miércoles, 12 de diciembre de 2018

Traducciones


La realidad no es legible de manera evidente. Las ideas y teorías no reflejan sino que traducen la realidad, pudiendo traducirla de manera errónea. Nuestra realidad no es otra cosa que nuestra idea de la realidad. Del mismo modo, importa no ser realista en un sentido trivial (adaptarse a lo inmediato), ni irrealista en el mismo sentido (sustraerse de las coacciones de la realidad); lo que conviene es ser realista en el sentido complejo del término: comprender la incertidumbre de lo real, saber que existe una porción de lo posible aún invisible en lo real.

Edgar Morin

Fot. Ernesto Esquer

Hogar para sombras


Hogar para sombras.
Hogar para niños que buscan un padre.
Hogar para lagartijas y para piedras.
Hogar para señoras solas
y señores
que perdieron su edad en algún libro,
o en el bolsillo de algún suéter,
o en la caja que algún bromista
cambiara de lugar con una tarde de lluvia.

Hogar para la tristeza
es el silencio,
para los múltiplos de uno,
para nuestra sombra leyendo.
Hogar de señores solos y señoras
que han perdido la firmeza de las manos
en un recuerdo.

El silencio es
hollín, palabra muerta,
ciertos días o ciertas fechas;
y se parece a las tres de la mañana.

Alto, como una hora alta,
y cambiando lugares con ciertas miradas. Alto
y muy parecido a las lloviznas de junio
o a las lluvias bajitas de septiembre. Pero alto.


Noche de Sábado
Craigville, Minnesota, Septiembre 1937

lunes, 10 de diciembre de 2018

Regreso


REGRESO

Regresábamos, tras los días,
a la isla. Esta isla que es como un pájaro.
En cada curva entero se ofrecía
el paisaje en su ramo
aéreo de luz.
Como un pájaro, dijo, es esta isla.
Como un pájaro es, como su ala en vuelo
sobrevolando valles y arenales
de apaciguada lava
esta luz del regreso.
La luz que entreabrió la antigua sombra
tan blanca del almendro.

Ed. Trea, 2018


Impermanencia


Cerca de mi atalaya encuentro un lugar para meditar resguardado del viento; una depresión de la cresta donde la nieve se ha derretido. El aire frío de la montaña me aclara enseguida la mente y me siento mejor. Viento, hierbas estremecidas, sol: la hierba moribunda, el canto en las montañas de los pájaros que vuelan hacia el sur no son menos pasajeros que la roca misma; ni más ni menos, todo es igual. La montaña se encierra en su inmovilidad, mi cuerpo se disuelve en la luz del sol y caen por mis mejillas lágrimas que nada tienen que ver con el "yo". Ignoro qué es lo que las hace brotar.
En otras ocasiones entiendo las montañas de manera diferente, viendo en ellas su calidad de aguante, de resistencia. Incluso al acercarme respetuosamente (desafiar las cumbres como hacen los montañeros es otra cuestión), me asombran con su "permanencia", con esa tremenda e irrefutable "roquedad" que parece intensificar mi sentimiento de transitoriedad. Quizá ese miedo a la impermanencia explica el ansia con que consumimos los pocos bocados de experiencia pura, en carne viva, que nos ofrece la vida moderna, por qué la violencia es libidinosa, por qué la lujuria nos devora, por qué los soldados eligen no olvidar sus días de horror: nos aferramos a esos momentos extremos en los que parece que morimos y en los que, al contrario, renacemos. En el abandono sexual, al igual que en el peligro, nos vemos empujados, por muy brevemente que sea, a ese presente vital en el que no permanecemos al margen de la vida, sino que "somos" vida, nuestro ser nos llena; en el éxtasis con otro ser, la soledad desaparece en la eternidad. Pero en otro tiempo esa unión se conseguía por medio del simple asombro.

Peter Matthiessen
El leopardo de las nieves
Editorial Siruela, 2008
Trad. José Luis López Muñoz

Foto del iceberg al que se atribuye el hundimiento del Titanic

domingo, 9 de diciembre de 2018

En el refugio animal


En el refugio animal

Cada vez que ves a una mujer hermosa, alguien se ha cansado de ella, o eso dicen los hombres. 
Yo sé adónde van estas mujeres con su belleza cansada que nadie quiere, estas mujeres obligadas a vivir como el pino nevado en lo alto de la sierra, desde el principio de los tiempos, alimentadas por el viento alpino.
Se acercan a los animales, día tras día, y acarician su pelaje enjaulado, preguntando:
–¿Cómo está el niño de mamá? ¿Se siente solo el niño de mamá?
Las mujeres se marchan al final del día, no sin antes preguntarle al asistente:
–¿Irán a buenos hogares?
Y vuelven al día siguiente, más o menos, para examinar al gato tuerto, y preguntar, como si fueran a adoptarlo:
–¿Cómo podría presentarle un gato nuevo a mi perro?
Pero rara vez adoptan; es importante que las mujeres tengan alguien a quien abandonar, dejando atrás a criaturas llenas de amor que nunca les abandonarían una vez que les hubieran dado su corazón.


Ed. Seix Barral, 2017
Trad. Silvia Barbero 

sábado, 8 de diciembre de 2018

Teléfono


EL POETA HABLA POR TELÉFONO
CON EL AMOR

Tu voz regó la duna de mi pecho
en la dulce cabina de madera.
Por el sur de mis pies fue primavera
y al norte de mi frente flor de helecho.

Pino de luz por el espacio estrecho
cantó sin alborada y sementera
y mi llanto prendió por vez primera
coronas de esperanza por el techo.

Dulce y lejana voz por mí vertida.
Dulce y lejana voz por mí gustada.
Lejana y dulce voz amortecida.

Lejana como oscura corza herida.
Dulce como un sollozo en la nevada.
¡Lejana y dulce en tuétano metida!

Sonetos del amor oscuro


Irreconocible


Mi vida más verdadera es irreconocible, interior en extremo, y no tiene una palabra sola que la pueda describir.

Clarice Lispector
La hora de la estrella
Ed. Siruela, 2013
Trad. Ana Poljak

Fot. anónima de la autora


viernes, 7 de diciembre de 2018

Viendo llover


El color de las flores
se va desvaneciendo:
así pasa mi vida, vanamente,
envuelta en tristes pensamientos
viendo caer las largas lluvias.

Ed. Hiperión, 2004

Komachi Praying for Rain, ca. 1765


miércoles, 5 de diciembre de 2018

Felicidad


A pesar de sus treinta años, Berta Young tenía momentos como éste de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla a coger, o quedarse quieta y reír... simplemente por nada.

¿Qué pude hacer uno si, aún contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensación de felicidad..., de felicidad plena..., como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?

¿Es que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer “beodo o trastornado”?

La civilización es una estupidez.

¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius?

Katherine Mansfield
Felicidad
Ed. Cátedra, 1991
Trad. Esther de Andreis

Collage de Federico Hurtado

Lo imprescindible


LO IMPRESCINDIBLE

Uno aprende que lo imprescindible
no eran los libros
no eran los discos
no eran los gatos
no eran los paraísos en flor
derramándose en las aceras
ni siquiera la luna grande -blanca-
en las ventanas
no era el mar arribando
su rumia rompedora en el malecón
ni los amigos que ya no se ven
ni las calles de la infancia
ni aquel bar donde hacíamos el amor con la mirada.

Lo imprescindible era otra cosa.

Colección visor de Poesía, 2003


martes, 4 de diciembre de 2018

Es sabido


ES SABIDO

Es sabido que si preguntáis a vuestra alma: "¿Qué cosas te son más próximas" , contesta "¡Continúa!".

Es sabido que hay momentos de los océanos donde se diría que la inmensidad de las aguas vive en una única perla. ¡Encontradla!

Es sabido que las heridas más hondas son aquellas que no nos afectan o "todavía" no nos afectan. Se trata del desdén o la reserva.

Conoce un destino eterno. Nada es lo que hemos deseado. Dado que el hombre no tiene absolutamente nada. Ni la muerte.

Conoce el momento en que el buitre adelanta a la presa, ese momento grotesco.

Conoce el momento en que las posibilidades están excluidas. Algo como cuando decimos: "!Mejor la muerte!". No sabemos con qué desierto podríamos aún amenazar.

Conoce aquellas horas en que el deslumbrante desfile de los días pasados niega que el ejército fuera cobarde.

Es sabido que hay crepúsculos que no tienen otro propósito que hacer que aparezcan ciertas personas, que los mirarían con rostro pálido y alma confusa.

¿Acaso el olor no los busca como el asesino?

Conoce usted profundidades, profundidades inaccesibles a no ser que nos arrastren, mientras cerramos los ojos, sin aliento, finalmente atendidos, finalmente, tal vez, incluso perplejos.

Es sabido que hay sonrisas que debido a una pequeña inmersión escapan más fácilmente por el nivel del rostro. No siempre son largas y ruidosas las muecas del diablo.

Es sabido que la fuerza de la nube mueve las hojas de los árboles y para el tren.

Es sabido que el cuervo adelanta el remover de los gusanos. Se posa para remontar, llevando en el pico ojos que una vez lo persiguieron por los palacios.

Es sabido que los presos reniegan de la libertad para alegrarse de su futuro ser libres. Si he blasfemado terriblemente contra Dios, pido perdón.

Pajarillo, esperanza mía, soy pelícano y me ofrezco a ti.

Vladimír Holan
de "Coluros"
Profundidad de la noche
Selección de Poesía y Prosa.
Ed. Galaxia Gutenberg, 2018
Trad: Clara Janés 

In the Stillness of the Night 1909

domingo, 2 de diciembre de 2018

La amenaza de la caída


Ningún acto humano puede darse sino siguiendo una escala, ascensional sin duda, con la amenaza, rara vez evitada enteramente, de la caída. Y aunque esta escala se siga con una cierta continuidad, se dan en ella periodos decisivos, etapas, detenciones.

María Zambrano
Claros del bosque
Ed. Cátedra, 2011

Los otros


Somos todo el pasado, somos nuestra sangre, somos la gente que hemos visto morir, somos los libros que nos han mejorado, somos gratamente los otros.

Jorge Luis Borges
Epílogo a sus Obras Completas

Fot. Tokyo Rumando

sábado, 1 de diciembre de 2018

Apenas unos días muy largos


Tuvimos apenas unos días, pero fueron muy largos.
La luz cambiaba sin cesar.
Unos días, repartidos a lo largo de varios años,
en el transcurso de una década.

Y cada encuentro estuvo cargado de una cierta exactitud,
como si hubiéramos viajado, por separado,
una gran distancia; como si hubiéramos tenido,
a través de esos años nómadas,
un destino, al fin y al cabo.

No un lugar, sino un cuerpo, una voz.

Unos días. Una intensidad
a la que no se le permitió nunca volverse
tolerancia o afecto adormecido.

Y así creí, durante años, que era una absoluta maravilla;
en mi cabeza volvía una y otra vez a esos días,
convencida de que eran el núcleo de mi vida amorosa.

Los días eran muy largos, como lo son ahora.
Y los intervalos, las separaciones, fervientes,
teñidas por una suerte de júbilo apasionado que parecía,
de alguna forma, prolongar aquellos días, inseparable de ellos.
Para que unas pocas horas abarcasen una vida entera.

Unas horas, un universo que ni se desplegaba ni se encogía,
al que, en cualquier momento, era posible acceder

para que mucho después del fin, pudiera volver a él sin problemas,
pudiera vivir casi por completo en la imaginación.

Louise Glück
Las siete edades
Ed. Pre-Textos, 2011
Trad. Mirta Rosenberg


viernes, 30 de noviembre de 2018

Le tomó de la mano


Cuando ella entró en el salón con su capa de enfermera, él, despertando con un sobresalto de un sopor placentero, se levantó tan aprisa que derramó el té. (...) Se sentaron, se miraron, sonrieron y miraron a otro lado. Robbie y Cecilia habían hecho el amor durante años: por correo. En sus misivas cifradas habían intimado, pero que artificial parecía ahora su cercanía al entablar una charla trivial, un desvalido catecismo de preguntas y respuestas corteses. A medida que la distancia se abría entre ellos, comprendieron lo lejos que habían ido en sus cartas. Habían imaginado y deseado tanto aquel momento que ahora no sabían evaluarlo. Él había estado excluido del mundo, y carecía de confianza para retroceder en busca de un pensamiento más osado. "Te quiero y me has salvado la vida". Le preguntó por su alojamiento. Ella le habló de él.
- ¿Y te llevas bien con tu casera?
No se le ocurrió nada mejor que decir, y temió el silencio que pudiera instaurarse, y la torpeza que sería un preludio del momento en que ella le dijera que había sido agradable volver a verse. Ahora tenía que volver al trabajo. Todo lo que tenían descansaba en unos pocos minutos, años atrás, en una biblioteca. ¿No era demasiado endeble? Bien podía ella reconvertirse en una especie de hermana. ¿Estaba decepcionada? Él había adelgazado. Había encogido en todos los sentidos. La cárcel le hizo despreciarse a sí mismo, mientras que ella seguía tan adorable como él la recordaba, especialmente con su uniforme de enfermera. Pero ella también estaba nerviosísima, incapaz de sortear las sandeces. Trataba de mostrarse frívola sobre el mal genio de su casera. Al cabo de unos cuantos comentarios parecidos, en realidad ella miraba al pequeño reloj que llevaba colgado encima de su pecho izquierdo, y le decía que faltaba poco para que terminase la pausa del almuerzo. Habían estado juntos media hora.
Él la acompaño hasta la parada del autobús de Whitehall. En los preciosos minutos finales él le escribió su dirección, una fría sucesión de siglas y números. Le explicó que no tendría permiso hasta que terminara la instrucción básica. Después, le concederían dos semanas. Ella le miraba, moviendo la cabeza con cierta exasperación, y luego, por fin, él le tomó de la mano y se la estrechó. Él gesto tenía que trasmitir todo lo que no había sido dicho, y ella respondió, a su vez, con una presión de la mano. Llegó el autobús y ella no la soltó. Estaban frente a frente. Él la besó, ligeramente al principio, pero se acercaron y, cuando sus lenguas entraron en contacto, una parte incorpórea de él mismo lo agradeció abyectamente, porque sabía que ahora tenía un recuerdo atesorado al que recurrir en los meses siguientes. Lo recreaba ahora, en un granero francés, de madrugada. Estrecharon el abrazo y siguieron besándose mientras la gente de la cola pasaba por delante. (...) Llegó otro autobús. Ella se despegó, le presionó la muñeca y subió sin decir una palabra ni mirar atrás. Él la vio sentarse en un asiento y cuando el autobús arrancó cayó en la cuenta de que debería haberla acompañado hasta el hospital. Había desperdiciado minutos de su compañía. Tenía que aprender de nuevo el modo de pensar y actuar por sí mismo. Echó a correr a lo largo de Whitehall, con la esperanza de alcanzarla en la parada siguiente. Pero el autobús estaba ya muy lejos y no tardó en perderse por Parliament Square.

Ian McEwan
Expiación
Ed. Anagrama, 2002
Trad: Jaime Zulaika

Collage Katrien de Blauwer

jueves, 29 de noviembre de 2018

La belleza imborrable


Al frente de la infantería estaba el teniente Zúbarev, que antes de la guerra había estudiado canto en el Conservatorio. A veces, por la noche, se acercaba con sigilo hasta las líneas alemanas y entonaba "Oh, efluvios de la primavera, no me despertéis" o el aria de Lenski de Eugenio Oneguin.
Cuando le preguntaban qué le empujaba a subirse a un montón de cascotes para cantar, aun a riesgo de poner en peligro su propia vida, Zúbarev eludía dar una respuesta. Quizás allí, donde el hedor de los cadáveres flotaba en el aire día y noche, quería demostrar, no sólo a sí mismo y a sus camaradas sino también a los enemigos, que las fuerzas destructoras, por muy poderosas que fueran, nunca podrían borrar la belleza de la vida.

Vasili Grossman
Vida y destino
Ed. Galaxia Gutenberg, 2007
Trad: Marta Debón

Fot. Bernard Plossu

Era


ERA

La sigues viendo: como si todavía 
estuviera esperando algo,
como si (aunque contra
su voluntad) quisiera
corroborar algo, algo que en su interior 
se agrandara hasta la convicción 
de que acaso es necesario volverse 
a alguien, pero como si fuera un nadie
que, precisamente ahora,
manifiesta que
no habría que echar a perder nada.
Pero ella, de pronto ya no
a cinco pulgadas del destino,
partió sin despedirse,
y eso hasta el olvido de sí misma
y hasta la conciencia de ser amada...

Vladimír Holan
de "Penúltimo "
Profundidad de la noche
Selección de Poesía y Prosa.
Ed. Galaxia Gutenberg, 2018
Trad: Clara Janés 

Fot. Bettie Page en la playa

miércoles, 28 de noviembre de 2018

No duerme nadie


No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
No duerme nadie.

Federico García Lorca
fragmento de "Ciudad sin sueño"

Fot.  Keith Carter

martes, 27 de noviembre de 2018

Figura con realidad


Figura con realidad

Te escribo ahora, por dentro de este poema.
Podría soñar que vas a nacer de dentro de él, o
que estás dentro de él
como la flor futura habita el centro del invierno.
La analogía es el punto a donde el poema va a beber,
como se va a la fuente, o como se oye, en el silencio
de la tierra, un rumor de aguas subterráneas.
Entonces, tu voz se abre, como si fuese
la propia flor. Entra en mí,
y recorre los espacios desiertos de mi alma,
como si un viento empujase las puertas y las ventanas,
atravesase las salas, y avivase el fuego
en las cenizas del corazón. Me limito
a oírte en el intervalo de los versos, mientras
la vida reemprende, despacio, su curso:
oraciones por dividir, una enunciación de figuras
de retórica, el paralelismo
de ciertas comparaciones. Todo esto desembocaría,
como es evidente, en el ritmo
al que el poema obedece si no te encontrase
en cada cesura, como si tu imagen insistiese
en llenar los vacíos de la palabra. Entonces,
dejo que entres dentro del poema; y te veo
avanzar por las frases, hasta el final de la línea,
donde te espero,
como si cada sueño no se deshiciese
con el aire.


El verdadero viaje, 2018

Carcaj


Carcaj

Un perro que se abalanza
sobre mí en plena calle
desnuda, el perro abierto
sobre mí
y sus dientes fuertemente
agarrados a mi ropa
a la mía
y reconozco el collar,
aún llevo puestas
las manos que lo cerraron
mis manos
y el perro es mi perro
al que olvidé al que
nunca nunca nunca
dimos de comer,
ninguna tienda abierta y los
escaparates llenos de carne,
lo están devorando
parásitos que no vemos
y su mordisco es el único
abrazo que merezco.

Ed. Igitur, 2002

Archère, 1933