jueves, 6 de julio de 2017

Nostalgia, deseos, vida


Ésta es la nostalgia: morar en la onda 
y no tener patria en el tiempo. 
Y éstos son los deseos: quedos diálogos 
de las horas cotidianas con la eternidad. 

Y eso es la vida. Hasta que de un ayer 
suba la hora más solitaria de todas, 
la que sonriendo, distinta a sus hermanas, 
guarde silencio en presencia de lo eterno. 

Berlín-Wilmersdorf, 3 de noviembre de 1897

Fot. G. L. Steinman

miércoles, 5 de julio de 2017

Graal


Respiración oscura de la vulva.

En su latir latía el pez del légamo
y yo latía en ti.
Me respiraste
en tu vacío lleno
y yo latía en ti y en ti latían
la vulva, el verbo, el vértigo y el centro.

Graal

Fot. anónima de Ita Rina (Italina Ida Kravanja)

Pinos junto al mar


Pinos junto al mar
y el aire sin límites
y la luz de la tarde
entre los troncos.
Así es la oración:
que la luz y los pinos y el mar
entren dentro de ti.
Eso es todo.
No hay lobos.
No hay corderos.
Sólo un camino
y unas matas de retama.

20 años de Poesía. Nuevos textos sagrados (1989-2009)
Antología
Ed. Tusquets

Cebo


El hijo de Macalister tomó un pez, le cortó un cuadradito de carne del costado para hacerle un cebo a su amo. Luego tiró el cuerpo mutilado, todavía vivo, al mar.

Virginia Woolf
Al faro

Leyendo


El camino de vuelta


El camino de vuelta lo hicimos a pie. A los dos se nos hizo demasiado largo. Cabizbajos, caminábamos uno junto al otro bajo el sol otoñal. En Kritzendorf las casas parecían no tener fin. De los habitantes de Kritzendorf no había ni rastro. Todos estaban sentados a la mesa del almuerzo, haciendo ruido con sus cubiertos y con sus platos. Un perro se abalanzaba a una puerta del jardín de hierro, pintada de verde, completamente fuera de sí, como si hubiera perdido el juicio. Era un Terranova grande y negro, cuya mansedumbre innata se había echado a perder por malos tratos, una soledad prolongada o una atmósfera límpida. En la villa erigida detrás de la empalizada no se movía nada. Nadie venía a la ventana, ni siquiera se movía una cortina. En embestidas siempre nuevas, el perro corría contra la verja. Sólo a veces se quedaba parado, dirigiendo su mirada hacia nosotros, que nos habíamos quedado quietos como clavados. Eché un chelín como ofrenda para las ánimas en el buzón de chapa colocado junto a la puerta del jardín. Al seguir caminando sentí el frío del terror en mis miembros. Ernst se volvió a parar y dio la vuelta en dirección al perro negro, ahora mudo y quieto a la luz del mediodía. Quizá no hubiésemos tenido más que dejarle suelto. Es probable que después hubiera seguido el camino a nuestro lado, en actitud obediente, y que su mal carácter se hubiera puesto a buscar un domicilio nuevo en el interior de otros habitantes de Kritzendorf, o en todos los habitantes de Kritzendorf al mismo tiempo, de forma que ninguno de ellos hubiera sido ya capaz de sostener una cuchara o un tenedor. 
Por la Albrechtstraße llegamos a Klosterneuburg. En su extremo superior se alza un edificio abandonado, levantado a base de bloques huecos de hormigón y paneles prefabricados. Las ventanas de la planta baja están clavadas con tablones. El entramado del tejado falta en su totalidad. En su lugar, introduciéndose en el cielo, sobresale una fajina herrumbrosa de apuntalamientos de hierro. Todo ello me causó la impresión de un grave delito. Ernst aceleró sus pasos y evitó echar una mirada al espantoso monumento. Un par de casas más adelante, en la escuela de primaria, había niños cantando. Quienes mejor lo hacían eran aquellos que no terminaban de conseguir mantener la curva melódica. Ernst se quedó quieto, se giró hacia mí, como si ambos estuviéramos representando una obra de teatro, y pronunció la siguiente frase en lo que me pareció una especie de alemán escénico aprendido alguna vez de memoria, hacía mucho tiempo: Suena hermoso en la brisa y a uno le ensalza el ánimo. Haría cerca de dos años que ya había estado delante de la misma escuela. En aquel entonces había ido con Olga a Klosterneuburg para visitar a su abuela que había ingresado en la residencia de ancianos, en la Martinstrafie. En el camino de vuelta nos internamos en la Albrechtstrafie, y Olga cedió a la tentación de entrar en el colegio al que había ido siendo niña. En una de las aulas, la misma a la que había acudido a principios de los años cincuenta, daba clase, casi treinta años más tarde y con la misma voz de entonces, la misma maestra, que amonestaba a los niños de una forma exacta a la de entonces para que se concentraran en su tarea y no se pusieran a cuchichear. Olga me contó más tarde que sola, en el gran vestíbulo, rodeada de las puertas cerradas que en su época le habían parecido elevados portones, había sido presa de un llanto convulsivo. Cuando regresó a la Albrechtstraße, donde yo la estaba esperando, se encontraba en un estado de conmoción que nunca había notado en ella. Volvimos a Ottakring, al piso de la abuela, y durante todo el camino de ida y a lo largo de toda la tarde no pudo serenarse de la impresión sufrida por la vuelta imprevista del pasado. 
El Martinsheim es un edificio sólido, alargado, del siglo XVII o XVIII. La abuela, Anna Goldsteiner, que padecía de esa extrema falta de memoria que al cabo de poco tiempo hace imposible desempeñar los quehaceres cotidianos más sencillos, había estado alojada en un dormitorio emplazado en la cuarta planta, a través de cuyas ventanas enrejadas, muy hundidas en el muro, se podían ver, mirando hacia abajo, las copas de los árboles resistiendo el terreno, bruscamente escarpado, del lado trasero de la residencia. Desde allí arriba daba la sensación de estar mirando un mar agitado. Me parecía que la tierra firme ya se hubiera hundido tras el horizonte. Bramó una sirena de niebla. Cada vez más y más lejos el barco seguía avanzando sobre el agua. De la sala de máquinas se elevaba, penetrante, la vibración uniforme de las turbinas. Fuera, en el pasillo, pasaba algún que otro pasajero solitario, alguno del brazo de su cuidador. Durante estos prolongados paseos, tardaban una eternidad en llegar al otro lado del marco de la puerta. Y es que esto es lo que sucede cuando uno se respalda en el fluir del tiempo. El suelo de parquet se movía debajo de mis pies. Un rumor quedo de conversaciones, crujidos, susurros, rezos y quejidos llenaba la habitación. Olga estaba sentada junto a su abuela y le acariciaba la mano. Repartieron el puré de sémola. La sirena de niebla volvió a sonar. Un trecho más allá, en el paisaje de aguas cual colinas verdecidas, pasaba otro vapor. Sobre el puente de barcas un marinero, con las piernas abiertas y las cintas de la gorra flameando al viento, hacía en el aire complicadas señales semafóricas con dos banderas de colores. Olga abrazó a su abuela en gesto de despedida y le prometió regresar pronto. Pero apenas tres semanas más tarde, Anna Goldsteiner, que en sus últimos tiempos para su propio asombro ni siquiera conseguía reunir los nombres de los tres maridos a los que había sobrevivido, murió de un leve resfriado. A veces no se necesita gran cosa. Cuando recibimos la noticia de su muerte, durante semanas no se me fue de la cabeza el paquetito azul casi vacío de sal de Ischl que guardaba en su piso de Ottakring, debajo de la pila, en el edificio de viviendas municipales de la Lorenz-Mandl-Gasse, que ella ya no iba a poder consumir.

W. G. Sebald
Vértigo
Ed. Anagrama
Trad. Carmen Gómez

Color


Cambia el color
de la hierba y los árboles,
pero la flor
de las olas del mar
no conoce el otoño.


lunes, 3 de julio de 2017

Sagrada, sagradamente


Nuestra divinidad es el amor.
Ahora y siempre, encerrado en nosotros.
El rito es juego de cuerpos
bajo la suave manta de la noche,
o simplemente la tranquilidad
de las miradas en la mesa
cuando tú dibujas y yo escribo,
o el acuerdo en comprar una botella de vino
a bajo precio

Somos paganos a veces.
Me transformo en un ángel exigente
y tú dejas que se agite tu diablo interior.

Nuestra divinidad es el amor…
Sagrada, sagradamente nos bañamos juntos
y nos turnamos el agua caliente,
y sólo con señales, libres de palabras,
nos turnamos el cigarrillo.
Sagrada, sagradamente esperamos el bus
y damos una vuelta bajo tierra
en la noche con tres grados de frío.
Y cuando dormimos pegados cubiertos
sólo con la oscuridad y nuestros cuerpos tibios.

Sagrada, sagradamente viajamos en bus
y te sientas con tu cabeza apoyada en mi hombro
y casi en sueños hablas sobre mañana.
O cuando yo despierto
y me quedo una hora para sólo mirarte
y tu rostro es liviano como un ala.
Sagrada, sagradamente bajamos después de mediodía
a “nuestro” café a tomar el “desayuno”.
Sagradamente me llamas por teléfono
y el sonido es limpio como reloj
y tu voz vivaz como pájaro.

Sagrada, sagradamente cierras los ojos
y lanzas tu cabeza luminosa
hacia atrás para destruir la noche
mientras yo estoy sobre ti y en ti
y tiro de tu pelo
fuertemente, como a ti te gusta,
sagrada, sagradamente.

Y nuestro rezo son palabras que nos decimos
en los momentos en que obviamos
ser modernos en este mundo.
Y nuestro rezo son los ojos que fijamos
con caricias para abrirnos paso libres en el mundo.

Sagrada, sagradamente

Leer


Quien lee deja de vivir. Haced ahora por hacerlo. 
Dejad de vivir, y leed. ¿Qué es la vida?

Mokusei


Tomó un sendero hacía arriba, dentro de la oscuridad, caminó sobre gruesos troncos de bambú resbaladizos colocados como un pequeño puente encima de la corriente, escuchó el gargarizar y el tragar del agua. ¿Qué desaparecidos pies habían desgastado este sendero, habían hecho naturaleza de él? Bajo la superficie del agua parecía fluir el propio suelo. En algún lugar había una pila de leños, una forma oscura y consistente, como si hubieran crecido los unos al lado de los otros. Hace cien años había estado aquí un leñador que los había preparado para el día siguiente, pero nunca regresó. Mokusei. Se oyó a sí mismo pronunciar el nombre de ella en voz alta, y se detuvo. Luego esto que sentía era miedo. Algo irremediable le estaba pasando. Se dio la vuelta. La niebla se levantaba en el lugar de donde él venía, formas desgajadas y flotantes que la habían tomado con él le rodearían, le envolverían, le mantendrían prisionero junto a esa pila de madera, cien años, mil años, siempre.

Cees Nooteboom
¡Mokusei! / El Buda tras la empalizada
Ed. Siruela, 1994
Trad. Julio Grande

domingo, 2 de julio de 2017

Un lugar seguro


No es cierto que la memoria sea un lugar seguro. Ahí también las cosas se desfiguran y se pierden. Ahí también terminamos alejándonos de la gente que más amamos. 

Rodrigo Hasbún
Los afectos

sábado, 1 de julio de 2017

Los pájaros de la memoria


A pesar de que el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo que Remedios, la Bella, era en realidad el ser más lúcido que había conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la buena de Dios. Remedios, la Bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la Bella, estaba transparentada por una palidez intensa. 

—¿Te sientes mal? –le preguntó. 

Remedios, la Bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.

—Al contrario –dijo–, nunca me he sentido mejor. 

Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó con toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerinas y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la Bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la Bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.

Gabriel García Márquez
Cien años de soledad

Fot. Sam Hood
Swimming exam, New southwales 1953

Sepulcro


Llenaba la mañana 
el aspirar del aire.

Caminaste, despacio
hasta la piedra grave.

No fuiste para ver,
sino para no ver.

Solos, en la mañana,
tu soledad y tú.

Corría el aire suave.
Oscuridad, tu luz.

Sepulcro de San Juan de la Cruz
de "La sombra y la apariencia"

Le obliga a que la mire


Le obliga a que la mire…

Es fruto agraz al paladar 
y sedoso para los labios
que han conocido su contorno 
y percibieron la afluencia. 

Ella jugaba aquella noche 
cautivada por la ternura 
de una voz que a su decisión 
sólo dijo: si tú lo quieres… 

Ahora le obliga a que la mire, 
para que vea lo que es suyo 
y lo que luego ha de perder 
cuando se aparte de sus ojos.


Tilda Swinton, 1991
National Portrait Gallery London

Secretos


No sé qué es mejor, si ir por la vida cargado de secretos hasta que explotas por la presión que ejercen, o que vayan arrancándotelos párrafo a párrafo, frase a frase, palabra a palabra, hasta que al final te quedas vacía de todo lo que en otro momento era para ti tan precioso como el oro en polvo, tan tuyo como tu propia piel -todo lo que considerabas de la mayor importancia, todo lo que te avergonzaba y deseabas ocultar, todo lo que sólo te pertenecía a ti- y tienes que pasar el resto de tus días como un saco vacío sacudido por el viento, un saco vacío con una etiqueta fluorescente para que todo el mundo sepa qué clase de secretos guardabas dentro de ti.

Margaret Atwood
El asesino ciego

Rehacer


Estoy en el punto donde ya no toco a la vida, pero tengo en mí todos los apetitos y la titilación insistente del ser. Sólo tengo una ocupación: rehacerme.

Antonin Artaud

Fot. Frank Vic

Adentro


Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.

Alejandra Pizarnik
Caminos del espejo

Fot. Werner Bischof
Dreaming, Otwock, Poland, 1948

Murciélagos


Aquellos murciélagos tenían los ojos abiertos. A diferencia de nosotros, ellos sí sabían cómo y cuándo apartarse del amor que mueve el sol y las estrellas.

Ted Hughes
Fragmento de “Las grutas de Karlsbad”
Cartas de cumpleaños.
Edit. Lumen.
Trad. Luis Antonio de Villena.

Te encontraré


Cuando el mundo se reduzca a un solo bosque negro para nuestros cuatro ojos asombrados, a una playa para dos niños fieles, a una casa musical para nuestra clara simpatía, te encontraré. 

Arthur Rimbaud

viernes, 30 de junio de 2017

Ojos negros


Ella tenía los ojos más negros que jamás hubiera visto. Dos piedras líquidas y tenebrosas, hasta donde es posible que la inercia más mineral se conjugue con la más húmeda languidez. Ojos que se veían pasar en un instante de un simulado letargo a un ataque fulminante, asomándose bajo la visera de las larguísimas pestañas con el serpentear de un reptil que asalta el alimento.

Gesualdo Bufalino

Foto: Ilse Bing