viernes, 8 de abril de 2016
Vanidad
De improviso
está, alto,
sobre las ruinas
el límpido
estupor
de la inmensidad
Y el hombre
encorvado
sobre el agua
sorprendida
por el sol
se descubre
una sombra
Mecida y
despacio
rota
Vanità (Vallone il 19 agosto 1917).
D’improvviso
è alto
sulle macerie
il limpido
stupore
dell’immensitá
E l’uomo
curvato
sull’acqua
sorpresa
dal sole
si rinviene
un’ombra
Cullata e
piano
franta
jueves, 7 de abril de 2016
Certeza
Ya sé que hay viajeros que antes de partir se fortifican contra la sorpresa y contra lo imprevisto, es decir, contra lo nunca visto. También hay escritores que calculan sus libros tan meticulosamente como un turista sus itinerarios, y amantes que sólo apetecen la rutina y habitan confortablemente el tedio. Pero uno, que ha perdido tantas certezas en los últimos años, ya casi sólo una de ellas conserva, la de que no vale la pena vivir sino lo que no se ha vivido nunca ni decir nada más de lo que nunca se ha dicho.
Antonio Muñoz Molina, Córdoba de los Omeyas
Ed. Fundación José Manuel Lara, 2007
Fot. Pablo Mediavilla Costa, Antonio Muñoz Molina
Cafetería Hungarian Pastry Shop, Nueva York, 2012
Ed. Fundación José Manuel Lara, 2007
Fot. Pablo Mediavilla Costa, Antonio Muñoz Molina
Cafetería Hungarian Pastry Shop, Nueva York, 2012
Mis versos
Mis versos, escritos tan temprano
que no sabía aún que era poeta,
inquietos como gotas de una fuente,
como chispas de un cometa,
lanzados como ágiles diablillos al asalto
del santuario donde todo es sueño e incienso,
mis versos de juventud y de muerte
-¡mis versos, que nadie lee!-,
en el polvo de los estantes dispersos
-¡que ninguna mano toca!-,
como vinos preciosos, mis versos
también tendrán su hora.
Marina Tsvetáyeva
Mis versos, escritos tan temprano…
Mis versos, escritos tan temprano…
miércoles, 6 de abril de 2016
La pulpa de los labios
He venido a reconstruir piedra por piedra esa ciudad en mi mente, esas provincias melancólicas que el viejo veía llenas de las “ruinas sombrías” de su vida. Estrépito de los tranvías estremeciéndose en sus venas metálicas mientras atraviesan la meidan color de iodo de Mazarita. Oro, fósforo, magnesio, papel. Allí nos encontrábamos a menudo. En verano había un tenderete abigarrado donde a ella le gustaba saborear tajadas de sandía y sorbetes de colores brillantes. Naturalmente, llegaba siempre un poco tarde, de vuelta quizá de una cita en una habitación oscura en la que yo trataba de no pensar, tan frescos, tan jóvenes eran los pétalos abiertos de la boca que caía sobre la mía para saciar la sed del verano. Quizás el hombre a quien acababa de abandonar rondaba aún en su memoria, quizá persistía aún en ella el polen de sus besos. Pero eso importaba muy poco ahora que sentía el leve peso de su cuerpo apoyando su brazo en el mío, sonriendo con la sinceridad generosa de los que han renunciado a todo secreto. Era bueno estar allí desmañados, un poco tímidos, respirando agitadamente porque sabíamos lo que cada uno esperaba del otro. Los mensajes se transmitían prescindiendo de la conciencia, por la pulpa de los labios, por los ojos, por los sorbetes, por el tenderete abigarrado. Permanecer allí alegremente, tomados de los meñiques, bebiendo la tarde profundamente olorosa a alcanfor, como si fuéramos parte de la ciudad…
martes, 5 de abril de 2016
Rue de L'Odéon
Y luego caía la noche.
Adrienne, antes de cerrar la tienda, a solas con sus libros, como se sonríe a los ángeles, les sonreía. Los libros, como diablillos buenos, le devolvían la sonrisa. Conservaba esa sonrisa y se iba. Y esa sonrisa iluminaba toda la calle, la Rue de l’Odéon, la calle de Adrienne Monnier.
lunes, 4 de abril de 2016
Nada dorado permanece
El primer brote de la naturaleza es dorado,
su matiz más difícil de mantener.
Su hoja temprana es una flor;
pero es así sólo una hora.
Después las hojas ceden hacia otras hojas.
Así como el Edén se hundió en angustia,
el amanecer acaba enterrado en día.
Nada dorado permanece.
Nothing Gold Can Stay
domingo, 3 de abril de 2016
El filo del silencio
Sin armas.
Ni las dulces sonrisas,
ni las llamas rápidas de la ira.
Sin armas.
Ni las aguas de la bondad sin fondo,
Ni las dulces sonrisas,
ni las llamas rápidas de la ira.
Sin armas.
Ni las aguas de la bondad sin fondo,
ni la perfidia, corvo pico.
Nada. Sin armas. Sola.
Ceñida en tu silencio.
«Sí» y «no», «mañana» y «cuando»,
quiebran agudas puntas
de inútiles saetas
en tu silencio liso
sin derrota ni gloria.
¡Cuidado!, que te mata
-fría, invencible, eterna-
eso, lo que te guarda,
eso, lo que te salva,
el filo del silencio que tú aguzas.
Sweet Evelyn
Nada hay más extraño ni más delicado que la relación entre personas que solo se conocen de vista, que se encuentran y se observan cada día, a todas horas y, no obstante, se ven obligados, ya sea por convencionalismo social o por capricho propio, a fingir una indiferente extrañeza y a no intercambiar saludo ni palabra alguna. Entre ellas va surgiendo una curiosidad sobreexcitada e inquieta, la histeria resultante de una necesidad de conocimiento y comunicación insatisfecha y anormalmente reprimida, y, sobre todo, una especie de tenso respeto. Pues el hombre ama y respeta al hombre mientras no se halle en condiciones de juzgarlo, y el deseo vehemente es el resultado de un conocimiento imperfecto.
Thomas Mann
La muerte en Venecia
Ed. Edhasa, 2006
Trad. Juan José del Solar
Fot. Morris Engel
Sweet Evelyn, New York City, 1938
La muerte en Venecia
Ed. Edhasa, 2006
Trad. Juan José del Solar
Fot. Morris Engel
Sweet Evelyn, New York City, 1938
sábado, 2 de abril de 2016
La Maison des Amis des Livres
La Rue de l’Odéon poseía la tranquilidad de un pueblo. Allí se encontraba la librería La Maison des Amis des Livres. Si uno observaba con detenimiento, podía ver en la entrada a su propietaria, Adrienne Monnier, con su pelo corto y su largo vestido suelto.
En mi época de estudiante esa librería representaba ese mundo fascinante , tan cercano,y aún así tan lejano, de la literatura moderna: lejano porque todavía no conocía ni a uno solo de de los autores ; cercano porque devoraba muchísimos de sus libros, que pedía prestados de la biblioteca de Adrienne. Además descubrí los rostros de algunos de ellos a través de los retratos con dedicatoria que tapizaban las paredes de la librería. Escuchaba a escondidas a la dueña de aquel santuario - que me intimidaba con su ropa distinta y sus amigos nobles- hablando de la forma más natural e íntima de gente muy conocida cuyos nombres me dejaban algo aturdida. Podía estar contándole a algún cliente, por ejemplo, que había visto a Válery justo la noche anterior o que Gide no se encontraba muy bien. León Paul Fargue y Jacques Prévost eran otros de los autores a los que muy a menudo se veía conversar con Adrienne. Y a veces, con el corazón en un puño, veía de repente materializarse ante mí en carne y hueso al más distante e inaccesible de todos: James Joyce, cuyo Ulises había leído en francés con gran asombro.
Extraído del prólogo de James Joyce in París : His final years
Hoy no pasó nada
23 de diciembre
Hoy no pasó nada. Y si pasó algo es mejor callarlo, pues no lo entendí.
viernes, 1 de abril de 2016
Eran las sombras
No, no soy yo quien le ha hecho estar triste.
Fue la noche que se hizo del polvo y, ardiente,
a ella besaba, ahogada en el ocre, cual polen.
Eran las sombras, palpándole el pulso.
Individuo y República
La verdadera armonía en una república sólo puede producirse si el individuo, en lugar de tratar de sacar provecho personal de su puesto público, antepone los intereses de la comunidad a los privados. Sólo si la riqueza no se despilfarra en el lujo y la disipación, sino que se administra y se transforma en cultura espiritual, artística, sólo si la aristocracia renuncia a su orgullo, y la plebe, en lugar de dejarse sobornar por los demagogos y de vender el Estado a un partido, exige sus derechos naturales, sólo entonces puede restablecerse la república.
Stefan Zweig, Cicerón
Momentos estelares de la humanidad. Catorce miniaturas históricas.
Ed. Acantilado, 2002
Trad. Berta Vías Mahou
jueves, 31 de marzo de 2016
El grano de locura
Si no captas la pequeña raíz o el pequeño grano de locura de alguien, no puedes amarlo. En alguna parte todos somos dementes ¿no? El punto de demencia de alguien llega a ser la fuente misma de su encanto.
Hipótesis no verificada
A veces me dormía tan pesadamente sobre el diván que al despertar experimentaba un estupor angustiado: como si mi conciencia, al emerger anónimamente de la noche, dudara antes de reencarnarse. O contemplaba con mirada incrédula el decorado familiar: reverso ilusorio y tornasolado del vacío donde me había sumergido. Mi mirada se detenía sorprendida en los objetos que había traído de los cuatro rincones de Europa. Mis viajes, el espacio no conservaba huella de ellos, mi memoria desdeñaba evocarlos; y las muñecas, los vasos, las baratijas estaban allí. Una nada me fascinaba, me obsesionaba. Encontrar un pañuelo de seda roja y un almohadón violeta: ¿cuándo he visto por última vez fucsias, su vestido de obispo y cardenal, su largo sexo frágil? La campanilla luminosa, la simple rosa silvestre, la madreselva desgreñada, los narcisos, abriendo en su blancura grandes ojos atónitos, ¿cuándo? Podían no existir ya en el mundo y no lo sabría. Ni nenúfares en los estanques, ni trigo sarraceno en la campiña. La tierra está a mi alrededor como una vasta hipótesis que ya no verifico.
Simone de Beauvoir, La edad de la discreción
Incluido en La mujer rota
Ed. Edhasa, 2007
Ed. Edhasa, 2007
Trad: Dolores Sierra y Neus Sánchez
miércoles, 30 de marzo de 2016
Los raros
Seguid a los raros, y no a las personas vulgares
Francesco Petrarca
Fot. Bronzino
Portrait of Laura Battiferri
(detalle de libro con sonetos de Petrarca)
Fot. Bronzino
Portrait of Laura Battiferri
(detalle de libro con sonetos de Petrarca)
Los libros
[…] los libros me salvaron de la desesperación; eso me ha persuadido de que la cultura es el más alto de los valores, y no logro considerar esta convicción con mirada crítica.
Simone de Beauvoir, La edad de la discreción
Incluido en La mujer rota
Ed. Edhasa, 2007
Ed. Edhasa, 2007
Trad: Dolores Sierra y Neus Sánchez
Fot. Gisèle Freund, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, Paris, 1963
Fot. Gisèle Freund, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, Paris, 1963
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