sábado, 9 de abril de 2016

Adentro


Resbalar sobre la propia vida, sin adentrarse en ella, puede ocurrir con suma facilidad.

Nada


Nombrar, no, nada es nombrable; decir, no, nada es decible; entonces qué; no sé, no tenía que haber comenzado.

Samuel Beckett
Relatos y Textos para nada
Ed. JPM Ediciones, 2015
Trad. José Francisco Fernández

Fot. Norman Duenas

viernes, 8 de abril de 2016

La serpiente

Vanidad


Vanidad (Vallone, 19 de agosto de 1917)

De improviso
está, alto,
sobre las ruinas
el límpido
estupor
de la inmensidad

Y el hombre
encorvado
sobre el agua
sorprendida
por el sol
se descubre
una sombra

Mecida y
despacio
rota


Vanità (Vallone il 19 agosto 1917).

D’improvviso 
è alto
sulle macerie
il limpido
stupore
dell’immensitá

E l’uomo
 curvato
sull’acqua
sorpresa
dal sole
si rinviene
un’ombra

Cullata e 
piano
franta

Giuseppe Ungaretti

Fot. anónima de Ungaretti
Piazza del Duomo, 1957

jueves, 7 de abril de 2016

Certeza


Ya sé que hay viajeros que antes de partir se fortifican contra la sorpresa y contra lo imprevisto, es decir, contra lo nunca visto. También hay escritores que calculan sus libros tan meticulosamente como un turista sus itinerarios, y amantes que sólo apetecen la rutina y habitan confortablemente el tedio. Pero uno, que ha perdido tantas certezas en los últimos años, ya casi sólo una de ellas conserva, la de que no vale la pena vivir sino lo que no se ha vivido nunca ni decir nada más de lo que nunca se ha dicho.

Antonio Muñoz Molina, Córdoba de los Omeyas
Ed. Fundación José Manuel Lara, 2007


Fot. Pablo Mediavilla Costa, Antonio Muñoz Molina
Cafetería Hungarian Pastry Shop, Nueva York, 2012

Mis versos


Mis versos, escritos tan temprano
que no sabía aún que era poeta,
inquietos como gotas de una fuente,
como chispas de un cometa,

lanzados como ágiles diablillos al asalto
del santuario donde todo es sueño e incienso,
mis versos de juventud y de muerte
-¡mis versos, que nadie lee!-,

en el polvo de los estantes dispersos
-¡que ninguna mano toca!-,
como vinos preciosos, mis versos
también tendrán su hora.

Marina Tsvetáyeva
Mis versos, escritos tan temprano…
Versión de Severo Sarduy

Fot. anónima de Marina Tsvetáyeva

miércoles, 6 de abril de 2016

La pulpa de los labios


He venido a reconstruir piedra por piedra esa ciudad en mi mente, esas provincias melancólicas que el viejo veía llenas de las “ruinas sombrías” de su vida. Estrépito de los tranvías estremeciéndose en sus venas metálicas mientras atraviesan la meidan color de iodo de Mazarita. Oro, fósforo, magnesio, papel. Allí nos encontrábamos a menudo. En verano había un tenderete abigarrado donde a ella le gustaba saborear tajadas de sandía y sorbetes de colores brillantes. Naturalmente, llegaba siempre un poco tarde, de vuelta quizá de una cita en una habitación oscura en la que yo trataba de no pensar, tan frescos, tan jóvenes eran los pétalos abiertos de la boca que caía sobre la mía para saciar la sed del verano. Quizás el hombre a quien acababa de abandonar rondaba aún en su memoria, quizá persistía aún en ella el polen de sus besos. Pero eso importaba muy poco ahora que sentía el leve peso de su cuerpo apoyando su brazo en el mío, sonriendo con la sinceridad generosa de los que han renunciado a todo secreto. Era bueno estar allí desmañados, un poco tímidos, respirando agitadamente porque sabíamos lo que cada uno esperaba del otro. Los mensajes se transmitían prescindiendo de la conciencia, por la pulpa de los labios, por los ojos, por los sorbetes, por el tenderete abigarrado. Permanecer allí alegremente, tomados de los meñiques, bebiendo la tarde profundamente olorosa a alcanfor, como si fuéramos parte de la ciudad…

Lawrence Durrell, El cuarteto de Alejandría
Ed. Edhasa, 2004
Trad. Aurora Bernárdez

Latido


The past beats inside me like a second heart.

John Banville
The Sea

Fot. Paul Citröen
Estrella, 1932

martes, 5 de abril de 2016

Pictorialismo

Rue de L'Odéon


Y luego caía la noche.
Adrienne, antes de cerrar la tienda, a solas con sus libros, como se sonríe a los ángeles, les sonreía. Los libros, como diablillos buenos, le devolvían la sonrisa. Conservaba esa sonrisa y se iba. Y esa sonrisa iluminaba toda la calle, la Rue de l’Odéon, la calle de Adrienne Monnier.

lunes, 4 de abril de 2016

Caer


Caeré como una hoja
Sola digna y sin maquillaje


Vogue Italia June 2013

Nada dorado permanece


El primer brote de la naturaleza es dorado,
su matiz más difícil de mantener.
Su hoja temprana es una flor;
pero es así sólo una hora.
Después las hojas ceden hacia otras hojas.
Así como el Edén se hundió en angustia,
el amanecer acaba enterrado en día. 
Nada dorado permanece.

Nothing Gold Can Stay

domingo, 3 de abril de 2016

El filo del silencio


Sin armas.
Ni las dulces sonrisas,
ni las llamas rápidas de la ira.
Sin armas.
Ni las aguas de la bondad sin fondo, 
ni la perfidia, corvo pico.
Nada. Sin armas. Sola.
Ceñida en tu silencio.
«Sí» y «no», «mañana» y «cuando»,
quiebran agudas puntas
de inútiles saetas
en tu silencio liso
sin derrota ni gloria.
¡Cuidado!, que te mata
-fría, invencible, eterna-
eso, lo que te guarda,
eso, lo que te salva,
el filo del silencio que tú aguzas.

Pedro Salinas
Sin voz, desnuda


Fot. Karl F. Struss
Storm Clouds, 1921

Sweet Evelyn


Nada hay más extraño ni más delicado que la relación entre personas que solo se conocen de vista, que se encuentran y se observan cada día, a todas horas y, no obstante, se ven obligados, ya sea por convencionalismo social o por capricho propio, a fingir una indiferente extrañeza y a no intercambiar saludo ni palabra alguna. Entre ellas va surgiendo una curiosidad sobreexcitada e inquieta, la histeria resultante de una necesidad de conocimiento y comunicación insatisfecha y anormalmente reprimida, y, sobre todo, una especie de tenso respeto. Pues el hombre ama y respeta al hombre mientras no se halle en condiciones de juzgarlo, y el deseo vehemente es el resultado de un conocimiento imperfecto.

Thomas Mann
La muerte en Venecia
Ed. Edhasa, 2006
Trad. Juan José del Solar

Fot. Morris Engel
Sweet Evelyn, New York City, 1938

sábado, 2 de abril de 2016

La Maison des Amis des Livres


La Rue de l’Odéon poseía la tranquilidad de un pueblo. Allí se encontraba la librería La Maison des Amis des Livres. Si uno observaba con detenimiento, podía ver en la entrada a su propietaria, Adrienne Monnier, con su pelo corto y su largo vestido suelto. 

En mi época de estudiante esa librería representaba ese mundo fascinante , tan cercano,y aún así tan lejano, de la literatura moderna: lejano porque todavía no conocía ni a uno solo de de los autores ; cercano porque devoraba muchísimos de sus libros, que pedía prestados de la biblioteca de Adrienne. Además descubrí los rostros de algunos de ellos a través de los retratos con dedicatoria que tapizaban las paredes de la librería. Escuchaba a escondidas a la dueña de aquel santuario - que me intimidaba con su ropa distinta y sus amigos nobles- hablando de la forma más natural e íntima de gente muy conocida cuyos nombres me dejaban algo aturdida. Podía estar contándole a algún cliente, por ejemplo, que había visto a Válery justo la noche anterior o que Gide no se encontraba muy bien. León Paul Fargue y Jacques Prévost eran otros de los autores a los que muy a menudo se veía conversar con Adrienne. Y a veces, con el corazón en un puño, veía de repente materializarse ante mí en carne y hueso al más distante e inaccesible de todos: James Joyce, cuyo Ulises había leído en francés con gran asombro. 

Extraído del prólogo de James Joyce in París : His final years 
Cassel and Company Ltd.,1965

Fot. James Joyce y Adrienne Monnier en la calle de l'Odéon, París

Hoy no pasó nada


23 de diciembre

Hoy no pasó nada. Y si pasó algo es mejor callarlo, pues no lo entendí.

viernes, 1 de abril de 2016

Eran las sombras


No, no soy yo quien le ha hecho estar triste.
Fue la noche que se hizo del polvo y, ardiente,
a ella besaba, ahogada en el ocre, cual polen.
Eran las sombras, palpándole el pulso.

Individuo y República


La verdadera armonía en una república sólo puede producirse si el individuo, en lugar de tratar de sacar provecho personal de su puesto público, antepone los intereses de la comunidad a los privados. Sólo si la riqueza no se despilfarra en el lujo y la disipación, sino que se administra y se transforma en cultura espiritual, artística, sólo si la aristocracia renuncia a su orgullo, y la plebe, en lugar de dejarse sobornar por los demagogos y de vender el Estado a un partido, exige sus derechos naturales, sólo entonces puede restablecerse la república.

Stefan Zweig, Cicerón
Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas.
Ed. Acantilado, 2002
Trad. Berta Vías Mahou

jueves, 31 de marzo de 2016

El grano de locura


Si no captas la pequeña raíz o el pequeño grano de locura de alguien, no puedes amarlo. En alguna parte todos somos dementes ¿no? El punto de demencia de alguien llega a ser la fuente misma de su encanto.

Gilles Deleuze

Fot. Hélène Bamberger, Gilles Deleuze

Hipótesis no verificada


A veces me dormía tan pesadamente sobre el diván que al despertar experimentaba un estupor angustiado: como si mi conciencia, al emerger anónimamente de la noche, dudara antes de reencarnarse. O contemplaba con mirada incrédula el decorado familiar: reverso ilusorio y tornasolado del vacío donde me había sumergido. Mi mirada se detenía sorprendida en los objetos que había traído de los cuatro rincones de Europa. Mis viajes, el espacio no conservaba huella de ellos, mi memoria desdeñaba evocarlos; y las muñecas, los vasos, las baratijas estaban allí. Una nada me fascinaba, me obsesionaba. Encontrar un pañuelo de seda roja y un almohadón violeta: ¿cuándo he visto por última vez fucsias, su vestido de obispo y cardenal, su largo sexo frágil? La campanilla luminosa, la simple rosa silvestre, la madreselva desgreñada, los narcisos, abriendo en su blancura grandes ojos atónitos, ¿cuándo? Podían no existir ya en el mundo y no lo sabría. Ni nenúfares en los estanques, ni trigo sarraceno en la campiña. La tierra está a mi alrededor como una vasta hipótesis que ya no verifico.

Simone de Beauvoir, La edad de la discreción
Incluido en La mujer rota
Ed. Edhasa, 2007
Trad: Dolores Sierra y Neus Sánchez