martes, 21 de noviembre de 2017

Fotografía


Si los ojos viesen como ve la fotografía de Boubat, ¿podrían soportarlo? Pienso en ciertas fotografías de niños. De niños que descubren de pronto que los fotografían, divididos entre el temor, la maravilla, la sorpresa inicial del “¿por qué nosotros y no otros?”, “¿por qué nosotros y no otra cosa?” Pienso también en ciertos paisajes de países extranjeros, de cosechas, de niñas de primera comunión, y en una gran cantidad de instantes cuyo sentido es imposible determinar, título -de instantes arrancados al curso de días precisamente iguales a los otros, al curso de vidas, iguales también- de instantes de luz, fulgor de una felicidad inexplicable, imposible de nombrar, tan fugitiva como el viento -de pasajes misteriosos en ciertos lugares, a ciertas horas, en paisajes desiertos o en el momento crucial de crepúsculos, soplo destructivo del amor. La fotografía de Boubat -en particular las de mujeres- opera siempre en un campo que sobrepasa el de su representación. Mientras testimonia de un rostro, de lo más irreemplazable de su identidad, testimonia al mismo tiempo de la fragilidad de esta y de su condición mortal. De lo que no es reemplazable y sin embargo se pierde en una morfología universal. Cuando Boubat capta la singularidad ineluctable de un rostro parecería que fuese siempre en el momento mismo en que menos se lo espera, aquel en que el rostro abandona su identidad para perderse en lo que existe al mismo tiempo que él, cerca o lejos de él, en otro lugar o al lado, o perdido, o muerto. Édouard Boubat me dijo un día que la fotografía tenía un misterio que le era propio. Decía también que la fotografía tenía una verdad que no estaba emparentada con nada, ni con el cine, ni con la escritura, ni con la pintura. Pero que todo esto lo tenían que descubrir los otros, no los fotógrafos. Lo que creo comprender aquí es que toda fotografía, de una manera o de otra, es la de uno. Que no hay fotografía que no testimonie de uno.

Marguerite Duras
Los ojos verdes
Ed. Plaza y Janés, 1993
Trad. Chantal Delmas

Fot. Édouard Boubat
Salamanca, 1956

Construir, plantar


Construir, plantar, sea cual sea la intención, alzar la columna o tender el arco, ensanchar la terraza o enterrar la gruta, para todo ello jamás se ha de olvidar la naturaleza. Pero tratemos a esta diosa como a un hada púdica; no la cubramos mucho ni la dejemos totalmente desnuda; que todas sus bellezas no se descubran por doquier, porque medio ingenio está en cubrir decentemente. Se llevará la palma quien con placer confunda, sorprenda, varíe y oculte los límites.
Consultemos para todo al genio del lugar: él dice si las aguas se elevan o caen, o ayuda a las colinas ambiciosas a escalar el cielo, o extrae del valle teatros envolventes; él convoca al paisaje, atrae los claros que se abren, une los bosques serviciales, y hace variar las sombras; a veces frustra las intenciones, y a veces las orienta; pinta cuando plantamos y diseña cuando trabajamos.

Alexander Pope
Epístola a lord Burlington, 1731

Fot. Brigitte Carnochan

lunes, 20 de noviembre de 2017

La pasión


Aquel día, pues, él conoció una de las formas extrañas de la estabilidad: la estabilidad del deseo irrealizable. La estabilidad del ideal intangible. Él, que era un ser consagrado a la moderación, se sintió por primera vez atraído por lo inmoderado: una atracción por el extremo imposible. En una palabra, por lo imposible. Y por primera vez sintió, en consecuencia, amor por la pasión.
Y fue como si se le curase la miopía y viese el mundo claramente. Fue la visión más simple y profunda que hubiera tenido del Universo donde había vivido y viviría.

Clarice Lispector
Miopía progresiva
de Felicidad clandestina
Ed. Grijalbo, 1988
Trad. Marcelo Cohen Levis Chokler

Fot. Brigitte Carnochan

Leyendo


Anny Andersson in her home, 1910, Sweden

Leyendo


Le Voyage Mexicain, 1965-66

Un escritor


UN ESCRITOR

El escritor más enigmático de todos los tiempos ha sido, seguramente, Jesús. Los Evangelios nos lo presentan escribiendo una sola vez y no lo hace en papel sino, con un palito, en la tierra, en el transcurso de la prodigiosa escena de la mujer pillada cometiendo adulterio. No sabremos nunca lo que escribió o si escribió algo, o si solo dibujó. Debió de ser, sin embargo algo importante, pues Jesús estaba tan absorto, inclinado sobre aquellos signos perecederos, que los judíos tuvieron que preguntarle varias veces qué había que hacer con la mujer antes de que él diera esa respuesta inolvidable: "Aquel de vosotros que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra". La mayoría de los judíos sabían leer y, por otro lado, el nuevo maestro era extremadamente importante para ellos. ¿Por qué ninguno leyó lo que había escrito? ¿Por qué las inmensas bibliotecas de Occidente descansan sobre los hombros de dos hombres que no dejaron escritos a su paso, Sócrates y Jesús? ¿Cuál es la diferencia entre la sabiduría que no escribe y la inteligencia que llena las bibliotecas a favor o en contra de la sabiduría? Incluso aunque no dejara libros, Jesús -no lo olvidemos- vivió la epopeya de un pueblo, sus salmos, su canto de amor y, a través de Job, su desesperación. El hombre de Nazaret quiso ser el índice y la culminación de ese libro. La escena del perdón a la mujer que ha cometido un pecado me parece la parábola central del Evangelio, y el texto que quedó en la tierra, la más bella obra de la humanidad y, tal vez, su definición.

Mircea Cãrtãrescu
El ojo castaño de nuestro amor
Ed. Impedimenta
Trad. Marian Ochoa de Eribe

Fot. Alan Sonfist
Myself Becoming One with the Tree, 1969

domingo, 19 de noviembre de 2017

El fuego


EL FUEGO

El fuego hace una ordenación: primero, todas las llamas se mueven en un sentido…

…..(No se puede comparar el modo de andar del fuego más que con el de los animales: debe dejar un lugar para ocupar otro; camina a la vez como una ameba y como una jirafa, salta con el cuello, repta con un pie)…

…..Luego, mientras las masas contaminadas con método se desploman, los gases que escapan se van transformando en una sola rampa de mariposas.

Francis Ponge
de "La soñadora materia"
Galaxia Gutenberg, 2006
Trad. Miguel Casado.

Fot. Laurent Millet

En un puerto del Mediterráneo


EN UN PUERTO DEL MEDITERRÁNEO

Yo no sé qué es lo más importante: 

El dulzor especiado del amargo café 
mezclado con el sabor del primer cigarrillo de la mañana 
o el olor a pescado y barcos recién pintados. 
Los desteñidos vestidos tendidos en cuerdas entre almendros en flor 
o las montañas que los resaltan... 

No, ninguna de esas cosas sola, sino todas juntas 
desvelan que yo he aniquilado algo 

y que su presencia me va a torturar el resto de mi vida 
porque no le hice caso mientras estuvo aquí.

en "Alrededores", 1972
de "Nuestro amor es como Bizancio"
Versión de Francisco Uriz
Editorial Lumen

sábado, 18 de noviembre de 2017

Es hermoso el vapor


“Es hermoso el vapor”, dijo frente a un tazón de té verde.

¿Es el propio vapor o la fluidez de sus movimientos lo que la deleita?

Ella recuerda aquellos de las aguas termales del sur de Japón. Subían directamente hacia el cielo azul y frío del invierno.

Cada capa de vapor que se eleva podría revelar un secreto, pero en seguida viene otra a ocultarlo:

También le gusta agitar suavemente su taza de té para ver las hojas girar.

Y observarlas como las algas al fondo del agua, profundidades marinas en miniatura.

Ito Naga (Francia 1957)
de Iro Mo ka Mo
Edit. Cheyne éditeur
Trad. Daniela Camacho

viernes, 17 de noviembre de 2017

Oficio y finalidad



Oficio y finalidad.

Repetir una y otra vez
aquello de que se carece
a fin de que a fuerza de insistirlo
quede creado:
dibujar en el aire
hasta que el sonido del rasgo
se convierta en silencio.
Y así, cada piedra contenga su rostro:
y cada instante de sordera contenga su voz;
y cada partícula de obscuridad
revele el sol de su presencia,
y cada gota de muerte
devenga semilla.
Se trata de buscar la palabra
para callarla.

Ed. Pre-Textos

jueves, 16 de noviembre de 2017

Sísifo


Recientemente, durante un domingo lluvioso de otoño, atravesé en tranvía el mercado que existe cerca de la torre de Sukharev. En una extensión de medio kilómetro, el coche dividió una multitud compacta, que volvía a cerrarse detrás de nosotros. Desde la mañana hasta la noche, estos millares de hombres, casi todos hambrientos y andrajosos, pisan el suelo fangoso, disputan, se engañan y se aborrecen. Es lo mismo que lo que ocurre en todos los mercados de Moscú y de las otras ciudades. Esos hombres pasarán sus veladas en las tabernas, y por la noche se esconderán en sus agujeros y zahúrdas. El domingo es para ellos un gran día. El lunes vuelven a empezar su existencia maldita.
Reflexionando sobre la existencia de esos hombres, pensando en el estado que dejan y en el que escogen, considerad a qué trabajos se entregan, y veréis que son unos mártires.
Todos ellos han abandonado sus campos, sus casas, sus padres y sus hermanos, y a menudo a sus mujeres y a sus hijos.
Han renunciado a todo, y han acudido a la ciudad para adquirir lo que el mundo cree necesario.
Todos hacen lo mismo, desde el obrero de la fábrica, el cochero, la costurera, la prostituta, hasta el comerciante enriquecido, el empleado, y sus mujeres, sin hablar de las docenas de miles de desdichados que todo lo han perdido, y que viven de desperdicios y de aguardiente en los asilos de noche.
Examinad esa multitud desde el pobre al rico; buscad a quien se crea satisfecho y estime poseer lo que el mundo cree necesario, y no hallaréis uno entre mil. Todos se dirigen a adquirir lo que el mundo impone, y cuya ausencia constituye para ese mismo mundo una desdicha. Pero tan pronto como han adquirido lo codiciado, el mundo presenta otra cosa más necesaria, y el trabajo de Sísifo obra eternamente.

León Tolstói
Lo que yo pienso de la guerra

Fot. La familia Tolstói en 1910

Leyendo


Las señoritas Blount, c.1900

La puerta estrecha


Lucile Bucolin era muy hermosa. Un pequeño retrato suyo que he conservado me la muestra tal como era entonces, con un aire tan juvenil que se la hubiera tomado por la hermana mayor de sus hijas, sentada de lado, en aquella postura que le era habitual: la cabeza inclinada sobre la mano izquierda, cuyo meñique se doblaba con un gesto afectado hacia los labios. Una redecilla de gruesas mallas retiene la masa de sus cabellos espesos, medio recogidos en la nuca, y en el escote, pendiendo de una cinta de terciopelo negro, un medallón de mosaico italiano. El cinturón de terciopelo negro, con gran nudo flotante, y el sombrero de paja ligera y ala muy ancha, que ella ha colgado en el respaldo de la silla, acentúan su aspecto juvenil. La mano derecha, caída, sostiene un libro cerrado.

André Gide
La puerta estrecha
Ed. Debolsillo, 2012
Trad, Blanca Torrents

Albert Watson
Nathalie, 1988

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Leyendo

Roberto Donetta (1865-1932)

Recorridos marginales


Elegíamos para nuestro viaje de novios de unas nupcias imposibles unos recorridos marginales y extraños, callejuelas que ya no existen (tal y como en mi mente envilecida no queda ya espacio para el amor), con casas rosas, con marquesinas de cristal coloreado, con adelfas en flor en los patios, con gatitos revolcándose en la hierba. Nos deteníamos para molestar a las arañas gordas que colgaban entre las rosas, nos perdíamos por callejones olvidados de la mano de Dios, con construcciones espectrales, con gorgonas que sostenían ventanas ciegas, con leones de piedra y dragones de cemento, rotos y amarillentos, cabalgados por niñas con gafas. Cuando vuelvo a pasar hoy en día, por casualidad, por alguno de aquellos lugares, veo nítidamente aún la marca de la vacuna de su brazo desnudo y sudoroso y siento todavía aquel encogimiento del corazón y de los testículos, aquella contracción de las glándulas internas y de la glándula más sutil que secreta el Tiempo; las glándulas del rabillo de mis ojos secretan entonces serotonina. Así que el plano de mi ciudad está salpicado de vórtices y remolinos de nostalgia pura.

Mircea Cãrtãrescu
El ojo castaño de nuestro amor
Impedimenta, 2016
Trad. M. A. Ochoa de Eribe

Numeración incorrecta


"Un día me compraré un caballo de éstos. Rosa y con alas", dice la niña y señala, en el libro abierto sobre sus muslos, la foto de un flamenco. 
El hombre, alentado por tanta inocencia, se quita la chaqueta, estrecha su acercanza y escarba los bordes de la hoja sesgada mientras le explica que alguien arrancó una página entre definición e imagen, que después del doce no viene el quince y que imagínate si Genghis Khan hubiera dominado Mongolia sobre un ave de tan frágiles patas. 
Como si la niña no supiera. Como si no apretara en su puño la hoja extirpada. Como si las cosas no pudieran ser de otra forma.

Isabel González
Numeración incorrecta

Fot. Inta Ruka

martes, 14 de noviembre de 2017

No se avergonzaba


No se avergonzaba ante ella
por su vieja ropa interior de algodón
y sus calcetines agujereados.
Ante ella
se desnuda
como se desnudan
las urgencias del amor,
para descender
como un rey
sobre su cuerpo.

Maram al-Masri
de "Cerezas rojas sobre losas blancas"
Trad. Rafael Ortega

Aguas negras


Pasé la noche en aquellas aguas negras como la brea. El turco remaba tranquilo pantano arriba y abajo, como si estuviera viendo el contorno de la isla. Detuvo la barca sobre el minarete, sobre la fábrica de cigarros, sobre un famoso cabaré, sobre un gran café. Yo contemplaba cada vez las profundidades del agua. Solo veía la cara de un hombre de ojos negros. Como si yo mismo fuera la isla, como si sobre mí, yaciendo boca arriba, ahogado bajo las aguas, flotara yo en la barca de pesca. Recordé entonces que en la profundidad de nuestro cerebro existe una zona llamada Isla. Que todos tenemos una isla sumergida en las profundidades de la mente y que la buscamos desesperados, como el diamante fundido de nuestro ser. Que nosotros mismos, y nuestro mundo, estamos profundamente hundidos en las aguas del tiempo y de la memoria universales, como una Ada-Kaleh que nunca volverá a ser real.

Mircea Cãrtãrescu
"El ojo castaño de nuestro amor"
Impedimenta
Trad. Marian Ochoa de Eribe

Sombra


SOMBRA 

Tras los llantos o el último gesto del sol
nada queda. Nada tras los llantos, los versos,
los retratos. Y una sombra dice que fue ella.
(Las sombras, ya se sabe, no quieren tener la culpa
de ser sombras y por eso buscan amantes, asesinas).
Una sombra dice que fue ella, sin cesar lo dice.
Al mismo sol, al papel mismo, a quien lo escuche.
Pero quizá no fue nadie y quizá fue nada.
Tras los llantos, versos y retratos quizá
fue sólo eso. Un nombre triste que se hizo pequeño.
Un nombre sin padres a quien extravió la vida.
Un nombre solo, no vaya a preocuparse nadie,
si fue la sombra de un nombre, la pobrecita,
la sombra de la nada aquella. Mas si nada fue,
y lugar no tuvo, dice que no quiere últimas patrias,
hechas con epitafios de yeso, la sombra ésta.
La sombra que en cada espejo con mi rostro aún veo,
la pobre y ésta que aborrece los epitafios y el yeso,
la que nada fue y la que nada pide. Nada.
Sólo nada. ¿No lo oís? Dejadla quieta.

Santiago Montobbio (Barcelona 1966)

Voy a comprar pan dijo la muchacha


Voy a comprar pan dijo la muchacha...

voy a comprar pan dijo la muchacha
son cosas que se dicen sin pensar
pero ya nadie dice
como si nada
como sin pensar
voy a tomar un té
voy a comprar el pan
y se sienta
con un cuchillo en la mano a esperar
a que hierva el agua
a que la muchacha vuelva
a que la cosa descienda desde los cielos
como una piedra

Micaela Chirif (Lima, 1973)
de "Sobre mi almohada una cabeza"
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