jueves, 13 de junio de 2019

Mi vida interior


Nunca he pretendido ser más que un soñador. A quien me ha hablado de vivir nunca le he prestado atención. He pertenecido siempre a lo que no está donde estoy y a lo que nunca he podido ser. Todo lo que no es mío, por bajo que sea, ha tenido siempre poesía para mí. Nunca he amado sino a ninguna cosa. Nunca he deseado sino lo que no podía imaginar. A la vida, nunca le he pedido sino que pasase por mí sin que yo la sintiese. Del amor apenas he exigido que nunca dejase de ser un sueño lejano. En mis propios paisajes interiores, irreales todos ellos, ha sido siempre lo lejano lo que más me ha atraído, y los acueductos que se esfuman, -casi en la distancia de mis paisajes soñados, tenían una dulzura de sueño en relación a otras las partes del paisaje-, una dulzura que hacía que yo pudiese amarlos. Mi manía de crear un mundo falso todavía me acompaña, y solo cuando muera me abandonará. No alineo hoy en mis gavetas carretes de cuerdas y peones de ajedrez -con un alfil o un caballo acaso sobresaliendo- pero me da pena no hacerlo...y alineo en mi imaginación, cómodamente, como quien en el invierno se calienta a la lumbre, figuras que habitan, y son constantes y vivas, mi vida interior. Tengo un mundo de amigos dentro de mí, con vidas propias, reales, definidas e imperfectas.

Fernando Pessoa
El libro del desasosiego de Bernardo Soares
Traducción y edición de Ángel Crespo
Ed. Seix Barral

Fot. Alena Goncharova

Dos vidas


(...) con mi cobardía habitual, prefería refugiarme en la pereza, igual que un caracol en su concha, y alegar incapacidad y falta de experiencia como pretexto para eludir la acción. De haber dependido de mí, sin duda habría dejado escapar aquella oportunidad. Carente de audacia y de los impulsos de la ambición, habría sido capaz de pasarme veinte años enseñando el alfabeto a las niñas, arreglando vestidos de seda y haciendo delantales infantiles. No quiero decir con esto que me sintiera verdaderamente satisfecha, lo que dignificaría mi resignación, ya que el trabajo no me gustaba ni despertaba mi interés, pero me parecía maravilloso verme libre de sinsabores y preocupaciones; eludir el sufrimiento era lo más cercano a la felicidad que yo esperaba conocer. Además, tenía dos vidas muy diferentes: la de mis pensamientos y la real; y mientras la primera estuviera suficientemente alimentada por las mágicas y extrañas alegrías de la imaginación, los privilegios de la segunda podían seguir limitados al pan de cada día, al trabajo rutinario y a un techo sobre el que resguardarme.

Charlotte Bronte
Villette
Edit. Alba
Trad. Marta Salís

Fot. Gundula Blumi