sábado, 16 de abril de 2016

Tan pronto como nacido muere


Regreso muchos inviernos más tarde. En este invierno sin fin mucho más tarde. Este corazón sin fin de invierno. Demasiado pronto. Hela ahí tal como fue dejada. Allí donde. Siempre o regresada. Ojos cerrados en la oscuridad. A la oscuridad. En su propia oscuridad. En los labios misma millonésima parte de sonrisa si hay una. Concisamente con vida como ella sola sabe estarlo ni más ni menos. ¡Menos! En relación con la verdadera piedra. No menos tristemente en buen estado los lugares mal vueltos a ver a primera vista. Con la feliz excepción de las claraboyas más opacas. La luz ya no pasaría sino aun cuando regresara. En el exterior en cambio progreso. Hacia la noche continua. Piedra por todas partes. El día tan pronto como nacido muere. Desechado todo lo mal visto mal dicho. El ojo ha cambiado. Y su estúpida leyenda. La ausencia los ha cambiado. No lo suficiente. Hora de volver a partir. O de cambiar otra vez. De donde regresados demasiado pronto. Cambiados no lo suficiente. Extraños no lo suficiente. Para todo lo mal visto mal dicho. Luego regresar otra vez. Débiles de lo que hace falta para acabar con ello finalmente. Con ella sus cielos y lugares. Y si aún demasiado pronto volver a partir otra vez. Cambiar otra vez. Regresar de nuevo. Salvo impedimento. Ah. Así sucesivamente. Hasta poder acabar con ello finalmente. Con todo este fárrago. En la noche continua. Piedra por todas partes. Primero pues partir. Pero primero volver a verla. Tal como fue dejada. Y el refugio. Bajo el ojo cambiado que también allí eso cambia. Trabaja en ello. Sólo un adiós. Luego volver a partir. Salvo impedimento. Ah.

Samuel Beckett  Mal visto mal dicho
Incluido en Relatos
Ed: Tusquets Editores
Trad. Félix de Azúa, Ana Maria Moix y Jenaro Talens

Fot. Anselm Kiefer