueba más cruel? ¡Imaginaos el drama de ese deseo, lo inaccesible que se toca, la fatalidad transparente, lo imposible sin obstáculo visible!.

Maurice MaeterlinckLa inteligencia de las flores
Ed. Longseller, 2004
Trad. Juan Bautista Enseñat

Fot. The Field Museum Library, Lily pads in water