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miércoles, 24 de enero de 2018

No se detienen


En Cloe, gran ciudad, las personas que pasan por las calles no se conocen. Al verse imaginan mil cosas una de la otra, los encuentros que podrían ocurrir entre ellas, las conversaciones, las sorpresas, las caricias, los mordiscos. Pero nadie saluda a nadie, las miradas se cruzan un segundo y después huyen, buscan otras miradas, no se detienen.

Ed. Siruela, 2013
Trad. Aurora Bernárdez

Fot. Tina Berning

martes, 26 de septiembre de 2017

El arte de la poda


El trabajo humano había interesado siempre a Cosimo, pero hasta entonces su vida en los árboles, sus desplazamientos y sus cazas habían respondido siempre a inspiraciones aisladas e injustificadas, como si fuera un pajarillo. Ahora, en cambio, lo asaltó la necesidad de hacer algo útil para su prójimo. Y también esto, bien mirado, era algo que había aprendido en su trato con el bandido; el placer de hacerse útil, de desplegar un servicio indispensable para los demás.

Aprendió el arte de podar los árboles, y ofrecía su trabajo a los cultivadores de huertos, en invierno, cuando los árboles extienden irregulares laberintos de palitos y parece que no desean sino ser reducidos a formas más ordenadas para cubrirse de flores y hojas y frutos. Cosimo podaba bien y pedía poco, de modo que no había pequeño propietario o arrendatario que no le pidiese que pasara por sus tierras, y se le veía, en el aire cristalino de esas mañanas, erguido, esparrancado en los bajos árboles desnudos, el cuello envuelto en una bufanda hasta las orejas, levantar unas grandes tijeras y, ¡chac!, ¡chac!, hacer volar con tijeretazos seguros ramitas secundarias y puntas. El mismo arte desplegaba en los jardines, con los árboles de sombra y de adorno, armado con una corta sierra, y en los bosques, donde intentó sustituir el hacha del leñador, sólo adecuada para asestar golpes al pie de un tronco secular para derribarlo entero, por su ligera hacheta, que trabajaba sólo en horcaduras y copas.

En suma, supo convertir su amor por este elemento arbóreo, como ocurre con todos los amores verdaderos, en algo despiadado y doloroso, que hiere y saja para hacer crecer y dar forma. Es cierto que procuraba siempre, al podar y talar, servir no sólo al interés del propietario del árbol, sino también al suyo, de viandante que necesita hacer más practicables sus caminos; por eso se las arreglaba para que las ramas que le servían de puente entre un árbol y otro se salvaran siempre, y recibieran fuerza de la supresión de las demás. Así, esta naturaleza de Ombrosa que había encontrado ya muy benigna, contribuía con su arte a hacerla mucho más favorable para él, amigo al mismo tiempo del prójimo, de la naturaleza y de sí mismo. Y de las ventajas de este prudente obrar se benefició sobre todo en edad más tardía, cuando la forma de los árboles suplía cada vez más su pérdida de fuerzas. Después, bastó con la llegada de generaciones con menor criterio, de imprevisora avidez, gente no amiga de nada, ni siquiera de sí misma, y ya todo ha cambiado, ningún Cosimo podrá ya avanzar por los árboles.

Italo Calvino
El barón rampante
Siruela.
Trad. Esther Benítez

viernes, 21 de julio de 2017

Ciudades


Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de la economía, pero estos trueques no lo son sólo de mercancías, son también trueques de palabras, de deseos, de recuerdos.

Italo Calvino
Las ciudades invisibles
Ed. Siruela, 2013
Trad. Aurora Bernárdez

domingo, 15 de enero de 2017

El infierno de los vivos


El infierno de los vivos no es algo que será. Si existe uno, es este que ya está aquí, el infierno que habitamos todos los días, el que formamos estando juntos. Hay dos modos de no sufrirlo. A muchos, el primero les resulta fácil: aceptar el infierno y convertirse en parte de él al punto de no verlo más. El segundo modo es riesgoso y exige atención y aprendizaje continuo: buscar y saber reconocer quién y qué cosa, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

Italo Calvino  Las ciudades invisibles
Ed. Siruela, 2013
Trad. Aurora Bernárdez

lunes, 29 de agosto de 2016

Saber


Y si alguien objeta que no vale la pena tanto esfuerzo, citaré a Cioran (que no es un clásico, al menos de momento, sino un pensador contemporáneo que sólo ahora se empieza a traducir en Italia): «Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates aprendía un aria para flauta. “¿De qué te va a servir?”, le preguntaron. “Para saberla antes de morir”.

Italo Calvino  Por qué leer los clásicos
Ed. Siruela, 2009
Trad. Aurora Bernárdez
Nota prel. de Esther Calvino

domingo, 5 de junio de 2016

El infierno de los vivos


El infierno de los vivos no es algo que será. Ya existe aquí: lo habitamos todos los días; lo conformamos todos juntos. Dos formas hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y convertirse en parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y darle espacio, y hacerlo durar mientras vivamos.

Italo Calvino  Las ciudades invisibles
Ed. Siruela, 2013
Traducción: Aurora Bernárdez

Fot: Retrato de Italo Calvino, sin datos

martes, 10 de mayo de 2016

Partida sin retorno



El Gran Kan ha soñado una ciudad; la describe a Marco Polo:

―El puerto está expuesto al septentrión, en la sombra. Los muelles son altos sobre el agua negra que golpea contra los cimientos; escaleras de piedra bajan, resbalosas de algas. Barcas embadurnadas de alquitrán esperan en el fondeadero a los viajeros que se demoran en el muelle diciendo adiós a las familias. Las despedidas se desenvuelven en silencio pero con lágrimas. Hace frío; todos llevan chales en la cabeza. Una llamada del barquero pone fin a la demora; el viajero se acurruca en la proa, se aleja mirando al grupo de los que se quedan; desde la orilla ya no se distinguen los contornos; hay neblina; la barca aborda una nave anclada; por la escalerilla sube una figura empequeñecida; desaparece; se oye alzar la cadena oxidada que raspa el escobén. Los que se quedan se asoman a las escarpas del muelle para seguir con los ojos al barco hasta que dobla el cabo; agitan por última vez un trapo blanco.

Sal de viaje, explora todas las costas y busca esa ciudad ―dice el Kan a Marco―. Después vuelve a decirme si mi sueño responde a la verdad.

―Perdóname, señor: no hay duda de que tarde o temprano me embarcaré en aquel muelle ―dice Marco―, pero no volveré para contártelo. La ciudad existe y tiene un simple secreto: sólo conoce partidas y no retornos.


Italo Calvino  Las ciudades invisibles
Ed. Siruela, 2013
Traducción: Aurora Bernárdez

Fot: Retrato de Italo Calvino, anónimo

domingo, 3 de enero de 2016

Las ciudades invisibles


—Entonces —dice Kublai—, las ciudades que describes en tu narración no son reales, son solo la huella que quedó en tu alma tras tu estancia en ellas. Tu relato no me permitirá poseer todas esas urbes que mis ejércitos han conquistado, solamente si las visito en persona lograré hacerlas mías.
—Tampoco, Gran Khan —contesta Marco Polo—; en ese caso solo conseguirías escribir tu propio relato. Pero ahí está la grandeza de la literatura: es un viaje que nos permite llegar a cualquier parte, pero que debemos emprender solos ya que, por largo que sea el camino, al final el viajero siempre retorna al origen de todo, a sí mismo.

Italo Calvino  Las ciudades invisibles
Ed. Siruela, 2013
Trad. Aurora Bernárdez

Ilustración: Karina Puente