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martes, 6 de febrero de 2018

Luz en las tinieblas


Fue la sangre la que cubrió la tierra, y sólo aquellos que conservaban el deseo, que anhelaban más de lo que era posible, vieron el lucero del alba, cómo se alza en su belleza; lo vieron, pero no como si fuera la primera vez, aquel cielo nuevo y aquella tierra nueva de la que se habla en la Escritura, pues no hay palabra humana que no tenga en algún lugar su imagen y no hay amor que en algún lugar no se una con sus manos de alabastro. Y no hay sufrimiento que en algún lugar no llegue a las lágrimas liberadoras. Sea la desesperación o la fe lo que une nuestros días, los ojos demasiado tiempo acostumbrados a las tinieblas de nuevo verán, aunque sea una visión en la oscuridad, y si la reconocen, porque la oscuridad es negra, y si gritan su testimonio sobre la oscuridad, y si hablan con los ojos y con las manos, con todo lo que hay sobre el sabor de esta oscuridad, la oscuridad será negada. Pues si no hay más que tinieblas, cómo no iba a estar la luz en ellas. De ella se trata. 

Jiří Orten
Solo al atardecer
Ed. Pre-Textos, 1996
Trad: Clara Janés

Fot. Hans Malmberg
Tantolunden, Estocolmo, 1953

jueves, 1 de diciembre de 2016

En tu regazo


En tu regazo

Un siglo en tu regazo
sin patria
sin amigos
sin camino que pueda emprender.

Qué delirio, el territorio de la oscuridad


Versión de Joung Kwon Tae
Revisada por Isabel R. Cachera
108 poemas Zen
Ed. Casariego 2005

Fot. Willow Gray

martes, 12 de julio de 2016

Laberinto


Que se vayan las Ariadnas hilo en mano; los insoportables pájaros nictálopes, listos a horadar con los ojos la noche y a explicárnosla… Cuando lo que me gusta es nadar a ciegas en cada caldo de tiniebla; las caídas aparatosas, los ires y venires infinitos y nutritivos del laberinto.


Fot. Retrato de Gesualdo Bufalino, sin datos.

martes, 3 de mayo de 2016

Agotamiento al atardecer


Agotamiento al atardecer

El corazón vacío regresa a casa después de un atareado día en la oficina. Y qué va a hacer un corazón vacío sino vaciarse de vaciedad. Borrar lo imborrable requiere un esfuerzo mental, el empleo inútil de facultades ya sobrecargadas. Pobre corazón vacío, envejeciendo antes de tiempo, cómo se esfuerza por hacer lo que la mente le dice que haga. Pero el esfuerzo acaba en nada. El corazón vacío no puede hacer lo que la mente le ordena. Se sienta en la oscuridad, sueña despierto y el vacío crece.

Mark Strand Casi invisible
Ed. Visor de Poesía, 2012
Trad. Julio Trujillo

Fot. Sarah Shatz Mark Strand en New York, 2013

jueves, 28 de abril de 2016

El espectáculo de la luna llena


Ya en otra ocasión me habían estropeado el espectáculo de la luna llena: un año quise ir a contemplarla en barca al estanque del monasterio de Suma32 en la quinceava noche, así que invité a algunos amigos y llegamos cargados con nuestras provisiones para descubrir que en torno al estanque habían colocado alegres guirnaldas de bombillas eléctricas multicolores; la luna había acudido a la cita, pero era como si ya no existiera. Hechos como éste demuestran el grado de intoxicación al que hemos llegado, hasta el punto de que parece que nos hayamos hecho extrañamente inconscientes de los inconvenientes del alambrado abusivo. Se alegará que peor para los amantes del claro de luna, pero en las casas de citas, los restaurantes, los albergues, los hoteles, ¡qué derroche de luz eléctrica!

A decir verdad, he escrito esto porque quería plantear la cuestión de saber si existiría alguna vía, por ejemplo, en la literatura o en las artes, con la que se pudieran compensar los desperfectos. En lo que a mí respecta, me gustaría resucitar, al menos en el ámbito de la literatura, ese universo de sombra que estamos disipando… Me gustaría ampliar el alero de ese edifico llamado “literatura”, oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo. No pretendo que haya que hacer lo mismo en todas las casas. Pero no estaría mal, creo yo, que quedase aunque sólo fuese una de ese tipo. Y para ver cuál puede ser el resultado, voy a apagar mi lámpara eléctrica.

Junichiro Tanizaki, El elogio de la sombra
Ed. Siruela, 2016
Traducción: Julia Escobar

Fot. Mark Rothko
Blue and grey, 1962

La repulsión a lo oscuro


En una palabra, nuestros antepasados, al igual que a los objetos de laca con polvo de oro o de nácar, consideraban a la mujer un ser insuperable de la oscuridad e intentaban hundirla tanto como les era posible en la penumbra; de ahí aquellas mangas largas, aquellas larguísimas colas que velaban las manos y los pies de tal manera que las únicas partes visibles, la cabeza y el cuello, adquirían un relieve sobrecogedor. Es verdad que, comparado con el de las mujeres de Occidente, su torso, desproporcionado y liso, podía parecer feo. Pero en realidad olvidamos aquello que nos resulta invisible. Consideramos que lo que no se ve no existe. Quien se obstinara en ver esa fealdad sólo conseguiría destruir la belleza, como ocurriría si se enfocara con una lámpara de cien bombillas un toko no ma de algún pabellón de té. ¿Pero por qué esta tendencia a buscar lo bello en lo oscuro sólo se manifiesta con tanta fuerza entre los orientales? Hasta hace no mucho tampoco en Occidente conocían la electricidad, el gas o el petróleo pero, que yo sepa, nunca han experimentado la tentación de disfrutar con la sombra; desde siempre, los espectros japoneses han carecido de pies; los espectros de Occidente tienen pies, pero en cambio todo su cuerpo, al parecer, es translúcido. Aunque sólo sea por estos detalles, resulta evidente que nuestra propia imaginación se mueve entre tinieblas negras como la laca, mientras que los occidentales atribuyen incluso a sus espectros la limpidez del cristal. Los colores que a nosotros nos gustan para los objetos de uso diario son estratificaciones de sombra: los colores que ellos prefieren condensan en sí todos los rayos del sol. Nosotros apreciamos la pátina sobre la plata y el cobre; ellos la consideran sucia y antihigiénica, y no están contentos hasta que el metal brilla a fuerza de frotarlo. En sus viviendas evitan cuanto pueden los recovecos y blanquean techo y paredes. Incluso cuando diseñan sus jardines, donde nosotros colocaríamos bosquecillos umbríos, ellos despliegan amplias extensiones de césped. ¿Cuál puede ser el origen de una diferencia tan radical en los gustos? Mirándolo bien, como los orientales intentamos adaptarnos a los límites que nos son impuestos, siempre nos hemos conformado con nuestra condición presente; no experimentamos, por lo tanto, ninguna repulsión hacia lo oscuro; nos resignamos a ello como a algo inevitable: que la luz es pobre, ¡pues que lo sea!, es más, nos hundimos con deleite en las tinieblas y les encontramos una belleza muy particular. En cambio los occidentales, siempre al acecho del progreso, se agitan sin cesar persiguiendo una condición mejor a la actual. Buscan siempre más claridad y se las han arreglado para pasar de la vela a la lámpara de petróleo, del petróleo a la luz de gas, del gas a la luz eléctrica, hasta acabar con el menor resquicio, con el último refugio de la sombra. 

Junichiro Tanizaki, El elogio de la sombra
Ed. Siruela, 2016
Traducción: Julia Escobar

Sin título, 1962

domingo, 27 de marzo de 2016

La ilusión de la luz


No hay motivo para permanecer en la oscuridad
Salvo si es el tiempo suficiente como para borrar de la mente
La ilusión de que alguna vez estuvo en la luz

T. S. Eliot, The Cocktail Party, fragmento

Fot. Vivienne Haigh-Wood Eliot, 1930

primera esposa de T. S. Eliot

martes, 22 de marzo de 2016

Debajo de la oscuridad


Sin duda yo soy un bosque y una noche de arboles oscuros, sin embargo quien no tenga miedo de mi oscuridad encontrará también taludes de rosas debajo de mis cipreses.

Friedrich Nietzsche


Fot. Ata Kandó, Sueño en el bosque, 1957