miércoles, 8 de junio de 2016

El amor en reserva


Yo lo había sentido, muchas veces, el amor en reserva. Hay en cantidad. No se puede negar. Sólo que es una pena que siga siendo tan cabrona, la gente, con tanto amor en reserva. No sale y se acabó. Se les queda ahí dentro, no les sirve de nada. Revientan, de amor, dentro.

Louis-Ferdinand Céline, Viaje Al Fin De La Noche
Ed. Edhasa, 2011
Trad. Carlos Manzano

Fot. Retrato de Louis-Ferdinand Céline, anónimo

Leyendo

martes, 7 de junio de 2016

Leyendo

Miss Grace, 1898
Moma, Nueva York

Leer


Leer es una experiencia que transforma de arriba abajo a los que consagran su alma a la lectura. Hay que apiñar los libros verdaderos en un rincón, porque siempre los libros verdaderos son contrarios a las costumbres colectivas. Aquel que lee vive solo en su “otro mundo”, en su “rincón”, en el ángulo de la pared. Y así es como, solo en la ciudad, el lector afronta en el libro, físicamente, solitariamente, el abismo de la soledad anterior en la cual vivió. Simplemente al dar vuelta a las páginas de su libro, reconoce sin fin la desgarradura (sexual, familiar, social) de la cual proviene.
Cada lector es como San Alexis bajo la escalera de su padre. Se ha vuelto tan silencioso como la escudilla que se le ofrece.
Solo la letra, ubicada frente a sus labios, puede dar fe de que su aliento ya no está allí.
Algo alcanza a hacerse oír en la expresión escrita por medio de letras sin que haya necesidad de articularlas.
El que lee la letra ha perdido el sí mismo, el nombre, la filiación, la vida terrestre.
En la literatura algo del otro mundo resuena.
Algo del secreto se transmite.

Pascal Quignard, La barca silenciosa
Ed. Arena Libros, 2013
Trad: Meritxell Martínez

Fot: Betina La Plante

lunes, 6 de junio de 2016

Un espacio demasiado grande



Yo siempre había estado convencida de que no ocupaba un espacio demasiado grande en el mundo. Cuando alguien se va, todos, tarde o temprano, acaban por acostumbrarse. Eso es así, sin duda alguna.
Pero cuando me imaginaba a las personas a las que yo amaba viviendo en un mundo sin mí, se me saltaban las lágrimas. 
No sé por qué, pero me parecía que ese mundo del que habrían arrancado mi persona era muy triste. Ese espacio que uno ocupa, siquiera un breve periodo, y aunque antes o después todos los personajes deban desaparecer en los confines del tiempo, resplandece como algo sumamente valioso. 
Me resultaba tan preciado como los árboles, la luz del sol o los gatos con que me topaba por el camino. 
Miré una y otra vez al cielo, absorta en esos pensamientos. «Estoy aquí, ahora, con mi cuerpo, mirando al cielo. Éste es mi espacio.» 
Absorta en esa vida a la que mi cuerpo sólo daría cobijo una vez, bella como el crepúsculo que resplandecía a lo lejos.

Banana Yoshimoto  Recuerdos de un callejón sin salida
Ed. Tusquets, 2011
Trad. Gabriel Álvarez Martínez

Afinidades improbables


No he abrazado a autores porque tuvieran ciertas virtudes o congenialidades; los he hallado por obra de la fortuna, y sus virtudes han aparecido entonces. El lector intermitente y errático, el lector que lee por curiosidad, impulso o vicio y no por profesión, suele toparse con este tipo de sorpresas felices e inexplicables. Por más que digan los psicosociólogos, en los contactos humanos no existen leyes: no hablo únicamente de la relación autor-lector, sino de todas. Como químico, siendo experto en las afinidades entre elementos, me siento un inútil ante las afinidades entre individuos. En este terreno, todo es verdaderamente posible; basta pensar en ciertos matrimonios improbables y duraderos, en ciertas amistades asimétricas y fecundas. No puedo evitar citar de nuevo a Rabelais (al que soy fiel desde hace cuarenta años sin que me parezca mínimamente a él y sin saber por qué): su Pantagruel, gigante, generoso, riquísimo, noble, sabio y valiente, encuentra por casualidad a Panurgo, flacucho, pobre, ladrón, cobarde, mentiroso, conocedor de todos los vicios; lo tendrá por compañero en todas sus aventuras y lo amará siempre. Evidentemente, se trata de las “razones del corazón” de las que hablaba Blaise Pascal, que respeto, que admiro, que me sorprende, pero entorno a las cuales he dado vueltas en vano, como en torno a determinadas cumbres inaccesibles de las Grigne.
Debo, además, constatar que mis amores más profundos y duraderos son justamente los menos justificados. (...) La novela de Roger Vergel constituye un caso aparte: creo que tiene un valor intrínseco, pero su importancia para mí deriva de razones privadas, cargadas de simbolismo, pues la leí el 18 de julio de 1945, día en que esperaba morir.

Primo Levi, Prefacio a La Búsqueda de las raíces
Ed. El Aleph
Trad. Miquel Izquierdo

domingo, 5 de junio de 2016

Jaume Plensa

Reportaje sobre Jaume Plensa emitido en "Imprescindibles" de RTVE

El infierno de los vivos


El infierno de los vivos no es algo que será. Ya existe aquí: lo habitamos todos los días; lo conformamos todos juntos. Dos formas hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y convertirse en parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y darle espacio, y hacerlo durar mientras vivamos.

Italo Calvino  Las ciudades invisibles
Ed. Siruela, 2013
Traducción: Aurora Bernárdez

Fot: Retrato de Italo Calvino, sin datos

sábado, 4 de junio de 2016

Un poco de sueño


Porque son ya seis años desde entonces,
porque no hay en la tierra, todavía,
nada que sea tan dulce como una habitación
para dos, si es tuya y mía;
porque hasta el tiempo, ese pariente pobre
que conoció mejores días,
parece hoy partidario de la felicidad,
cantemos, alegría!

Y luego levantémonos más tarde,
como en domingo. Que la mañana plena
se nos vaya otra vez en hacer el amor,
pero mejor: de otra manera
que la noche no puede imaginarse,
mientras el cuarto se nos puebla
de sol y vecindad tranquila, igual que el tiempo,
y de historia serena.

El eco de los días de placer,
el deseo, la música acordada
dentro en el corazón, y que yo he puesto apenas
en mis poemas, por romántica;
todo el perfume, todo el pasado infiel,
lo que fue dulce y da nostalgia,
¿no ves cómo se sume en la realidad que entonces
soñabas y soñaba?

La realidad --no demasiado hermosa-
con sus inconvenientes de ser dos,
sus vergonzosas noches de amor sin deseo
y de deseo sin amor,
que ni en seis siglos de dormir a solas
las pagaríamos. Y con
sus transiciones vagas, de la traición al tedio,
del tedio a la traición.

La vida no es un sueño, tú ya sabes
que tenemos tendencia a olvidarlo.
Pero un poco de sueño, no más, un si es no es
por esta vez, callándonos
el resto de la historia, y un instante
--mientras que tú y yo nos deseamos
feliz y larga vida en común-- , estoy seguro
que no puede hacer daño.

Canción de aniversario

Una vez que han entrado


Es bueno observar, 
cuando abrimos la ventana, 
si hay algún avión en las inmediaciones, 
porque una vez que han entrado, 
resulta difícil deshacerse de ellos.

Antología poética
Ed. Adriana Hidalgo

miércoles, 1 de junio de 2016

El libro mudo


Mutus liber

La posesión del alma


Es trágico que tan pocas personas lleguen a "poseer su alma" antes de morir. 
Nada hay más infrecuente en todo hombre -dice Emerson-, que un acto que sea propiamente suyo.
Es totalmente cierto. La mayoría de las personas son otras personas. Sus pensamientos son las opiniones de otro, su vida un remedo, sus pasiones una cita.

Oscar Wilde
De profundis
Ed. Siruela 2008
Trad. María Luisa Balseiro

Fot. Oscar Wilde con Lord Alfred Douglas

martes, 31 de mayo de 2016

La tumba de Tolstoy


No he visto en Rusia nada más grandioso e impresionante que la tumba de Tolstoi. Ese augusto monumento, venerable centro de peregrinación de las generaciones futuras, queda desplazado y solo, sombreado en el bosque. Un sendero estrecho, que discurre sin aparente plan entre claros y maleza, conduce a este túmulo, que no es otra cosa que un pequeño rectángulo amontonado de tierra, que nadie vigila ni ampara, a la sombra única de unos pocos grandes árboles. Y esos árboles descollantes, mecidos suavemente por el viento del temprano otoño, fueron plantados por el mismo León Tolstoi, según me refiere su nieta. Su hermano Nicolás y él habían oído, cuando niños, de boca de alguna ama o aldeana, la antigua conseja de que allí donde se plantan árboles se constituye un lugar de felicidad. Y por eso, jugando, habían hincado por las buenas en la tierra unos cuantos renuevos en determinados lugares y no habían tardado en olvidar este juego de niños. Sólo al cabo de mucho tiempo se acordó Tolstoi de aquella anécdota infantil y del extraño augurio de felicidad, que se presentó de repente al hombre fatigado de la vida como provisto de un significado nuevo y más bello. E inmediatamente expresó su deseo de ser enterrado bajo aquellos árboles plantados por él mismo.
Se cumplió puntualmente esta voluntad de Tolstoi, y aquel lugar pasó a ser la tumba más bella, impresionante y triunfal del mundo. Un pequeño túmulo rectangular en medio del bosque, recubierto de flores –nulla crux, nulla corona–, sin cruz, ni lápida, ni inscripción, y ni siquiera el nombre: “Tolstoi”. El gran hombre está enterrado en el anonimato; el que sufría como ninguno bajo el peso de su nombre y fama, enterrado como cualquier vagabundo hallado por casualidad. A nadie se impide el acceso a su último lugar de descanso; la débil cerca que lo rodea no está cerrada: nada protege el descanso de León Tolstoi sino el respeto de los hombres, que, en otros casos, se complacen en turbar con su curiosidad las tumbas de los grandes. Pero aquí justamente la irrefutable sencillez proscribe la desatada curiosidad e impone hablar en voz baja. El viento susurra en los árboles que cobijan la tumba del anónimo; el sol juguetea sobre ella; la nieve pone en invierno su tierna nota de blancor sobre la tierra oscura, y se podría transitar por aquí, verano e invierno, sin advertir que ese pequeño rectángulo prominente  acogió en su seno la parte terrena de uno de los hombres más poderosos de nuestro mundo. Mas precisamente ese anonimato conmueve más que todos los mármoles y pompas posibles: de los centenares de personas de hoy, este día excepcional, ha atraído hacia su rincón de descanso, ninguno ha tenido el atrevimiento de tomar como recuerdo ni una sola flor del oscuro túmulo. Nada de este mundo resulta más monumental –eso se experimenta de continuo– que la suprema sencillez. Ni la cripta de Napoleón bajo los mármoles de los Inválidos, ni el sepulcro de Goethe en la tumba principesca de Weimar, ni el sarcófago de Shakespeare en la abadía de Westminster impresionan a su vista una y otra vez las fibras más humanas del hombre como esa conmovedora tumba anónima perdida en el bosque, con su solemne silencio, en la que sólo susurra el viento y que está desprovista de todo aviso y palabra.

Stefan Zweig Hombre, libros y ciudades
Ed. Juventud, 1963

Fot. Tumba de León Tolstoi en Yásnaia Poliana

Entonces uno deja de reírse


Uno puede enfrentarse a los acontecimientos de la vida con humor durante años, a veces muchos años, y en algunos casos mantener una actitud humorística casi hasta el final; pero la vida siempre nos rompe el corazón. Por mucho valor, sangre fría y humor que uno acumule a lo largo de su vida, siempre acabará con el corazón destrozado. Y entonces uno deja de reírse. A fin de cuentas ya sólo quedan la soledad, el frío y el silencio. A fin de cuentas, sólo queda la muerte.

Michel Houellebecq, Las partículas elementales
Ed. Anagrama, 2006
Trad. Encarna Castejón

lunes, 30 de mayo de 2016

Vender el alma


Figura sin paisaje 

He vendido mi alma dos veces al diablo,
por monedas de niebla y curso clandestino 
en países que nadie se ha atrevido a fundar. 

Un realista que vive el mundo de los sueños, 
un soñador que quiere vivir la realidad.

Mal destino es el tuyo.
Así te va.

Decadencia


Así, no sabiendo creer en Dios (...), me he quedado, como otros de la orilla de las gentes, en esa distancia de todo a que comúnmente se llama la Decadencia.
La Decadencia es la pérdida total de la inconsciencia, porque la inconsciencia es el fundamento de la vida.
El corazón, si pudiese pensar, se pararía.
A quien como yo, así, viviendo, no sabe tener vida, ¿qué le queda sino, como a mis pares, la renuncia por modo y la contemplación por destino?
(...) Y así, contempladores iguales de las montañas y de las estatuas, disfrutando de los días como de los libros, soñándolo todo, sobre todo para convertirlo en nuestra íntima substancia, haremos también descripciones y análisis que, una vez hechos, pasarán a ser cosas ajenas que podemos disfrutar como si viniesen en la tarde.

Ed. Seix Barral, 2010
Edición y traducción de Ángel Crespo