martes, 22 de marzo de 2016

La atmósfera


La atmósfera no es un perfume, no sabe a la esencia, no huele, siempre será para mi boca, me tiene enamorado, iré a la loma junto al bosque y quedaré sin disfraz y desnudo, me vuelve loco la idea de que entre en contacto conmigo.

Walt Whitman, La extensión de mi cuerpo
Ed. Nórdica, 2014
Trad.  Antonio Rivero Taravillo

Fot: Tourists on top of the Great Pyramid at Giza, 1920, anónima

Debajo de la oscuridad


Sin duda yo soy un bosque y una noche de arboles oscuros, sin embargo quien no tenga miedo de mi oscuridad encontrará también taludes de rosas debajo de mis cipreses.

Friedrich Nietzsche


Fot. Ata Kandó, Sueño en el bosque, 1957

lunes, 21 de marzo de 2016

Enamorarse


Enamorarse es crear una religión cuyo Dios es falible.

Jorge Luis Borges
Nueve citas dantescas

Somos nosotros


Sentí como este tenebroso planeta giraba bajo mis pies, y supe cuál es ese secreto que sólo los gatos conocen, ese que les hace gritar como bebés en la noche. Miré al cielo a través del intenso humo lleno de grasa humana y vi que Dios no se encontraba ahí. Vi esa oscuridad fría y vacía que se extiende hasta el infinito, vi que estamos solos. Vivimos nuestras vidas, puesto que no tenemos nada mejor que hacer. Más adelante, ya les buscaremos un sentido. Venimos de la nada; Tenemos hijos, que se encuentran atados a este infierno al igual que nosotros, y volvemos a la nada. No hay nada más. La existencia es algo fortuito. No hay ningún patrón salvo el que imaginamos cuando nos quedamos mirando fijamente durante mucho tiempo. No tiene ningún sentido, salvo el que decidimos imponer. Este mundo que vaga a la deriva no está moldeado por fuerzas metafísicas. No es Dios quien mata a los niños. Ni es el destino el que los despedaza, ni es la casualidad la que se los da de comer a los perros. Somos nosotros. Sólo nosotros.

Alan Moore, Watchmen
Ed. Planeta de Agostini, 2001

domingo, 20 de marzo de 2016

Heridas


Lo que sucede es que no sucede nada.
Mis heridas ya no sanan
y tampoco se infectan.

Ya no me muero más


Cuando morí por vez primera
―aún sé cómo ocurrió―,
morí en silencio y fue del todo,
pasó en Hamburgo, el mes de abril,
y yo tenía dieciocho.
Cuando morí por vez segunda
la muerte me hizo daño.
Yo te dejé bien poca cosa:
el corazón batiendo en tu portón,
sobre la nieve huellas rojas.
Pero al morir por vez tercera
no me dolió ya tanto.
Tan cotidiana como el pan
y los vestidos fue la muerte.
Ya no me muero más.

El célebre sentimiento

sábado, 19 de marzo de 2016

Embriagaos


Hay que estar siempre ebrios. Eso es todo, es lo único que importa. Para no sentir el terrible fardo del tiempo que vence tus hombros y te aplasta contra el suelo, hace falta estar ebrio.

¿Pero, de qué? De vino, poesía o virtud, como desees. Pero embriágate.

Y si alguna vez, estando sobre los escalones de un palacio, o sobre la verde hierba del camino o en la soledad taciturna de tu alcoba, te despiertas y la ebriedad ha disminuido o desaparecido del todo, pregúntale al viento, a la ola, a la estrella, al ave, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntales qué hora es, y el viento, la ola, la estrella, el ave, el reloj te responderán: “¡Es hora de embriagarse! Para no ser esclavos martirizados por el tiempo, hay que embriagarse. ¡Embriágate sin medida! De vino, poesía o virtud, como desees.”

Charles Baudelaire. Embriagaos. 7 de febrero de 1864 en Le Figaro

Miras y esperas


Estás sentado en una silla, nada te toca, sientes
como se vuelve el viejo un ser más viejo, imaginas
solo la paciencia del agua, el fastidio de la piedra.
Piensas que el silencio es la página de más,
piensas que nada es bueno, ni malo, ni siquiera
la sombra que invade la casa mientras tú miras, sentado,
como la invade. Otras veces la has visto. Tus amigos
pasan tras la ventana, en sus rostros la marca de la pena.
Quisieras saludarlos pero no puedes ni alzar la mano.
Estás sentado en una silla. Te vuelves hacia la yerbamora
que extiende sobre la casa su red ponzoñosa.
Pruebas la miel de la ausencia. Es lo mismo.
Dondequiera que estés, es lo mismo que se pudra
la voz antes que el cuerpo o que se pudra el cuerpo
antes que la voz. Sabes que el deseo lleva a la pena,
la pena a la consumación, la consumación
al vacío. Sabes que esto es diferente, esto
es la celebración, la única celebración,
sabes que si te das entero a la nada
habrás sanado. Sabes que hay alegría en sentir
como tus pulmones preparan su futuro de ceniza,
y así esperas, miras y esperas: el polvo se establece.
Rondan la sombra las horas milagrosas de la infancia.

Mark Strand
En celebración
Traducción de Octavio Paz

viernes, 18 de marzo de 2016

El contagio de la experiencia


Mi abuela -que no era tuerta- me decía: 
Las mujeres cuestan demasiado trabajo o no valen la pena. ¡Puebla tu sueño con las que te gusten y serán tuyas mientras descansas! 
No te limpies los dientes, por lo menos, con los sexos usados. Rehúye, dentro de lo posible, las enfermedades venéreas, pero si alguna vez necesitas optar entre un premio a la virtud y la sífilis, no trepides un solo instante: 
¡El mercurio es mucho menos pesado que la abstinencia! 
Cuando unas nalgas te sonrían, no se lo confíes ni a los gatos. Recuerda que nunca encontrarás un sitio mejor donde meter la lengua que tu propio bolsillo, y que vale más un sexo en la mano que cien volando.
Pero a mi abuela le gustaba contradecirse, y después de pedirme que le buscara los anteojos que tenía sobre la frente, agregaba con voz de daguerrotipo: 
La vida -te lo digo por experiencia- es un largo embrutecimiento. Ya ves en el estado y en el estilo en que se encuentra tu pobre abuela. ¡Si no fuese por la esperanza de ver un poco mejor después de muerta!.
La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas. Poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario, y aunque los mosquitos vuelen tocando la corneta, carecemos del coraje de llamarlos arcángeles. Cuando una tía nos lleva de visita, saludamos a todo el mundo, pero tenemos vergüenza de estrecharle la mano al señor gato, y más tarde, al sentir deseos de viajar, tomamos un boleto en una agencia de vapores, en vez de metamorfosear una silla en un transatlántico.
Por eso -aunque me creas completamente chocha- nunca me cansaré de repetirte que no debes renunciar ni a tu derecho de renunciar. El dolor de muelas, las estadísticas municipales, la utilización del aserrín, de la viruta y otros desperdicios, pueden proporcionarnos una satisfacción insospechada. Abre los brazos y no te niegues al clarinete, ni a las faltas de ortografía.
Confecciónate una nueva virginidad cada cinco minutos y escucha estos consejos como si te los diera una moldura, pues aunque la experiencia sea una enfermedad que ofrece tan poco peligro de contagio, no debes exponerte a que te influencie ni tan siquiera tu propia sombra. ¡La imitación ha prostituido hasta a los alfileres de corbata!

Oliverio Girondo, Espantapájaros, XIV
Ed. Losada, 2001

Fot. Oliverio Girondo, anónimo

Destino y albedrío


Siempre se ha creído que existe algo que se llama destino, pero siempre se ha creído también que hay otra cosa que se llama albedrío. Lo que califica al hombre es el equilibrio de esa contradicción.

Gilbert Keith Chesterton

Woman in Greenhouse -autochrome-, 1910
In collection of the George Eastman House

jueves, 17 de marzo de 2016

Guardaré los años que compartimos


Mirar la vida a la cara... Siempre hay que mirarla a la cara y conocerla por lo que es. Así, podrás entenderla, quererla por lo que es y luego guardarla dentro. Guardaré los años que compartimos, guardaré esos sueños siempre, y el amor... siempre ...y las horas.

Michael Cunningham, Las horas
Ed. El Aleph, 2003
Trad. Jaime Zulaika


Fot. Virginia Woolf en Monk's House, Rodmell
fotografiada por su marido Leonard Woolf, c. 1937.

Como un tren sobre el abismo


Unos van por un sendero recto,
Otros caminan en círculo,
Añoran el regreso a la casa paterna
Y esperan a la amiga de otros tiempos.
Mi camino, en cambio, no es ni recto, ni curvo,
Llevo conmigo el infortunio,
Voy hacia nunca, hacia ninguna parte,
Como un tren sobre el abismo.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Ofelia


Y el poeta nos dice que en la noche estrellada
vienes a recoger las flores que cortaste,
y que ha visto en el agua, recostada en sus velos,
a la cándida Ofelia flotar, como un gran lis.

Arthur Rimbaud
Ofelia (fragmento)

Fot. Salvador Dalí
La muerte de Ofelia

Olvidar lo insoportable


Le dice Isak Dinesen a Truman Capote:
Durante los años que pasé en África, cuando tenía mi granja en las montañas, nunca me imaginé que volvería a vivir en Dinamarca. Cuando supe que iba a perder la granja, cuando estuve segura de que no podría conservarla, empecé a escribir los cuentos: para olvidar lo insoportable.

Truman Capote, Retratos,
Ed. Anagrama. 2006
Trad. Mauricio Bach, Francesc Roca y Benito Gómez Ibáñez

Fot. Isak Dinesen (Karen Blixen), anónima

martes, 15 de marzo de 2016

Los niños


Los niños mueren más fácilmente. Muy fácilmente. Todavía no están enraizados, todavía no están instalados, todavía no poseen el instinto de conservación. Adquirimos hábitos deplorables. Vuelve atrás, vuelve a ser un niño, para morir.

Eugène Ionesco, Diarios
Ed. Páginas de espuma, 2007
Trad. Marcelo Arroita-Jauregui

Soy un genio


Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio

Truman Capote
Música para camaleones
Ed. Anagrama, 2006
Trad. Benito Gómez Ibáñez

lunes, 14 de marzo de 2016

Belleza exquisita


No hay belleza exquisita sin cierta rareza en la proporción.

Edgar Allan Poe

Y nunca habitará su casa


Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe. Y él oye ese tañido
corto y duro del cuerpo, su cascada
canción, siempre sonando a lejanía.
Cierra su puerta y queda bien cerrada;
sale y, por un momento, sus rodillas
se le van hacia el suelo. Pero el alba,
con peligrosa generosidad,
le refresca y le yergue. Está muy clara
su calle, y la pasea con pie oscuro,
y cojea en seguida porque anda
sólo con su fatiga. Y dice aire:
palabras muertas con su boca viva.
Prisionero por no querer, abraza
su propia soledad. Y está seguro,
más seguro que nadie porque nada
poseerá; y él bien sabe que nunca
vivirá aquí, en la tierra. A quien no ama,
¿cómo podemos conocer o cómo
perdonar? Día largo y aún más larga
la noche. Mentirá al sacar la llave.
Entrará. Y nunca habitará su casa.

Claudio Rodríguez

domingo, 13 de marzo de 2016

De compras por París

James Joyce and Sylvia Beach en Shakespeare and Company, Paris, 1921

La vanidad de los deseos


La enorme vanidad de los deseos se muestra en que yo, por ejemplo, tengo el deseo de llenar tan pronto como sea posible un bello cuaderno. No obtengo nada con ello; no lo deseo porque muestre mi productividad; es sólo el ansia de librarme muy pronto de algo que ya se ha hecho habitual; aun cuando tan pronto como me haya librado de él empiece uno nuevo y todo se repita otra vez.

Ludwig Wittgenstein, Arte y filosofía
Ed. Plaza y Valdés
Trad. Julián Marrades