Mostrando entradas con la etiqueta El cuarteto de Alejandría. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El cuarteto de Alejandría. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de abril de 2019

Acto


Paracelso dice que los pensamientos son actos y de todos los actos, supongo, el sexual es el más importante, pues es aquel en el que más se divulgan nuestros espíritus. Sin embargo uno lo experimenta como una especie de paráfrasis de lo poético, lo noético del pensamiento que adopta la forma de un beso o de un abrazo. El amor sexual es conocimiento tanto en su etimología como en el hecho en sí: “La conoció”, dice la Biblia. El sexo es la unión o el acoplamiento que ata los cabos del hilo de Ariadna del macho y la hembra: la nube de lo desconocido.

Lawrence Durrell
El cuarteto de Alejandría
Clea

Fot: Paddy Summerfield

jueves, 6 de septiembre de 2018

Finísimas nubes


Como por tácito acuerdo, nos sentamos el uno frente al otro sobre la alfombra, como solíamos hacerlo en el pasado, con las piernas cruzadas como "sastres armenios", había dicho Clea una vez. Brindamos a la luz rosada de las bujías escarlata que iluminaba sin titubeos el aire inmóvil, cuyas fantasmagóricas radiaciones delineaban la boca sonriente, los rasgos puros de Clea. Allí, por fin, en aquel gastado trozo de alfombra, nos abrazamos -¿cómo decirlo?- con una calma sonriente y grave; como si la copa del lenguaje se hubiese vertido silenciosamente en aquellos besos elocuentes que reemplazaban las palabras y compensaban el silencio, aquel silencio que era una forma nueva y más perfecta del pensamiento y del gesto. Aquellos besos eran como finísimas nubes destiladas a través de una inocencia recién nacida, a través del genuino dolor de la ausencia de deseo. Recordé aquella otra noche, hacía tanto tiempo, en que habíamos dormido abrazados y sin sueños; y comprendí que, tras un largo rodeo por el árido desierto de mis fantasías, mis pasos me habían devuelto a aquel mismo punto del tiempo, al umbral de aquella puerta aherrojada que entonces se me había cerrado, detrás de cuyos cristales, sonriente e irresponsable como una flor, se movía la sombra de Clea. Yo no había sabido encontrar la llave de aquella puerta. Ahora se me abría espontáneamente. En tanto que otra puerta, aquella que en un tiempo me había dado acceso a Justine, se había cerrado de forma irrevocable. ¿No hablaba Pursewarden de puertas corredizas? Pero se refería a libros, no al corazón humano. El rostro de Clea no reflejaba artificio ni premeditación, sino una especie de generosa malicia que le inundaba los magníficos ojos y se transmitía en la firmeza consciente con que introducía mis manos en sus mangas para entregarse a mi abrazo en la actitud condescendiente de una mujer que ofreciera su cuerpo a una valiosa capa. O cuando me tomaba la mano, la apoyaba sobre su corazón y murmuraba:
-¡Siente! Ha cesado de latir.
Así dejamos correr el tiempo, y así hubiéramos podido quedar, como figuras estáticas de un cuadro olvidado, saboreando sin prisa la dicha concedida a los seres destinados a gozarse mutuamente sin reservas ni autodesprecio, sin los premeditado ropajes del egoísmo, las limitaciones inventadas del amor humano.

Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

Fot. Heinz Von Perckhammer
Etude de Nu, Chine, 1928

sábado, 30 de diciembre de 2017

Clea


Me volví a hundir en el sueño; cuando desperté sobresaltado, el lecho a mi lado estaba vacío y la bujía se había extinguido. Clea estaba de pie junto a la ventana; había corrido las cortinas y contemplaba desnuda y esbelta como un lirio oriental el amanecer que se derramaba sobre los derruidos techos de la ciudad árabe. Y en aquel amanecer primaveral denso de rocío, que se insinuaba en silencio de la ciudad antes aún de que la despertase el canto de los pájaros, oí la voz dulcísima del muecín ciego de la mezquita que recitaba el Ebed, una voz suspendida como un caballo en el alto aire alejandrino mecido por las hojas de las palmeras.
-Alabo la perfección de Dios, el Eterno; la perfección de Dios, el Amado, el Existente, el Singular, el Supremo; la Perfección de Dios, el Único, el Solo…
La hermosa plegaria crecía en espirales de luz, atravesaba la ciudad. Yo observaba la grave y apasionada intensidad con que Clea, de espaldas a mí, contemplaba estática y despierta el nacimiento del sol, cuyos resplandores acariciaban ya los minaretes y las palmeras. Percibí el olor cálido de su pelo en la almohada. Como aquel brebaje que la Cábala llamaba en un tiempo “La Fuente de Todo lo Existente”, me sentía poseído por el júbilo de una libertad totalmente desconocida.
-Clea- llamé en un susurro.
Pero ella no me escuchaba; entonces me dormí otra vez. Sabía que Clea habría de compartir conmigo todas las cosas, que no retendría para sí nada, ni siquiera la mirada cómplice que las mujeres reservan tan sólo a sus espejos.

Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

Dib. Alexis Díaz

viernes, 11 de noviembre de 2016

En aquellos instantes de dichosa paz


Yo temía la intrusión de cualquier pensamiento, de cualquier idea que, irrumpiendo en aquellos instantes de dichosa paz, pudiese llegar a inhibirlos, a transformarlos en una fuente de tristeza. Pensé también en aquel largo viaje emprendido hacía tanto tiempo desde aquel mismo lecho, desde la noche distante en que lo habíamos compartido, a través de tantos climas, tantas tierras, que nos había devuelto una vez más a nuestro punto de partida, al devorador campo magnético de la ciudad. Un nuevo ciclo que se abría al conjuro de los besos y las caricias deslumbradoras que ahora podíamos compartir. ¿Adónde podría llevarnos? Recordé unas palabras de Arnauti, escritas a propósito de otra mujer, con un contexto muy distinto: “Uno se dice que lo que tiene entre sus brazos es una mujer; pero si la contempla dormida advertirá que la criatura crece sin cesar: verá en el rostro amado, eternamente misterio, el perfecto e infalible florecimiento de las células, repitiendo hasta el infinito el delicado promontorio de la nariz humana, una oreja copiada de una concha marina, cejas dibujadas como helechos, labios inventados por bibalvos durante su unión de sueño. Pero este crecimiento es humano, lleva un hombre que atraviesa el corazón, y que promete el sueño demente de una eternidad que el tiempo desvirtúa a cada instante. ¿Y si la criatura humana fuese una ilusión? ¿Si, como dice la biología, cada célula de nuestro cuerpo es reemplazada por otra cada siete años? En el mejor de los casos, tengo entre mis brazos una fuente de carne, un juego incesante; y mi mente es un arcoiris de polvo”. Entonces, desde otro punto del compás, oía la voz agria de Puserwarden que decía: “¡No existe el Otro; sólo existe uno afrontando eternamente el problema del descubrimiento de sí mismo!”.

Lawrence Durrell  
El cuarteto de Alejandría IV, Clea
Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

lunes, 11 de enero de 2016

Palabras


Las palabras son los meros espejos de nuestro descontento; contienen los enormes huevos no incubados de todas las penas del mundo. Acaso sea más sencillo repetir en voz muy baja algunos versos de un poema griego, escritos una vez a la sombra de una vela, en un sediento promontorio de Bizancio. Algo así como.....

Pan negro, agua clara, aire azul.
Un cuello sereno de belleza incomparable.
Espíritu unido con espíritu.
Ojos cerrados dulcemente sobre ojos.
Pestañas trémulas, cuerpos desnudos.

Sin embargo, al traducirlas las palabras no expresan bien el sentido; y a menos que se las escuche en griego, palabra lenta tras palabra lenta, pronunciadas por una boca que se ha tornado nuestra por la tierna magulladura de besos interminables, nunca serán otra cosa que fotografías opacas y sin encanto de una realidad que nada tiene que ver con el reino de la verdadera poesía.

Ed. Edhasa, 2008
Trad. Matilde Horne

Fot. Ernst Baumann
Evening on Lake Zell, 1938