martes, 23 de octubre de 2018

Perderse


Allí, en aquellos apartamentos que alquilaban y abandonaban uno tras otro, y adonde ella seguía volviendo de noche, cuando no pretextaba algún viaje o alguna tarea que debía terminar para el taller, y ya entonces, sin querer creerlo aún, él, Paul, escribía y hablaba de árboles que llamaban y que sólo podían dar órdenes, y también de mujeres subyugadas y cautivas que habían perdido el juicio, y cuando en aquellos momentos hablaba de soledad era su soledad en lo que pensaba, cuando, comprendiendo lo interminable de las noches, la veía alejarse, más tranquila o más briosa según el día, no tenía nada más que decir, sólo quedaban el tedio y la confusión, y aquella tristeza que, sin sospecharlo, él aceptaba. Sí, sin duda él era el primero en comprender lo que pasaba con aquel amor que los dominaba a ambos, maestro y alumna, y con ella, su hermana, que se embriagaba como se embriaga uno de lo celeste, y muy pronto él diría, escribiría, que, a pesar de aquella felicidad que ella parecía haber encontrado, ella se perdía, se perdía irremisiblemente. Él escribiría que amar así era perderse.

Michèle Desbordes
El vestido azul
Ed. Periférica
Trad: David M. Copé

Collage Vincent La Scala