domingo, 19 de noviembre de 2017

El fuego


EL FUEGO

El fuego hace una ordenación: primero, todas las llamas se mueven en un sentido…

…..(No se puede comparar el modo de andar del fuego más que con el de los animales: debe dejar un lugar para ocupar otro; camina a la vez como una ameba y como una jirafa, salta con el cuello, repta con un pie)…

…..Luego, mientras las masas contaminadas con método se desploman, los gases que escapan se van transformando en una sola rampa de mariposas.

Francis Ponge
de "La soñadora materia"
Galaxia Gutenberg, 2006
Trad. Miguel Casado.

Fot. Laurent Millet

En un puerto del Mediterráneo


EN UN PUERTO DEL MEDITERRÁNEO

Yo no sé qué es lo más importante: 

El dulzor especiado del amargo café 
mezclado con el sabor del primer cigarrillo de la mañana 
o el olor a pescado y barcos recién pintados. 
Los desteñidos vestidos tendidos en cuerdas entre almendros en flor 
o las montañas que los resaltan... 

No, ninguna de esas cosas sola, sino todas juntas 
desvelan que yo he aniquilado algo 

y que su presencia me va a torturar el resto de mi vida 
porque no le hice caso mientras estuvo aquí.

en "Alrededores", 1972
de "Nuestro amor es como Bizancio"
Versión de Francisco Uriz
Editorial Lumen

sábado, 18 de noviembre de 2017

Es hermoso el vapor


“Es hermoso el vapor”, dijo frente a un tazón de té verde.

¿Es el propio vapor o la fluidez de sus movimientos lo que la deleita?

Ella recuerda aquellos de las aguas termales del sur de Japón. Subían directamente hacia el cielo azul y frío del invierno.

Cada capa de vapor que se eleva podría revelar un secreto, pero en seguida viene otra a ocultarlo:

También le gusta agitar suavemente su taza de té para ver las hojas girar.

Y observarlas como las algas al fondo del agua, profundidades marinas en miniatura.

Ito Naga (Francia 1957)
de Iro Mo ka Mo
Edit. Cheyne éditeur
Trad. Daniela Camacho

viernes, 17 de noviembre de 2017

Oficio y finalidad



Oficio y finalidad.

Repetir una y otra vez
aquello de que se carece
a fin de que a fuerza de insistirlo
quede creado:
dibujar en el aire
hasta que el sonido del rasgo
se convierta en silencio.
Y así, cada piedra contenga su rostro:
y cada instante de sordera contenga su voz;
y cada partícula de obscuridad
revele el sol de su presencia,
y cada gota de muerte
devenga semilla.
Se trata de buscar la palabra
para callarla.

Ed. Pre-Textos

jueves, 16 de noviembre de 2017

Sísifo


Recientemente, durante un domingo lluvioso de otoño, atravesé en tranvía el mercado que existe cerca de la torre de Sukharev. En una extensión de medio kilómetro, el coche dividió una multitud compacta, que volvía a cerrarse detrás de nosotros. Desde la mañana hasta la noche, estos millares de hombres, casi todos hambrientos y andrajosos, pisan el suelo fangoso, disputan, se engañan y se aborrecen. Es lo mismo que lo que ocurre en todos los mercados de Moscú y de las otras ciudades. Esos hombres pasarán sus veladas en las tabernas, y por la noche se esconderán en sus agujeros y zahúrdas. El domingo es para ellos un gran día. El lunes vuelven a empezar su existencia maldita.
Reflexionando sobre la existencia de esos hombres, pensando en el estado que dejan y en el que escogen, considerad a qué trabajos se entregan, y veréis que son unos mártires.
Todos ellos han abandonado sus campos, sus casas, sus padres y sus hermanos, y a menudo a sus mujeres y a sus hijos.
Han renunciado a todo, y han acudido a la ciudad para adquirir lo que el mundo cree necesario.
Todos hacen lo mismo, desde el obrero de la fábrica, el cochero, la costurera, la prostituta, hasta el comerciante enriquecido, el empleado, y sus mujeres, sin hablar de las docenas de miles de desdichados que todo lo han perdido, y que viven de desperdicios y de aguardiente en los asilos de noche.
Examinad esa multitud desde el pobre al rico; buscad a quien se crea satisfecho y estime poseer lo que el mundo cree necesario, y no hallaréis uno entre mil. Todos se dirigen a adquirir lo que el mundo impone, y cuya ausencia constituye para ese mismo mundo una desdicha. Pero tan pronto como han adquirido lo codiciado, el mundo presenta otra cosa más necesaria, y el trabajo de Sísifo obra eternamente.

León Tolstói
Lo que yo pienso de la guerra

Fot. La familia Tolstói en 1910

Leyendo


Las señoritas Blount, c.1900

La puerta estrecha


Lucile Bucolin era muy hermosa. Un pequeño retrato suyo que he conservado me la muestra tal como era entonces, con un aire tan juvenil que se la hubiera tomado por la hermana mayor de sus hijas, sentada de lado, en aquella postura que le era habitual: la cabeza inclinada sobre la mano izquierda, cuyo meñique se doblaba con un gesto afectado hacia los labios. Una redecilla de gruesas mallas retiene la masa de sus cabellos espesos, medio recogidos en la nuca, y en el escote, pendiendo de una cinta de terciopelo negro, un medallón de mosaico italiano. El cinturón de terciopelo negro, con gran nudo flotante, y el sombrero de paja ligera y ala muy ancha, que ella ha colgado en el respaldo de la silla, acentúan su aspecto juvenil. La mano derecha, caída, sostiene un libro cerrado.

André Gide
La puerta estrecha
Ed. Debolsillo, 2012
Trad, Blanca Torrents

Albert Watson
Nathalie, 1988

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Leyendo

Roberto Donetta (1865-1932)

Recorridos marginales


Elegíamos para nuestro viaje de novios de unas nupcias imposibles unos recorridos marginales y extraños, callejuelas que ya no existen (tal y como en mi mente envilecida no queda ya espacio para el amor), con casas rosas, con marquesinas de cristal coloreado, con adelfas en flor en los patios, con gatitos revolcándose en la hierba. Nos deteníamos para molestar a las arañas gordas que colgaban entre las rosas, nos perdíamos por callejones olvidados de la mano de Dios, con construcciones espectrales, con gorgonas que sostenían ventanas ciegas, con leones de piedra y dragones de cemento, rotos y amarillentos, cabalgados por niñas con gafas. Cuando vuelvo a pasar hoy en día, por casualidad, por alguno de aquellos lugares, veo nítidamente aún la marca de la vacuna de su brazo desnudo y sudoroso y siento todavía aquel encogimiento del corazón y de los testículos, aquella contracción de las glándulas internas y de la glándula más sutil que secreta el Tiempo; las glándulas del rabillo de mis ojos secretan entonces serotonina. Así que el plano de mi ciudad está salpicado de vórtices y remolinos de nostalgia pura.

Mircea Cãrtãrescu
El ojo castaño de nuestro amor
Impedimenta, 2016
Trad. M. A. Ochoa de Eribe

Numeración incorrecta


"Un día me compraré un caballo de éstos. Rosa y con alas", dice la niña y señala, en el libro abierto sobre sus muslos, la foto de un flamenco. 
El hombre, alentado por tanta inocencia, se quita la chaqueta, estrecha su acercanza y escarba los bordes de la hoja sesgada mientras le explica que alguien arrancó una página entre definición e imagen, que después del doce no viene el quince y que imagínate si Genghis Khan hubiera dominado Mongolia sobre un ave de tan frágiles patas. 
Como si la niña no supiera. Como si no apretara en su puño la hoja extirpada. Como si las cosas no pudieran ser de otra forma.

Isabel González
Numeración incorrecta

Fot. Inta Ruka

martes, 14 de noviembre de 2017

No se avergonzaba


No se avergonzaba ante ella
por su vieja ropa interior de algodón
y sus calcetines agujereados.
Ante ella
se desnuda
como se desnudan
las urgencias del amor,
para descender
como un rey
sobre su cuerpo.

Maram al-Masri
de "Cerezas rojas sobre losas blancas"
Trad. Rafael Ortega

Aguas negras


Pasé la noche en aquellas aguas negras como la brea. El turco remaba tranquilo pantano arriba y abajo, como si estuviera viendo el contorno de la isla. Detuvo la barca sobre el minarete, sobre la fábrica de cigarros, sobre un famoso cabaré, sobre un gran café. Yo contemplaba cada vez las profundidades del agua. Solo veía la cara de un hombre de ojos negros. Como si yo mismo fuera la isla, como si sobre mí, yaciendo boca arriba, ahogado bajo las aguas, flotara yo en la barca de pesca. Recordé entonces que en la profundidad de nuestro cerebro existe una zona llamada Isla. Que todos tenemos una isla sumergida en las profundidades de la mente y que la buscamos desesperados, como el diamante fundido de nuestro ser. Que nosotros mismos, y nuestro mundo, estamos profundamente hundidos en las aguas del tiempo y de la memoria universales, como una Ada-Kaleh que nunca volverá a ser real.

Mircea Cãrtãrescu
"El ojo castaño de nuestro amor"
Impedimenta
Trad. Marian Ochoa de Eribe

Sombra


SOMBRA 

Tras los llantos o el último gesto del sol
nada queda. Nada tras los llantos, los versos,
los retratos. Y una sombra dice que fue ella.
(Las sombras, ya se sabe, no quieren tener la culpa
de ser sombras y por eso buscan amantes, asesinas).
Una sombra dice que fue ella, sin cesar lo dice.
Al mismo sol, al papel mismo, a quien lo escuche.
Pero quizá no fue nadie y quizá fue nada.
Tras los llantos, versos y retratos quizá
fue sólo eso. Un nombre triste que se hizo pequeño.
Un nombre sin padres a quien extravió la vida.
Un nombre solo, no vaya a preocuparse nadie,
si fue la sombra de un nombre, la pobrecita,
la sombra de la nada aquella. Mas si nada fue,
y lugar no tuvo, dice que no quiere últimas patrias,
hechas con epitafios de yeso, la sombra ésta.
La sombra que en cada espejo con mi rostro aún veo,
la pobre y ésta que aborrece los epitafios y el yeso,
la que nada fue y la que nada pide. Nada.
Sólo nada. ¿No lo oís? Dejadla quieta.

Santiago Montobbio (Barcelona 1966)

Voy a comprar pan dijo la muchacha


Voy a comprar pan dijo la muchacha...

voy a comprar pan dijo la muchacha
son cosas que se dicen sin pensar
pero ya nadie dice
como si nada
como sin pensar
voy a tomar un té
voy a comprar el pan
y se sienta
con un cuchillo en la mano a esperar
a que hierva el agua
a que la muchacha vuelva
a que la cosa descienda desde los cielos
como una piedra

Micaela Chirif (Lima, 1973)
de "Sobre mi almohada una cabeza"
Pre-Textos

lunes, 13 de noviembre de 2017

El pescador


El pescador

Se calienta las manos con el aliento, mientras sostiene la pértiga y no logra deshelarlas, la barca va colmada de fría luz lunar que se refleja en la nieve, confusa.
El pintor no sabe del sufrimiento del pescador; le gusta crear pinturas de pesca en la nieve con el río congelado.

Sun Chengzong, (1563-1638)

Fot. Don Hong-Oai
Spring on the River Li, Guilin 1990

Los ruidos


Los ruidos

Cuando uno se ha sumergido largos días en las cosas, 
pasando los ojos por las aristas de los muebles, 
por las superficies;
cuando uno ha estado largo rato detenido
en cualquier lugar de tránsito, un pasillo,
o en el cuarto de baño, de pie, frente al espejo,
contemplando vagamente 
el blanco del lavabo,
sin pensar en realidad en nada,
inmerso en los rumores que van llegando:
una moto lejana,
una puerta metálica, al cerrarse,
el melancólico silbo del tren;
uno se dice: esto... Yo..., a palpas,
con un velo en los ojos, tal vez abiertos
a un mundo más lejano, 
como un radar orientado
a lo más decisivo: el vago gesto
de alguien que dijera: arriba,
el mar, los años, esas piedras
de los pretiles.

de "Erosión" 1968 - 1971

Sueños


LA VERDAD DE LA POESÍA

Un juguete es una trampa para soñadores. Un verdadero juguete es un objeto poético.
Hay una escultura temprana de Giacometti llamada Palacio a las 4 A.M. (1932). No consta sino de unos cuantos palitos acomodados sobre un andamiaje limpio; el título la vuelve más fantasmagórica e inolvidable. Giacometti decía que era la casa soñada, para él y la mujer que amaba.
Un niño conoce tales sueños. Sueños donde los objetos se renombran y a los cuales se inviste de vidas imaginarias. Un guijarro se convierte en ser humano. Dos palitos apoyados uno contra otro forman una casa. En ese mundo se juega a ser otro.
Eso es lo que busca Cornell, también. Cómo construir un vehículo para el ensueño, un objeto que enriquezca la imaginación del espectador y lo acompañe siempre.

Charles Simic
de "Alquimia de Tendajón, El arte de Joseph Cornell "
Trad. Elisa Ramírez

Fot. Alberto Giacometti
"Palacio a las cuatro de la mañana"

Meditación en Lagunitas


Meditación en Lagunitas

El nuevo pensamiento es todo pérdida.
En eso se parece al antiguo pensamiento.
La idea, por ejemplo, de que cada particular borra
la luminosa claridad de una idea general.
Que el pájaro carpintero cara de payaso
que escudriña el esculpido tronco muerto
de aquel abedul es, por su sola presencia,
alguna trágica caída de un mundo primigenio
de luz indivisa. O la otra noción que dice
que, como en este mundo no hay una sola cosa
que corresponda al arbusto de la zarzamora,
una palabra es la elegía de lo que significa.
De esto hablamos anoche ya tarde y en la voz
de mi amigo había un delgado hilo de pena,
un tono casi de queja. Un rato después entendí
que, al hablar así, todo se disuelve:
justicia, pino, cabello, mujer, tú y yo.
Una vez hice el amor a una mujer y recuerdo cómo,
al tomar sus pequeños hombros entre mis manos,
sentí un violento asombro ante su presencia,
una sed de sal, sed del río de mi niñez
con sus cauces insulares, tonta música del barco
del placer, charco donde atrapamos aquel pececillo
naranja y plata llamado semilla de calabaza.
Apenas si tenía que ver con ella. Anhelo, decimos,
porque el deseo está lleno de distancias infinitas.
A ella yo le daba igual seguramente.
Pero cómo recuerdo la manera en que sus manos partían el pan,
lo que su padre le dijo para herirla, lo que soñaba.
Hay momentos en que el cuerpo es tan luminoso como las palabras,
días que son la carne buena prolongándose.
Una ternura tal, aquellas tardes y noches
repitiendo zarzamora, zarzamora, zarzamora.

De "Praise"
Alabanza, 1974. 
Trad. Pura López Colomé

Desayuno al sol


MUSEO

Durante la mañana de la exhibición de Käthe Kollwitz, un hombre y una mujer jóvenes entran al restaurante del museo. Ella carga un bebé; él lleva la edición vía aérea del New York Times del domingo. Ella se sienta en una silla de mimbre de respaldo alto, meciendo al niño en sus brazos. Él llena una bandeja con fruta fresca, pancitos, y café en unas tazas blancas, y la trae a la mesa. Tiene el pelo enmarañado y ella los ojos hinchados. Parece que se hubieran hundido en el sueño emergiendo de un tirón como salen los buzos para tomar aire. Él alza al bebé. Ella toma café, echa un vistazo a la primera página, enmanteca un pan y se lo come en su rinconcito al sol. Después de un rato, alza al bebé. Él lee el suplemento de libros y come fruta. Después alza al bebé mientras ella encuentra la sección del diario que quiere y come fruta y fuma. Apenas si han intercambiado una mirada. Mientras tanto, me enamoro de ese equitativo acuerdo, y del bebé que colabora durmiendo. A su alrededor, por todas partes hay rostros que Käthe Kollwitz talló en madera: gente sin ningún talento o capacidad para sufrir que está sufriendo las más paralizantes clases de dolor: hambre, terror en el mayor desamparo. Pero esta joven pareja está leyendo el diario del domingo al sol, el bebé duerme, el verde ha comenzado a emerger de la cáscara del melón, y todo parece posible.

Robert Hass,
de "Human Wishes"
Home Movies, Z&G 2016
Traducción Liliana García Carril

La ventana


En la bibliografía de David Bellos, Georges Perec: A life in Words (un libro excelente por derecho propio), hay varios pasajes extensos que describen la vida de Perec en el Moulin d’Andé, un retiro de artistas al norte de París. En uno de ellos, Bellos menciona que Truffaut rodó allí la última escena de Jules et Jim. Si miras de cerca la casa que aparece al fondo cuando el coche se hunde en el agua, escribe, puedes ver “la ventana de la habitación donde Georges Perec viviría y escribiría durante la mayor parte de sus fines de semana a lo largo de la segunda mitad de la década de 1960”. Eso me dejó atónito. Truffaut y Perec fueron contemporáneos casi exactos. El cineasta, nacido en 1932, murió en 1984, a los cincuenta y dos años. Perec, nacido en 1936, murió en 1982, a los cuarenta y seis. Entre los dos, llegaron a vivir lo que un solo anciano. De todos los narradores franceses de esa generación, la generación de hombres y mujeres que eran niños durante la guerra, ellos dos han sido los más importantes para mí, los dos a cuya obra he vuelto una y otra vez y de quienes nunca he dejado de aprender. Me emociona saber que se cruzaron de esa manera singular y totalmente inverosímil. Seis años antes de que Perec entrara en esa habitación (donde escribió un libro sin usar la letra e), Truffaut la registró en película.
Dondequiera que se encuentren ahora, espero que estén hablando de eso.

Paul Auster
"Postales para Georges Perec"