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domingo, 16 de diciembre de 2018

Mi poema


Te doy la espalda y nervioso muevo los dedos. No, ahora mis manos están en perfecta inmovilidad. Con exactitud abro un espacio en la librería y en él inserto el Don Juan. Ahí. Prefiero ser amado, prefiero ser famoso a seguir el camino de la perfección a través de las arenas. Pero ¿estoy condenado a producir asco? ¿Soy poeta? Tómalo. El deseo que llevo tras los labios, frío como el plomo, pesado como la bala, aquello con lo que apunto a las dependientas de comercio, a las mujeres, a las ficciones y a la vulgaridad de la vida (porque la amo), sale disparado hacia ti, cuando te arrojo – tómalo – mi poema.

Virginia Woolf
Las olas
Ed. Lumen, 2013
Trad, M. L. Purificación Méndez Gómez

martes, 13 de marzo de 2018

Una noche extraordinaria


Extraño, increíble, no había sido nunca tan feliz. Nada podía ser suficientemente lento, nada podía durar demasiado. Ningún placer podía igualar, pensó, mientras enderezaba sillas y volvía a colocar un libro en la estantería, al de haber acabado con los triunfos de la juventud, haberse perdido en el proceso de vivir, para volver a encontrar la vida, con un sobresalto de placer, al salir el sol, al morir el día. Fueron muchas las veces que salió, en Bourton, mientras los demás hablaban, a contemplar el cielo; o que lo vio, entre los hombros de los comensales en la cena, como lo veía en Londres cuando no podía dormir. Se dirigió hacia la ventana.
Aquel cielo rural y este otro cielo sobre Westminster contenían, aunque pareciera una idea absurda, algo suyo. Apartó las cortinas y miró. 
¡Qué sorpresa! En la habitación de enfrente, ¡la anciana señora miraba directamente hacia ella! Se disponía a acostarse. Y el cielo. Había pensado que sería un cielo solemne, que sería un cielo oscuro, a punto de esconder su hermoso rostro. Pero allí estaba: de palidez cenicienta, surcado velozmente por grandes nubes que se deshilachaban. Era nuevo para ella. Debía de haberse levantado viento. En la habitación de enfrente, la anciana se disponía a acostarse. Era fascinante verla desplazarse, cruzar la habitación, acercarse a la ventana. ¿Veía a Clarissa? Era fascinante, mientras la gente aún reía y gritaba en el salón, presenciar cómo la anciana, en completo silencio, se iba a la cama. Ya bajaba la persiana. El reloj comenzó a dar la hora. El joven se había suicidado, pero no lo compadecía; con el reloj dando la hora, una, dos, tres, no lo compadecía, con todo lo que estaba sucediendo. Por fin. La anciana había apagado la luz y toda la casa quedaba a oscuras, con todo lo que estaba sucediendo, repitió, y le vinieron a la cabeza las palabras: No debes temer al ardor del sol. Tenía que volver con sus invitados, pero ¡qué noche tan extraordinaria! Por alguna razón se sentía muy parecida al joven que se había suicidado. Le alegraba que lo hubiera hecho; que hubiese rechazado la vida mientras ellos seguían viviendo. El reloj estaba dando la hora. Los círculos de plomo se disolvían en el aire. Pero tenía que volver. Reunirse. Tenía que encontrar a Sally y a Peter. Salió de la habitación. 

Virginia Woolf
La señora Dalloway
Ed. Alianza, 2012
Trad. José Luis López Muñoz

Collage Dani Sanchís
Último suspiro

sábado, 14 de octubre de 2017

Y veinte días de julio


He arrancado ya todas las hojas del mes de mayo y de junio -dijo Susana- y veinte días de julio. Las he arrancado y he formado con ellas una pelotilla, de modo que ya no existen, excepto como un peso sobre mi corazón. Han sido días truncos, semejantes a mariposas nocturnas con sus alas quemadas, incapaces de emprender el vuelo. Sólo me quedan ocho días aquí; dentro de ocho días, descenderé del tren y saltaré a la plataforma a las seis veinticinco. Entonces mi libertad desplegará sus alas desprendiéndose de todas las restricciones que las tenían trabadas: de las horas de disciplina, de la rutina de los días, de la obligación de estar aquí y allá a horas determinadas. La vida comenzará de nuevo el día en que, al abrir la portezuela del tren, vea a mi padre con su viejo sombrero y sus polainas. Voy a estremecerme de emoción, voy a echarme a llorar. Y, a la mañana siguiente, me levantaré al amanecer. Saldré por la puerta de la cocina e iré a pasearme por el campo. Grandes caballos montados por fantasmas galoparán detrás de mí y se detendrán súbitamente. Veré a las golondrinas rozar la hierba. Me dejaré caer sobre la tierra húmeda, junto al río, y contemplaré a los peces deslizándose entre las cañas. Las agujas de los pinos dejarán sus huellas en las palmas de mis manos. Allí voy a poder entreabrir y examinar de cerca esta cosa dura que ha crecido aquí dentro de mí durante todos estos inviernos y veranos, en las escaleras y en los dormitorios. Yo no quiero, como Jinny, ser admirada. Yo no quiero que la gente alce sus ojos en éxtasis al entrar yo a una habitación. Yo quiero dar y que me den, y quiero la soledad para desplegar en ella mis posesiones…

Virginia Woolf
Las olas
Ed. Lumen, 2013
Trad, M. L. Purificación Méndez Gómez

domingo, 9 de julio de 2017

La cuestión del estilo


El estilo es una cuestión muy simple; todo radica en el ritmo. Una vez que se lo encuentra, es imposible equivocarse con las palabras. Por lo demás, estoy aquí sentada, después de media mañana, atiborrada de ideas y visiones y demás, no puedo sacarlas de mí por falta del ritmo adecuado. El ritmo es algo más profundo que las palabras.

Virginia Woolf

miércoles, 5 de julio de 2017

Cebo


El hijo de Macalister tomó un pez, le cortó un cuadradito de carne del costado para hacerle un cebo a su amo. Luego tiró el cuerpo mutilado, todavía vivo, al mar.

Virginia Woolf
Al faro

martes, 6 de junio de 2017

Momentos de vida


Muchos colores vivos; muchos sonidos claros; algunos seres humanos, caricaturas; cómics; varios violentos momentos de ser, en los que siempre hay un círculo que rodeaba la escena en la que irrumpían; y todo rodeado de un vasto espacio. Esta es, a grandes rasgos, la descripción visual de la infancia; y me veo siendo niña, vagando de un lado para otro, en un espacio que duró desde 1882 hasta 1895. Podría compararlo con una gran sala; con ventanas por las que penetraban extrañas luces; y murmullos y espacios de profundo silencio. Pero, de algún modo, es necesario incorporar a este cuadro la sensación de movimiento y cambio. Nada seguía estable durante mucho tiempo. Hay que captar la sensación de todo acercándose y después desapareciendo, haciéndose grande y haciéndose pequeño, pasando a diferentes velocidades ante el pequeño ser; hay que captar la sensación que impulsaba a la niña hacia delante, la pequeña criatura impulsada por el crecimiento de sus piernas y sus brazos, sin que ella pudiera detenerlo, o alterarlo, impulsada como una planta es impulsada a salir de la tierra, a crecer mientras crecen sus tallos, y crecen sus hojas, y se hinchan sus brotes. 

Virginia Woolf
Momentos de vida
Edit. Lumen.
Trad. Andrés Bosch.

Jock Sturges
Fanny
Montalvet, Francia 1996

miércoles, 10 de mayo de 2017

Dignidad


Curiosamente, era una de las personas más radicalmente escépticas que había conocido nunca y, posiblemente (una teoría fabricada para intentar comprender a una mujer tan transparente en algunos aspectos y tan enigmática en otros), se dijera en su interior: Como somos una raza sin esperanza, encadenada a un barco que se hunde (sus lecturas favoritas de joven eran Huxley y Tyndall y a los dos les gustaban mucho esas metáforas náuticas), como todo es un chiste detestable, hagamos, de todos modos, nuestra parte: aliviemos los sufrimientos de nuestros compañeros de prisión (Huxley una vez más); decoremos los calabozos con flores y cojines inflables; seamos todo lo decentes que podamos. Esos rufianes, los dioses, no se saldrán con la suya: la idea de Clarissa era que los dioses, que nunca perdían la menor oportunidad de herir y contrariar a los hombres y de malgastar vidas humanas, se desconcertaban mucho si, de todos modos, alguien se comportaba con dignidad.

Virginia Woolf
La señora Daloway
Ed. Alianza, 2006

Foto: Robert Doisneau

viernes, 14 de abril de 2017

Poema en blanco


Con la puerta cerrada y la seguridad de estar solo, sacaba un viejo cuaderno, cosido con una seda robada del costurero de su madre, y rotulado con letra redonda de colegial: "La Encina, Poema." Escribía en él hasta mucho después de la medianoche. Pero como por cada verso que agregaba borraba otro, el total, a fin de año, solía ser menos que al principio, y era como si, a fuerza de escribirlo, el poema se fuera convirtiendo en un poema en blanco.


Collage: John Stezaker
Fall X, 2009

martes, 20 de diciembre de 2016

Milagros ordinarios



Mientras mojaba el pincel con aplicación, Lily pensaba en que era necesario estar a la altura de las experiencias ordinarias, sentir, sencillamente, que una silla es una silla, que una mesa es una mesa y que, al mismo tiempo, son un milagro.

Virginia Woolf   Al faro
Ed. Alianza, 2012
Trad. José Luis López Muñoz

Fot. Paul Delvaux  The Joy of Life

jueves, 17 de marzo de 2016

Guardaré los años que compartimos


Mirar la vida a la cara... Siempre hay que mirarla a la cara y conocerla por lo que es. Así, podrás entenderla, quererla por lo que es y luego guardarla dentro. Guardaré los años que compartimos, guardaré esos sueños siempre, y el amor... siempre ...y las horas.

Michael Cunningham, Las horas
Ed. El Aleph, 2003
Trad. Jaime Zulaika


Fot. Virginia Woolf en Monk's House, Rodmell
fotografiada por su marido Leonard Woolf, c. 1937.