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jueves, 9 de agosto de 2018

Felicidad clandestina


Felicidad clandestina

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio pelirrojo. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos planas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un papá dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del papá. Para colmo, siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicia” y “recuerdos”. Pero
qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejercitó su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como por casualidad, me informó de que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro grueso, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, nadaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por las calles a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, anduve brincando por las calles y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aun en su poder, que volviese al día siguiente. Apenas me imaginaba yo que más tarde, en el transcurso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, mientras la hiel no se escurriese por completo de su cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Yo había empezado a adivinar, es algo que adivino a veces, que me había elegido para que sufriera. Pero incluso sospechándolo, a veces lo acepto, como si el que me quiere hacer sufrir necesitara desesperadamente que yo sufra.
¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin falta ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que no era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la mamá. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, esa mamá buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera quisiste leerlo!
Y lo peor para era mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos observaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordeno a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: “Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras”. ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Tomé el libro. No, no partí brincando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aun yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.
Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante

Clarice Lispector
Cuentos reunidos
Ed. Alfaguara, 2002

Fot. Anonymous Dutch photographer. Girl with Geraniums ca. 1907-30 autochrome

miércoles, 24 de enero de 2018

Una comunidad de solitarios


Se lee solo, de soledad en soledad, con un otro que no está ahí.

Ese otro que no está ahí no responde y, sin embargo, responde.

No toma la palabra y, sin embargo, una particular voz silenciosa, tan singular, se eleva de entre las líneas que cubren las páginas de los libros, sin sonar.

Todos aquellos que leen están solos en el mundo con su único ejemplar. Forman la comunidad misteriosa de los lectores.

Es una compañía de solitarios, como se dice de los jabalíes bajo la sombra tupida de los árboles.

Pascal Quignard
Sobre la idea de una comunidad de solitarios
Ed. Pre-Textos, 2018
Trad. Adalber Salas

sábado, 20 de enero de 2018

Leer, rezar


Al salir de un gran libro conoces siempre ese leve malestar, ese momento de incomodidad. Como si se pudiera leer en ti. Como si el libro amado te concediera un rostro límpido, indecente: uno no va por la calle con un rostro tan desnudo, con el rostro descarnado de la dicha. Hay que esperar un poco. Hay que esperar a que el polvo de las palabras se esparza durante el día. De tus lecturas no retienes nada, apenas una frase. Eres como un niño al que al mostrarle un castillo, sólo viera un detalle, unas hierbas entre dos piedras, como si el castillo tuviera su verdadero poder en el temblor de unos hierbajos. Los libros queridos se mezclan con el pan que comes. Corren la misma suerte que los rostros apenas vislumbrados, que los limpios días de otoño y que cualquier belleza en la vida: ignoran la puerta de la consciencia, se deslizan a través de ti por la ventana del ensueño y se cuelan hasta una habitación a la que nunca vas, las más profunda, la más retirada. Horas y horas de lectura para esa ligera tintura del alma, para esa ínfima variación de lo invisible en ti, en tu voz, en tus ojos, en tu manera de ir y hacer. Para qué sirve leer. Para nada o casi. Es como amar, como jugar. Es como rezar. Los libros son rosarios de tinta negra, cada cuenta rodando entre los dedos, palabra tras palabra. Y qué es exactamente rezar. Guardar silencio. Es alejarse de sí mismo en el silencio. Tal vez es imposible. Tal vez no sepamos rezar como se debe: siempre demasiado ruido en nuestros labios, siempre demasiadas cosas en nuestros corazones. En las iglesias nadie reza salvo las velas. Ellas pierden toda su sangre. Consumen toda su mecha. No se reservan nada para ellas, dan todo lo que son, y ese don pasa a ser luz. La imagen más bella de la oración, la imagen más clara de la lectura, sí, sería esa: el lento desgaste de una vela en una fría iglesia.

Christian Bobin
Un simple vestido de fiesta
Ed. Árdora, 2011

Fot. Len Howard, 1950

Sábado lluvioso



Sábado lluvioso en el Hayedal

The Tarnished Angels (1958)

jueves, 2 de noviembre de 2017

Las ruinas de una utopía


LAS RUINAS DE UNA UTOPÍA

Siempre, cuando en el período irreal de las fiestas navideñas me levanto muy temprano y las ventanas están completamente heladas, y a través de su cristal deformado la nieve oblicua cae con saña, y yo estoy inquieto en la cocina con la luz encendida -en algún sitio de las profundidades de la casa suena un despertador- tengo la misma visión del lector maleado. Mientras bebo el café ardiente, sueño con el Libro. Más descabellado que "Cien años de soledad", más profundo que " El castillo", más infinito que "En busca del tiempo perdido". Imagino un gran equipo de escritores trabajando durante varias generaciones en un solo libro que se pueda leer desde la infancia, cuando empiezas a distinguir las letras, hasta el lecho de muerte, cuando ya no las distingues. Un libro que reemplace tu vida, pero sin los momentos, los días, los meses, los años monótonos de la vida. En la adolescencia, acurrucado en la cama, solía leer algunas veces desde la mañana hasta la noche, se me olvidaba comer y casi respirar porque las páginas -que de hecho, casi no veía- describían a gente de verdad, nubes de verdad, ciudades de verdad, pero cuando levantaba los ojos, no veía más que sombras desoladoras. Me daba cuenta de que anochecía solo cuando las páginas se volvían rojas como el fuego antes de tornarse cenicientas.
El drama de mi vida empezó después, cuando en vez del Libro me vi obligado a vivir en la realidad. Me temo que de ahora en adelante nadie va a vivir en los libros, tal y como han hecho mi generación y las precedentes. Y que la utopía de la lectura quedará por ahí, en una colina lejana, como un gran laberinto en ruinas.

Mircea Cãrtãrescu
El ojo castaño de nuestro amor
Impedimenta
Trad. Marian Ochoa de Eribe

domingo, 30 de julio de 2017

Tengo dos hambres


Arriba, vivo en la escritura. Leo para vivir. Leí muy pronto: no comía, leía. Siempre “supe” sin saberlo, que me alimentaba de texto. Sin saberlo. O sin metáfora. Había poco sitio para la metáfora en mi existencia, un espacio muy restringido, que a menudo yo anulaba. Tengo dos hambres: una buena y una mala. O la misma sufrida de modo diferente. Tener hambre de libros era mi alegría y mi tormento. Libros, casi no tenía. No hay dinero, no hay libro. Roí en un año la biblioteca municipal. Yo mordisqueaba, y al mismo tiempo devoraba. Como con los pasteles de Jánuca: pequeño tesoro anual de diez pasteles de canela y jengibre. ¿Cómo conservarlos consumiéndolos? Suplicio: deseo y cálculo. Economía del tormento. Por la boca aprendí la crueldad de cada decisión, un mordisco, lo irreversible. Guardar no es gozar. Gozar y no gozar más. La escritura es mi padre, mi madre, mi nodriza amenazada.

Hélène Cixous
La llegada a la escritura
Editorial Amorrurtu, 2006
Trad. Irene Agoff

lunes, 3 de julio de 2017

Leer


Quien lee deja de vivir. Haced ahora por hacerlo. 
Dejad de vivir, y leed. ¿Qué es la vida?

jueves, 1 de junio de 2017

Felicidad clandestina


Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas lineas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré ! Vivía en el aire... Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.
Ya no era una niña con un libro: era una mujer con su amante.

Clarice Lispector
Felicidad clandestina
Ed. Grijalbo, 1988
Trad. Marcelo Cohen

Fot. Harold Knight

domingo, 28 de mayo de 2017

Lectura


Pasábamos la tarde así, olvidándonos. Nos tumbábamos en el salón, en el suelo, desnudos sobre las baldosas heladas y dejábamos la ventana abierta, para que el viento cálido agitara lentamente las cortinas. Nos tumbábamos de cualquier forma, paralelos o perpendiculares, uno junto al otro o muy alejados, dependiendo de que nuestras lecturas respectivas despertasen en nosotros deseos de unión o de soledad. Desnudos como lombrices, tumbados cuan largos éramos, sujetando el libro con los brazos, esas hojas de papel en el extremo de nuestros cuerpos eran nuestra única vestidura, materia seca y neutra sobre nuestras pieles húmedas y carnales. No hablábamos. No había más ruido que el frufrú de las cortinas, el ruido de pasar las páginas, una bocina también, a lo lejos una bocina, el rugido de un motor y un grito de mujer, los tres sonidos que forman la banda de sonido de Hanói. A veces Laura paraba de leer, se estiraba, vibrante, suspiraba de satisfacción y cambiaba de postura. Se daba la vuelta, como una sardina a la plancha, o realizaba una rotación con el bajo vientre clavado al suelo y la cabeza y las piernas girando. Yo llamaba a eso una rotación de cocodrilo. Inconscientemente, sus cambios de posición me forzaban a girar a mí también de alguna forma, no porque me situase en función de ella, sino porque la nueva disposición de su cuerpo parecía definir una nueva geometría del espacio, a la que mi cuerpo se debía adaptar, en una especie de inconsciencia artística.
A veces hablábamos, pero solo de lo que leíamos y estas palabras se depositaban sobre la superficie de nuestras lecturas, sin alterarlas, sin cortarlas.

Line Papin
El despertar
Ed. Alianza, 2017
Trad. Alicia Martorell

martes, 16 de mayo de 2017

Libros



Lo más importante no es escribir sino leer. Uno empieza comprando libros, o robándolos, y termina leyéndolos. Pero en mi caso se ha convertido en una obsesión, compro libros y a veces ni siquiera los leo, los acaricio.

Roberto Bolaño

C. R. Tucker
Day dreams

lunes, 17 de abril de 2017

lunes, 13 de febrero de 2017

Libro, silencio



El libro es un pedazo de silencio en las manos del lector. Quien escribe calla. Quien lee no rompe el silencio.

Pascal Quignard  Pequeños tratados I, Tratado V, Taciturio
Ed Sexto Piso, 2016
Trad. Miguel Morey