Fot. Ferdinando Scianna, 1990
viernes, 7 de julio de 2017
jueves, 6 de julio de 2017
¿Recuerdas la playa?
¿Recuerdas la playa
Revestida de cristales amargos
Sobre los que
No podíamos caminar descalzos?
¿El modo en que
Mirabas el mar
Y decías que me escuchabas?
¿Recuerdas
Las gaviotas histéricas
Girando en el tañido
De campanas de iglesias invisibles
Y los peces como santos patrones,
El modo en que
Corriendo, te alejabas
Hacia el mar
Y me gritabas que te hacía falta
Distancia
Para contemplarme?
La nieve
Se apagaba
Enredada entre las aves
En el mar;
Con una desesperanza casi alegre
Yo miraba
Tus huellas en el mar
Y el mar se cerraba como un párpado
Sobre el ojo, dentro del cual yo esperaba.
¿Recuerdas la playa?
Del engaño y renuncia
Del engaño y renuncia.
No eres tú la misma que siempre me ha rodeado ocultándome el camino más claro para llegar al fondo. No eres tampoco la emancipación a la que asirse, cuando pasan las brumas en viaje lento de superficie, rozando las mejillas como una confesión de pereza, entre falsos terciopelos y sonrisas ocultas de desfallecimiento. No pretendas envolverme en tus sutiles perfidias mostrándome la mano ensortijada en vedijas de viento, mientras tus ojos fulguran sin sueño, descubriendo el esqueleto seco y frío de su cielo profundo ennegrecido. En el fondo de ti misma los pensamientos yacen como bajo las piedras, ocultos como vidrios de color ignorados, y yo siento sobre mi piel sus destellos como aparentes confesiones de un mañana vecino, del hallazgo precioso que me hará romper en sollozos muy fuertes, sobre la tierra abierta a mis culpas más claras. (...)
Vicente Aleixandre
de ¨Pasión de la tierra"
Fot. Charlotte Perriand
colaboradora de Le Corbusier
Nostalgia, deseos, vida
Ésta es la nostalgia: morar en la onda
y no tener patria en el tiempo.
Y éstos son los deseos: quedos diálogos
de las horas cotidianas con la eternidad.
Y eso es la vida. Hasta que de un ayer
suba la hora más solitaria de todas,
la que sonriendo, distinta a sus hermanas,
guarde silencio en presencia de lo eterno.
Berlín-Wilmersdorf, 3 de noviembre de 1897
Fot. G. L. Steinman
Fot. G. L. Steinman
miércoles, 5 de julio de 2017
Pinos junto al mar
Pinos junto al mar
y el aire sin límites
y la luz de la tarde
entre los troncos.
Así es la oración:
que la luz y los pinos y el mar
entren dentro de ti.
Eso es todo.
No hay lobos.
No hay corderos.
Sólo un camino
y unas matas de retama.
20 años de Poesía. Nuevos textos sagrados (1989-2009)
Antología
Ed. Tusquets
Fot. Jürgen Körner
Cebo
El hijo de Macalister tomó un pez, le cortó un cuadradito de carne del costado para hacerle un cebo a su amo. Luego tiró el cuerpo mutilado, todavía vivo, al mar.
Virginia Woolf
Al faro
El camino de vuelta
El camino de vuelta lo hicimos a pie. A los dos se nos hizo demasiado largo. Cabizbajos, caminábamos uno junto al otro bajo el sol otoñal. En Kritzendorf las casas parecían no tener fin. De los habitantes de Kritzendorf no había ni rastro. Todos estaban sentados a la mesa del almuerzo, haciendo ruido con sus cubiertos y con sus platos. Un perro se abalanzaba a una puerta del jardín de hierro, pintada de verde, completamente fuera de sí, como si hubiera perdido el juicio. Era un Terranova grande y negro, cuya mansedumbre innata se había echado a perder por malos tratos, una soledad prolongada o una atmósfera límpida. En la villa erigida detrás de la empalizada no se movía nada. Nadie venía a la ventana, ni siquiera se movía una cortina. En embestidas siempre nuevas, el perro corría contra la verja. Sólo a veces se quedaba parado, dirigiendo su mirada hacia nosotros, que nos habíamos quedado quietos como clavados. Eché un chelín como ofrenda para las ánimas en el buzón de chapa colocado junto a la puerta del jardín. Al seguir caminando sentí el frío del terror en mis miembros. Ernst se volvió a parar y dio la vuelta en dirección al perro negro, ahora mudo y quieto a la luz del mediodía. Quizá no hubiésemos tenido más que dejarle suelto. Es probable que después hubiera seguido el camino a nuestro lado, en actitud obediente, y que su mal carácter se hubiera puesto a buscar un domicilio nuevo en el interior de otros habitantes de Kritzendorf, o en todos los habitantes de Kritzendorf al mismo tiempo, de forma que ninguno de ellos hubiera sido ya capaz de sostener una cuchara o un tenedor.
Por la Albrechtstraße llegamos a Klosterneuburg. En su extremo superior se alza un edificio abandonado, levantado a base de bloques huecos de hormigón y paneles prefabricados. Las ventanas de la planta baja están clavadas con tablones. El entramado del tejado falta en su totalidad. En su lugar, introduciéndose en el cielo, sobresale una fajina herrumbrosa de apuntalamientos de hierro. Todo ello me causó la impresión de un grave delito. Ernst aceleró sus pasos y evitó echar una mirada al espantoso monumento. Un par de casas más adelante, en la escuela de primaria, había niños cantando. Quienes mejor lo hacían eran aquellos que no terminaban de conseguir mantener la curva melódica. Ernst se quedó quieto, se giró hacia mí, como si ambos estuviéramos representando una obra de teatro, y pronunció la siguiente frase en lo que me pareció una especie de alemán escénico aprendido alguna vez de memoria, hacía mucho tiempo: Suena hermoso en la brisa y a uno le ensalza el ánimo. Haría cerca de dos años que ya había estado delante de la misma escuela. En aquel entonces había ido con Olga a Klosterneuburg para visitar a su abuela que había ingresado en la residencia de ancianos, en la Martinstrafie. En el camino de vuelta nos internamos en la Albrechtstrafie, y Olga cedió a la tentación de entrar en el colegio al que había ido siendo niña. En una de las aulas, la misma a la que había acudido a principios de los años cincuenta, daba clase, casi treinta años más tarde y con la misma voz de entonces, la misma maestra, que amonestaba a los niños de una forma exacta a la de entonces para que se concentraran en su tarea y no se pusieran a cuchichear. Olga me contó más tarde que sola, en el gran vestíbulo, rodeada de las puertas cerradas que en su época le habían parecido elevados portones, había sido presa de un llanto convulsivo. Cuando regresó a la Albrechtstraße, donde yo la estaba esperando, se encontraba en un estado de conmoción que nunca había notado en ella. Volvimos a Ottakring, al piso de la abuela, y durante todo el camino de ida y a lo largo de toda la tarde no pudo serenarse de la impresión sufrida por la vuelta imprevista del pasado.
El Martinsheim es un edificio sólido, alargado, del siglo XVII o XVIII. La abuela, Anna Goldsteiner, que padecía de esa extrema falta de memoria que al cabo de poco tiempo hace imposible desempeñar los quehaceres cotidianos más sencillos, había estado alojada en un dormitorio emplazado en la cuarta planta, a través de cuyas ventanas enrejadas, muy hundidas en el muro, se podían ver, mirando hacia abajo, las copas de los árboles resistiendo el terreno, bruscamente escarpado, del lado trasero de la residencia. Desde allí arriba daba la sensación de estar mirando un mar agitado. Me parecía que la tierra firme ya se hubiera hundido tras el horizonte. Bramó una sirena de niebla. Cada vez más y más lejos el barco seguía avanzando sobre el agua. De la sala de máquinas se elevaba, penetrante, la vibración uniforme de las turbinas. Fuera, en el pasillo, pasaba algún que otro pasajero solitario, alguno del brazo de su cuidador. Durante estos prolongados paseos, tardaban una eternidad en llegar al otro lado del marco de la puerta. Y es que esto es lo que sucede cuando uno se respalda en el fluir del tiempo. El suelo de parquet se movía debajo de mis pies. Un rumor quedo de conversaciones, crujidos, susurros, rezos y quejidos llenaba la habitación. Olga estaba sentada junto a su abuela y le acariciaba la mano. Repartieron el puré de sémola. La sirena de niebla volvió a sonar. Un trecho más allá, en el paisaje de aguas cual colinas verdecidas, pasaba otro vapor. Sobre el puente de barcas un marinero, con las piernas abiertas y las cintas de la gorra flameando al viento, hacía en el aire complicadas señales semafóricas con dos banderas de colores. Olga abrazó a su abuela en gesto de despedida y le prometió regresar pronto. Pero apenas tres semanas más tarde, Anna Goldsteiner, que en sus últimos tiempos para su propio asombro ni siquiera conseguía reunir los nombres de los tres maridos a los que había sobrevivido, murió de un leve resfriado. A veces no se necesita gran cosa. Cuando recibimos la noticia de su muerte, durante semanas no se me fue de la cabeza el paquetito azul casi vacío de sal de Ischl que guardaba en su piso de Ottakring, debajo de la pila, en el edificio de viviendas municipales de la Lorenz-Mandl-Gasse, que ella ya no iba a poder consumir.
Vértigo
Ed. Anagrama
Trad. Carmen Gómez
Color
Cambia el color
de la hierba y los árboles,
pero la flor
de las olas del mar
no conoce el otoño.
Pint. Kevin Fitzgerald
lunes, 3 de julio de 2017
Sagrada, sagradamente
Nuestra divinidad es el amor.
Ahora y siempre, encerrado en nosotros.
El rito es juego de cuerpos
bajo la suave manta de la noche,
o simplemente la tranquilidad
de las miradas en la mesa
cuando tú dibujas y yo escribo,
o el acuerdo en comprar una botella de vino
a bajo precio
Somos paganos a veces.
Me transformo en un ángel exigente
y tú dejas que se agite tu diablo interior.
Nuestra divinidad es el amor…
Sagrada, sagradamente nos bañamos juntos
y nos turnamos el agua caliente,
y sólo con señales, libres de palabras,
nos turnamos el cigarrillo.
Sagrada, sagradamente esperamos el bus
y damos una vuelta bajo tierra
en la noche con tres grados de frío.
Y cuando dormimos pegados cubiertos
sólo con la oscuridad y nuestros cuerpos tibios.
Sagrada, sagradamente viajamos en bus
y te sientas con tu cabeza apoyada en mi hombro
y casi en sueños hablas sobre mañana.
O cuando yo despierto
y me quedo una hora para sólo mirarte
y tu rostro es liviano como un ala.
Sagrada, sagradamente bajamos después de mediodía
a “nuestro” café a tomar el “desayuno”.
Sagradamente me llamas por teléfono
y el sonido es limpio como reloj
y tu voz vivaz como pájaro.
Sagrada, sagradamente cierras los ojos
y lanzas tu cabeza luminosa
hacia atrás para destruir la noche
mientras yo estoy sobre ti y en ti
y tiro de tu pelo
fuertemente, como a ti te gusta,
sagrada, sagradamente.
Y nuestro rezo son palabras que nos decimos
en los momentos en que obviamos
ser modernos en este mundo.
Y nuestro rezo son los ojos que fijamos
con caricias para abrirnos paso libres en el mundo.
Sagrada, sagradamente
Fot. Klara Johanna Michel
Mokusei
Tomó un sendero hacía arriba, dentro de la oscuridad, caminó sobre gruesos troncos de bambú resbaladizos colocados como un pequeño puente encima de la corriente, escuchó el gargarizar y el tragar del agua. ¿Qué desaparecidos pies habían desgastado este sendero, habían hecho naturaleza de él? Bajo la superficie del agua parecía fluir el propio suelo. En algún lugar había una pila de leños, una forma oscura y consistente, como si hubieran crecido los unos al lado de los otros. Hace cien años había estado aquí un leñador que los había preparado para el día siguiente, pero nunca regresó. Mokusei. Se oyó a sí mismo pronunciar el nombre de ella en voz alta, y se detuvo. Luego esto que sentía era miedo. Algo irremediable le estaba pasando. Se dio la vuelta. La niebla se levantaba en el lugar de donde él venía, formas desgajadas y flotantes que la habían tomado con él le rodearían, le envolverían, le mantendrían prisionero junto a esa pila de madera, cien años, mil años, siempre.
Cees Nooteboom
¡Mokusei! / El Buda tras la empalizada
Ed. Siruela, 1994
Trad. Julio Grande
domingo, 2 de julio de 2017
Un lugar seguro
No es cierto que la memoria sea un lugar seguro. Ahí también las cosas se desfiguran y se pierden. Ahí también terminamos alejándonos de la gente que más amamos.
Rodrigo Hasbún
Los afectos
sábado, 1 de julio de 2017
Los pájaros de la memoria
A pesar de que el coronel Aureliano Buendía seguía creyendo y repitiendo que Remedios, la Bella, era en realidad el ser más lúcido que había conocido jamás, y que lo demostraba a cada momento con su asombrosa habilidad para burlarse de todos, la abandonaron a la buena de Dios. Remedios, la Bella, se quedó vagando por el desierto de la soledad, sin cruces a cuestas, madurándose en sus sueños sin pesadillas, en sus baños interminables, en sus comidas sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios sin recuerdos, hasta una tarde de marzo en que Fernanda quiso doblar en el jardín sus sábanas de bramante, y pidió ayuda a las mujeres de la casa. Apenas había empezado, cuando Amaranta advirtió que Remedios, la Bella, estaba transparentada por una palidez intensa.
—¿Te sientes mal? –le preguntó.
Remedios, la Bella, que tenía agarrada la sábana por el otro extremo, hizo una sonrisa de lástima.
—Al contrario –dijo–, nunca me he sentido mejor.
Acabó de decirlo, cuando Fernanda sintió que un delicado viento de luz le arrancó las sábanas de las manos y las desplegó con toda su amplitud. Amaranta sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerinas y trató de agarrarse de la sábana para no caer, en el instante en que Remedios, la Bella, empezaba a elevarse. Úrsula, ya casi ciega, fue la única que tuvo serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable, y dejó las sábanas a merced de la luz, viendo a Remedios, la Bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde, y se perdieron con ella para siempre en los altos aires donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria.
Gabriel García Márquez
Cien años de soledad
Fot. Sam Hood
Swimming exam, New southwales 1953
Sepulcro
Llenaba la mañana
el aspirar del aire.
Caminaste, despacio
hasta la piedra grave.
No fuiste para ver,
sino para no ver.
Solos, en la mañana,
tu soledad y tú.
Corría el aire suave.
Oscuridad, tu luz.
Sepulcro de San Juan de la Cruz
de "La sombra y la apariencia"
Le obliga a que la mire
Le obliga a que la mire…
Es fruto agraz al paladar
y sedoso para los labios
que han conocido su contorno
y percibieron la afluencia.
Ella jugaba aquella noche
cautivada por la ternura
de una voz que a su decisión
sólo dijo: si tú lo quieres…
Ahora le obliga a que la mire,
para que vea lo que es suyo
y lo que luego ha de perder
cuando se aparte de sus ojos.
Fot. James F Hunkin
Tilda Swinton, 1991
National Portrait Gallery London
Secretos
No sé qué es mejor, si ir por la vida cargado de secretos hasta que explotas por la presión que ejercen, o que vayan arrancándotelos párrafo a párrafo, frase a frase, palabra a palabra, hasta que al final te quedas vacía de todo lo que en otro momento era para ti tan precioso como el oro en polvo, tan tuyo como tu propia piel -todo lo que considerabas de la mayor importancia, todo lo que te avergonzaba y deseabas ocultar, todo lo que sólo te pertenecía a ti- y tienes que pasar el resto de tus días como un saco vacío sacudido por el viento, un saco vacío con una etiqueta fluorescente para que todo el mundo sepa qué clase de secretos guardabas dentro de ti.
Margaret Atwood
El asesino ciego
Rehacer
Estoy en el punto donde ya no toco a la vida, pero tengo en mí todos los apetitos y la titilación insistente del ser. Sólo tengo una ocupación: rehacerme.
Antonin Artaud
Fot. Frank Vic
Adentro
Como quien no quiere la cosa. Ninguna cosa. Boca cosida. Párpados cosidos. Me olvidé. Adentro el viento. Todo cerrado y el viento adentro.
Alejandra PizarnikCaminos del espejo
Fot. Werner Bischof
Dreaming, Otwock, Poland, 1948
Murciélagos
Aquellos murciélagos tenían los ojos abiertos. A diferencia de nosotros, ellos sí sabían cómo y cuándo apartarse del amor que mueve el sol y las estrellas.
Ted Hughes
Fragmento de “Las grutas de Karlsbad”
Cartas de cumpleaños.
Edit. Lumen.
Trad. Luis Antonio de Villena.
Te encontraré
Cuando el mundo se reduzca a un solo bosque negro para nuestros cuatro ojos asombrados,
a una playa para dos niños fieles, a una casa musical para nuestra clara simpatía, te encontraré.
Arthur Rimbaud
viernes, 30 de junio de 2017
Ojos negros
Ella tenía los ojos más negros que jamás hubiera visto. Dos piedras líquidas y tenebrosas, hasta donde es posible que la inercia más mineral se conjugue con la más húmeda languidez. Ojos que se veían pasar en un instante de un simulado letargo a un ataque fulminante, asomándose bajo la visera de las larguísimas pestañas con el serpentear de un reptil que asalta el alimento.
Gesualdo Bufalino
Foto: Ilse Bing
jueves, 29 de junio de 2017
La mujer rota
La juventud y eso que los italianos designan con una palabra tan bella: la stamina. La savia, el fuego que permite amar y crear. Cuando has perdido eso, lo has perdido todo.
Simone de Beauvoir
La edad de la discreción
en "La mujer rota".
Trad. Dolores Sierra y Neus Sánchez
Una gran aventura
Diciendo esto, él había atado ya la cola de la cometa en torno de la niña. Ella se agarraba a él y se negaba a irse sola, pero Peter Pan, diciendo un “Adiós, Wendy”, la empujó fuera de la roca, y unos minutos después la niña y la cometa se perdieron de vista. Peter se quedó solo en la laguna.
Ahora la roca era muy pequeña y pronto quedaría sumergida. Pálidos rayos de luz avanzaban sobre la laguna; poco después se oyó un sonido, el más musical y el más melancólico del mundo. Eran las sirenas llamando a la luna.
Peter Pan, aunque no se parecía a los demás niños, se asustó. Un temblor lo sacudió, como el estremecimiento con que el viento azota las aguas del mar; pero los estremecimientos del viento en el mar se suceden unos a otros hasta sumar cientos de ellos, y Peter tembló sólo una vez. Un momento después se hallaba de nuevo erguido sobre la roca, con aquella sonrisa en su rostro y un repique de tambor en su alma . Aquel repiquetear decía: "La muerte debe ser una gran aventura!"
James Matthew Barrie
Peter Pan
Foto: Ansel Adams
Romance fronterizo
¿Sientes gemir la mano en la baranda, sientes también la mano aunque no gima aferrada a los hierros ferroviarios, tanteando las puertas más inhóspitas, adrede empavonadas de hollín y cardenillo? ¿No ves de súbito la sombra surcando los andenes, la estás viendo reptar bajo la marquesina donde un anónimo viajero se despide de nadie, donde tú mismo esperas la llegada de un tren que ya se ha ido?
José Manuel Caballero Bonald
Romance fronterizo
de "Laberinto de fortuna"
Fot. Deborah Turbeville
miércoles, 28 de junio de 2017
Una chica
El árbol ha entrado por mis manos,
la savia ha subido por mis brazos,
el árbol ha crecido en mi pecho –
hacia abajo,
las ramas salen de mí, como brazos.
Árbol eres,
musgo eres,
y las violetas en el viento.
Un niña – tan alta- eres,
Y para el mundo todo esto es un delirio.
Una chica
Fot. anónima del autor
Febrero
Sin hojas, descarnados, inmemoriales,
los árboles han contemplado fijamente la hierba desolada.
Bajo la nieve han dormido las colinas
y el corazón del verano hace tiempo perdido.
Escondida en el centro
de las hondonadas y las tierras altas
espera, sólo espera, como el cielo y la tierra,
la silenciosa y hermosa niña Primavera.
Febrero
Versión de Hilario Barrero
Fot. Rebecca Cairns
martes, 27 de junio de 2017
Ella. Él.
(Ella)
Miraba hacia atrás, hacia los años que había vivido con él, y le parecía que su historia común no podría haberse cerrado mejor de lo que se había cerrado. Si aquella historia la hubiera inventado otra persona, no hubiera podido terminarla de otro modo.
Él llegó un día a su lado sin que lo hubieran invitado. Otro día, del mismo modo, se fue. Habían pasado muchos años de su vida juntos y ahora comprobaba que aquellos años eran más hermosos en el recuerdo que cuando los había vivido.
Me la imagino abriendo la cerradura de la casa y sintiendo en el corazón la orfandad de la soledad que la envolvía al abrir la puerta.
Las ganas de abrazarlo habían desaparecido. Le parecía que estaba frente a él en medio de una planicie nevada y que los dos temblaban de frío.
(Él)
El amor que había existido entre él y Teresa era bello, pero también fatigoso: tenía que estar permanentemente ocultando algo, disfrazándolo, fingiendo, arreglándolo, manteniéndola contenta, demostrando ininterrumpidamente su amor, siendo acusado por sus celos, por su sufrimiento, sintiéndose culpable, justificándose, disculpándose. Aquel esfuerzo había desaparecido ahora y permanecía la belleza.
Se acercaba la noche del sábado, por primera vez paseaba solo por Zurich y aspiraba el perfume de su libertad. Detrás de cada esquina se escondía la aventura. El futuro había vuelto a convertirse en un secreto. Su vida de soltero le había sido devuelta (...)
Su paso era ahora, de pronto, más ligero. Casi flotaba. Se hallaba en el campo mágico de Parménides: disfrutaba de la dulce levedad del ser.
Milan Kundera,
La insoportable levedad del ser
Ed. Tusquets, 1993
Trad. Fernando Valenzuela
Lo que perdura
El rasgo esencial de lo erótico es la drástica modificación del curso del tiempo. Eros alumbra nuestros momentos áureos y, simétricamente, estos entretejen nuestra constelación erótica. Se exige, así, una suerte de doble nacimiento según el cual la fuerza de un instante, siendo imprescindible como acción, todavía es más importante si logra traspasar el filtro de la evocación. Lo erótico conlleva deseo y poder, pero estos únicamente sobreviven si son capaces de superar la prueba de la memoria.
La tensa espera de un determinado acontecimiento, la caricia sobre un cuerpo, la contemplación de algo bello o terrible, sólo llegan a incorporarse a nuestro espacio mítico si permanecen y crecen en nuestro recuerdo. A este respecto la criba es gigantesca: aquello que pareció único y singular, aquello que al ocurrir parecía que marcaba para siempre nuestras vidas puede desvanecerse frecuentemente en el olvido más absoluto. Para que el poder perdure se necesita que continúe ensanchándose la onda expansiva, se necesita que continúe escuchándose el eco. La pasión no radica en lo que sucedió sino en lo que, salvando las trampas del laberinto, sigue sucediendo.
El cazador de instantes.Cuaderno de travesía 1990-1995
Ed. Destino
Fot. René Groebli
Argolla
Quiero que la argolla que rodea nuestros corazones sea guía, no terror
Escrito en el cuerpo
Ed. Lumen, 2017
Collage Katrien de Blauwer
lunes, 26 de junio de 2017
Saber
Qué incomprensible era todo, y que triste, en realidad, aunque fuese tan hermoso. No se sabía nada. Se vivía y se corría por la tierra y se cabalgaba atravesando los bosques, y ciertas cosas parecían muy estimulantes y prometedoras y nostálgicas: una estrella al anochecer, una campánula azul, el verdor de los juncos en el estanque, los ojos de una persona o una vaca. Y a veces se tenía la impresión de que algo nunca visto pero largamente deseado estaba a punto de suceder, que iba a caer un velo descubriéndolo todo; pero luego transcurría el momento sin que sucediera nada, la adivinanza seguía sin solución, el secreto encantamiento intacto y, al final, uno llegaba a viejo y tenía aspecto astuto... o sabio... y seguía quizá sin saber nada, pero todavía esperaba y escuchaba.
Hermann Hesse
Narciso y Goldmundo
Fot. André Kertész
Como hace cuarenta años
Como hace cuarenta años,
Palpitaciones y ruidos
De pasos, una casa y un jardín,
Una vela, la mirada miope,
Que no exige ni juramento,
Ni caución. Bullicio en la ciudad.
Amanece. Llueve y una oscura
Y empapada vid silvestre
Se enrolla a la pared, huérfana,
Como hace cuarenta años.
Versión de Javier Sicilia y Georges Voet
Fot. anónima del autor
domingo, 25 de junio de 2017
Coloma
Iba ya a echar a andar la Ninetta cuando Coloma se salió del grupo en que estaba con nosotros, haciendo aquel paso suyo de cierva encelada, que no parecía poner el pie en el suelo. Su brazo derecho enlazó suavemente, con una soñadora ternura, el cuello de Ninetta mientras su mano izquierda iba acariciándole las crines, en un largo gesto de melancólica gracia, hasta que al fin, acercándose más y más, su linda mejilla fue también resbalando en larga y estrecha caricia por el cuello del animal. Del corazón de aquella criatura cruda y arisca, había salido este movimiento transido de infinita dulzura. Se interrumpió a sí propia Coloma y se alzó con los ojos velados de lágrimas mirando vagamente a los aires con una inconsciente tristeza de animal noble y dejadez desolada de quien acaba de hacer un enorme y delicado esfuerzo.
Entonces comprendí todo el carácter de Coloma. Era de aquellas mujeres capaces de contener un amor y de destrozarse por dentro en un amor, sin revelarse en una sola palabra ni insinuarse en un solo signo hasta el último instante, aquel en que el caballero está montado para la partida.
Rafael Sánchez Mazas
Rosa Kruger
Ed. Trieste, 1984
La musa
Cuando en la noche oscura espero su llegada,
Se me antoja que todo pende de un hilo.
¿Qué valen los honores, la libertad incluso,
cuando ella acude presta y toca el caramillo?
Mira, ¡ahí viene! Ella se echa a un lado el velo
Y se me queda mirando larga y fijamente. Yo digo:
"¿Has sido tú la que le dictó a Dante las páginas sobre el infierno?"
Y ella responde: "Yo soy aquella."
La musa
Versión de María Teresa León
He soñado tanto contigo
Tanto he soñado contigo que pierdes tu realidad.
¿Habrá tiempo para alcanzar ese cuerpo vivo
y besar sobre esa boca
el nacimiento de la voz que quiero?
Tanto he soñado contigo,
que mis brazos habituados a cruzarse
sobre mi pecho, abrazan tu sombra,
y tal vez ya no sepan adaptarse
al contorno de tu cuerpo.
Tanto he soñado contigo,
que seguramente ya no podré despertar.
Duermo de pie,
con mi pobre cuerpo ofrecido
a todas las apariencias
de la vida y del amor, y tú, eres la única
que cuenta ahora para mí.
Más difícil me resultará tocar tu frente
y tus labios, que los primeros labios
y la primera frente que encuentre.
Y frente a la existencia real
de aquello que me obsesiona
desde hace días y años
seguramente me transformaré en sombra.
Tanto he soñado contigo,
tanto he hablado y caminado, que me tendí al lado
de tu sombra y de tu fantasma,
y por lo tanto,
ya no me queda sino ser fantasma
entre los fantasmas y cien veces más sombra
que la sombra que siempre pasea alegremente
por el cuadrante solar de tu vida.
He soñado tanto contigo
Corps et biens, 1930
viernes, 23 de junio de 2017
Señora Lázaro
Morir
Es un arte, como todo lo demás.
Yo lo hago excepcionalmente bien.
Yo lo hago con furia,
Yo lo hago de tal manera que sea real.
Usted podría decir que tengo una predisposición.
Es fácil hacerlo en una celda.
Es fácil hacerlo y mantenerse intacta.
Es el retorno
Teatral a la luz del día
Al mismo lugar, el mismo rostro el mismo brutal
Grito entretenido
“¡Un milagro!”
No puedo soportarlo.
El espectáculo no es gratis
Para ver mis cicatrices
Para escuchar mi corazón
Hay que pagar la entrada
Nada de esto es un acto.
Y hay que pagar, pagar mucho
Por una palabra o tocarme
O por un poco de sangre…
Señora Lázaro
Sima de amor
Resbalando por esta sima umbrosa,
yendo sin freno el pie tras la mirada,
la mano tanteando en piedra helada,
y presa la mirada en lumbre hermosa,
por esta sima voy. ¿Qué luz undosa
de antorchas te me muestra, mi ignorada?
¡Oh inofensiva unión y peligrosa
la de la llama a la pupila atada!
Todo al revés se ve, y a la deriva,
por esta oscuridad que luz trasciende
donde el misterio del amor estriba.
Y si la muerte siento que en mí prende,
también me gozo al verla ardiendo viva
si los caminos de tu alma enciende
Sima de amor
Los ingredientes secretos
Cómo deseé ser aquella inocente pieza de acero inoxidable cuando se llevó la cucharada de sopa a los labios. Habría cambiado toda la sangre de mi cuerpo por medio litro de caldo vegetal. Déjame ser un taco de zanahoria o un fideo para que me metas en tu boca. Tuve envidia del panecillo. La miré partir y untar cada trocito con mantequilla, empaparlo lentamente en el tazón, dejar que se volviera grueso y grávido, que se hundiese bajo el peso rojo oscuro y que resucitara al glorioso placer de sus dientes.
(...)
Las patatas, el apio, los tomates, todo había pasado por sus manos. Cuando me tomé la sopa la filtré para saborear su piel. Había estado allí, debía quedar algo de ella. La encontraría en el aceite y las cebollas, la detectaría a través del ajo. Sabía que había escupido en la sartén para ver si el aceite estaba a punto. Es un viejo truco, todos los chefs lo hacen, o lo hacían. Y supe, cuando le pregunté qué había en la sopa, que había suprimido el ingrediente fundamental. Te saborearé, aunque sea a través de tu cocina.
Jeanette Winterson
Escrito en el cuerpo
Ed. Lumen, 2017
jueves, 22 de junio de 2017
Fantasmas
El hombre que amé se ha convertido en un fantasma. Me gusta ponerle mucho suavizante, plancharlo al vapor y usarlo como sábana bajera las noches que tengo una cita prometedora.
Patricia Esteban Erlés
“Por favor, sea breve 2”.
Antología de relatos hiperbreves.
Antóloga: Clara Obligado.
Ed. Páginas de Espuma, 2009
Fot. Daisuke Yokota
Esa sensación
Pero "felicidad" no es una palabra que baste aquí. Intentaré explicar de otra manera la poesía que vivía en ese cuarto de atrás, la profunda satisfacción que me proporcionaban esos cuatro o cinco minutos: era la sensación de que el tiempo se detenía y que todo sería igual para siempre. Junto a dicha sensación estaban los deleites del amparo, de la continuidad y de encontrarme en casa. Por otro lado me aligeraba el corazón la creencia, o, por decirlo con palabras más elegantes, la visión global, de que el mundo y el universo eran simples y buenos. Aquella sensación de paz espiritual se alimentaba, por supuesto del rostro de Füsun, de su delicada belleza y del amor que sentía por ella. Poder hablar con ella cuatro o cinco minutos en el cuarto de atrás era una felicidad en sí misma. Pero esa felicidad en parte era resultado del entorno en el que nos encontrábamos, del cuarto. (Si hubiera podido cenar con ella en el Vestíbulo también habría sido muy feliz, pero con otro tipo de felicidad.) Aquella profunda paz dependiente del lugar, del entorno y de mi estado espiritual se mezclaba en mi mente con todo lo que veía a mi alrededor, los cuadros de pájaros de Füsum avanzando lentamente, el color teja de la alfombra de Usak del suelo, los retales, los botones, los periódicos atrasados, las gafas de lectura de Tarik Bey, los ceniceros y los útiles de costura de la tía Nesibe. Además aspiraba el olor del cuarto y cualquier dedal, botón o bobina de hilo que me echara al bolsillo antes de salir me recordaba después todo aquello el dormitorio del piso del edificio Compasión y prolongaba mi felicidad.
Orhan Pamuk
El museo de la Inocencia
Foto: Daido Moriyama
miércoles, 21 de junio de 2017
Adorable
Encuentro en mi vida millones de cuerpos; de esos millones puedo desear centenares; pero, de esos centenares, no amo sino uno. El otro del que estoy enamorado me designa la especificidad de mi deseo. Esta elección, tan rigurosa que no retiene más que lo único, constituye, digamos, la diferencia entre la transferencia analítica y la transferencia amorosa; una es universal, la otra específica. Han sido necesarias muchas casualidades, muchas coincidencias sorprendentes (y tal vez muchas búsquedas), para que encuentre la Imagen que, entre mil, conviene a mi deseo. Hay allí un gran enigma del que jamás sabré la clave: ¿por qué deseo a Tal? ¿Por qué lo deseo perdurablemente, lánguidamente? ¿Es todo él lo que deseo (una silueta, una forma, un aire)? ¿O no es sólo más que una parte de su cuerpo? Y, en ese caso, ¿qué es lo que, en ese cuerpo amado, tiene vocación de fetiche para mí? ¿Qué porción, tal vez increíblemente tenue, qué accidente? ¿El corte de una uña, un diente un poco rajado, un mechón, una manera de mover los dedos al hablar, al fumar? De todos estos pliegues del cuerpo tengo ganas de decir que son adorables. Adorable quiere decir: éste es mi deseo, en tanto que es único: «¡Es eso! ¡Es exactamente eso (lo que yo amo)!». Sin embargo, cuanto más experimento la especificidad de mi deseo, menos puedo nombrarla; a la precisión del enfoque corresponde un temblor del nombre; la propiedad del deseo no puede producir sino una impropiedad del enunciado. De este fracaso del lenguaje no queda más que un rastro: la palabra «adorable» (la correcta traducción de «adorable» sería el ipse latino: es él, es precisamente él en persona).
Adorable es la huella fútil de una fatiga, que es la fatiga del lenguaje. De palabra en palabra, me canso de decir de otro modo lo que es propio de mi Imagen, impropiamente lo propio de mi deseo: viaje al término del cual mi última filosofía no puede sino ser la de reconocer —y la de practicar— la tautología. Es adorable lo que es adorable. O también: te adoro porque eres adorable, te amo porque te amo. Lo que clausura así el lenguaje amoroso es aquello mismo que lo ha instituido: la fascinación. Puesto que describir la fascinación no puede jamás, en resumidas cuentas, exceder este enunciado: «estoy fascinado». Habiendo alcanzado el fin del lenguaje, allí donde éste no puede sino repetir su última palabra, a la manera de un disco rayado, me embriago con su afirmación.
Roland Barthes
Fragmentos de un discurso amoroso
Ed. Siglo XXI, 2004
Trad. Eduardo Molina
Fot. anónima de Miriam Cooper
Roland Barthes
Fragmentos de un discurso amoroso
Ed. Siglo XXI, 2004
Trad. Eduardo Molina
Fot. anónima de Miriam Cooper
Topatumba
Ay mi más mimo mío
mi bisvidita te ando
sí toda
así
te tato y topo tumbo y te arpo
y libo y libo tu halo
ah la piel cal de luna de tu trascielo mío que me levitabisma
mi tan todita lumbre
cátame tu evapulpo
sé sed sé sed
sé liana
anuda más
más nudo de musgo de entremuslos de seda que me ceden
tu muy corola mía
oh su rocío
qué limbo
ízala tú mi tumba
así
ya en ti mi tea
toda mi llama tuya
destiérrame
aletea
lava ya emana el alma
te hisopo
toda mía
ay
entremuero
vida
me cremas
te edenizo.
Topatumba
Fot. Roman Pyatkovka
martes, 20 de junio de 2017
Suscribirse a:
Entradas (Atom)















































