miércoles, 14 de marzo de 2018

Una y otra vez...


Una y otra vez, 
aunque conozcamos el paisaje del amor
y el pequeño cementerio 
con sus nombres que se lamentan
y el barranco terriblemente callado, 
en que los otros desembocan: 
una y otra vez salimos emparejados
bajo los viejos árboles; 
y nos echamos, una y otra vez,
entre las flores, frente al cielo.

Una y otra vez...

Fot. Édouard Boubat,  Paris 1952

martes, 13 de marzo de 2018

Una noche extraordinaria


Extraño, increíble, no había sido nunca tan feliz. Nada podía ser suficientemente lento, nada podía durar demasiado. Ningún placer podía igualar, pensó, mientras enderezaba sillas y volvía a colocar un libro en la estantería, al de haber acabado con los triunfos de la juventud, haberse perdido en el proceso de vivir, para volver a encontrar la vida, con un sobresalto de placer, al salir el sol, al morir el día. Fueron muchas las veces que salió, en Bourton, mientras los demás hablaban, a contemplar el cielo; o que lo vio, entre los hombros de los comensales en la cena, como lo veía en Londres cuando no podía dormir. Se dirigió hacia la ventana.
Aquel cielo rural y este otro cielo sobre Westminster contenían, aunque pareciera una idea absurda, algo suyo. Apartó las cortinas y miró. 
¡Qué sorpresa! En la habitación de enfrente, ¡la anciana señora miraba directamente hacia ella! Se disponía a acostarse. Y el cielo. Había pensado que sería un cielo solemne, que sería un cielo oscuro, a punto de esconder su hermoso rostro. Pero allí estaba: de palidez cenicienta, surcado velozmente por grandes nubes que se deshilachaban. Era nuevo para ella. Debía de haberse levantado viento. En la habitación de enfrente, la anciana se disponía a acostarse. Era fascinante verla desplazarse, cruzar la habitación, acercarse a la ventana. ¿Veía a Clarissa? Era fascinante, mientras la gente aún reía y gritaba en el salón, presenciar cómo la anciana, en completo silencio, se iba a la cama. Ya bajaba la persiana. El reloj comenzó a dar la hora. El joven se había suicidado, pero no lo compadecía; con el reloj dando la hora, una, dos, tres, no lo compadecía, con todo lo que estaba sucediendo. Por fin. La anciana había apagado la luz y toda la casa quedaba a oscuras, con todo lo que estaba sucediendo, repitió, y le vinieron a la cabeza las palabras: No debes temer al ardor del sol. Tenía que volver con sus invitados, pero ¡qué noche tan extraordinaria! Por alguna razón se sentía muy parecida al joven que se había suicidado. Le alegraba que lo hubiera hecho; que hubiese rechazado la vida mientras ellos seguían viviendo. El reloj estaba dando la hora. Los círculos de plomo se disolvían en el aire. Pero tenía que volver. Reunirse. Tenía que encontrar a Sally y a Peter. Salió de la habitación. 

Virginia Woolf
La señora Dalloway
Ed. Alianza, 2012
Trad. José Luis López Muñoz

Collage Dani Sanchís
Último suspiro

lunes, 12 de marzo de 2018

Precipicio


Precipicio

mi pierna recorre el silencio
donde se forma
tu cuerpo desnudo
ahora todavía
y desde que la muerte introdujo
su intenso vocabulario
nada ha vuelto a suceder
sólo este largo sonido extranjero
sólo la locura ha conectado su jardín
al silencio de la muchacha
que se viste
poco a poco
de hambre.

De "Notas salvajes" 
Editorial Argonauta, 1989


Ahora que ya no soy más joven


Ahora que ya no soy más joven

Ahora que ya remonto la mitad del camino de mi vida, 
yo que siempre me apené de las gentes mayores, 
yo, que soy eterna pues he muerto cien veces, de tedio, de agonía, 
y que alargo mis brazos al sol en las mañanas y me arrullo 
en las noches y me canto canciones para espantar el miedo, 
¿qué haré con esta sombra que comienza a vestirme 
y a despojarme sin remordimientos? 
¿Qué haré con el confuso y turbio río que no encuentra su mar, 
con tanto día y tanto aniversario, con tanta juventud a las espaldas, 
si aún no he nacido, si aún hoy me cabe 
un mundo entero en el costado izquierdo? 
¿Qué hacer ahora que ya no soy más joven 
si todavía no te he conocido?



sábado, 10 de marzo de 2018

El enigma


A veces, como sucede con un cohete teledirigido, la obra de arte se dirige justamente a ese objetivo en tu interior que alberga un enigma semejante al expresado por la propia obra. Sabes de qué va ese enigma, platónicamente existe la posibilidad de que alguna vez encuentres la fórmula para expresarlo, pero tendrás que seguir buscándola y, mientras no la hayas encontrado aún, no se te ocurra desvelar el enigma ni menos aún ofenderlo mediante la invención de una fórmula zafia. Observar, escuchar, leer, eso siempre funciona.

Cees Nooteboom
El enigma de la luz
Ed. Siruela, 2007
Trad. Isabel-Clara Lorda Vidal

Fotografía del álbum privado de Virginia Woolf

Noche de la buena soledad


Noche de la buena soledad
Escucha, es el pájaro más lejano del mundo el que canta,
La noche fluye unificada, expandida.
Los geranios,
Y la rama más alborotada de la estación, oyen la luna.

La escalera delante del edificio,
La puerta sosteniendo con la mano una linterna
Y en el fresco derroche de la brisa,
Escucha: el sendero llama a tus pasos desde lejos.
Tus ojos apenas son el ornato de las tinieblas.

Sacude pues los párpados, ponte los zapatos y ven.
Ven al lugar donde el plumón de la luna despierta tus dedos,
Donde el tiempo se sentará sobre la tierra dura, junto a ti,
Y absorberá los salmos nocturnos de tu cuerpo como fragmentos de un canto.

Allí hay un místico que te dirá:
Lo mejor es alcanzar una mirada impregnada todavía del súbito
Acontecer del amor.

Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2010.
Traducción: Clara Janés

viernes, 9 de marzo de 2018

Palabras


¡Vosotras, palabras, levantaos, seguidme!
y aunque ya estemos lejos, demasiado lejos, 
nos alejaremos una vez más, 
hacia ningún final.

No aclara.
La palabra sólo arrastrará otras palabras,
la frase otras frases.
El mundo así quiere, definitivamente,
imponerse, quiere estar dicho ya.

No la digáis.
Palabras, seguidme,
¡que no se vuelva definitiva esta ansia 
del verbo y dicho y contradicho!

Dejad ahora un rato
que ninguno de los sentimientos hable,
que el músculo corazón se ejercite 
de manera diferente.

Dejad, digo, dejad.
Nada, digo yo, susurrado al oído supremo,
que sobre la muerte no se te ocurra nada,
deja y sígueme, ni dulce ni amargo,
ni consolador,
no significativamente sin consuelo
tampoco sin signos.

Y sobre todo, no eso:
la imagen en el tejido de polvo, 
el retumbar vacío de sílabas, 
palabras de agonía.

¡Sin decir nada, vosotras, palabras!
Bajo la tormenta de rosas.

Adonde nos dirijamos bajo la tormenta de rosas,
las espinas iluminan la noche, 
y el trueno de las hojas, 
antes tan silenciosas en los arbustos,
nos sigue ahora muy de cerca.


Vosotras, palabras
Para Nelly Sachs, la amiga, la poeta, en veneración
Versión de J.M. Montefogo

Se respira


En este espacio se respira, por fin.
Se cierra la boca. Se escribe. Se está solo. Se es uno mismo. Se respira.

Pascal Quignard
Sobre la idea de una comunidad de solitarios
Ed. Pre-Textos, 2018
Trad. Adalber Salas

Fotograma de Chanson d’Armor (Jean Epstein, 1934)

miércoles, 7 de marzo de 2018

Leyendo



A menudo los árboles tiemblan


A menudo los árboles tiemblan. Recogemos las hojas. Tienen una cantidad enorme de nervaduras. ¿Para qué? Ya no hay nada más entre ellas y el árbol.
¿No podría proseguir la vida en la tierra sin viento? ¿O es que todo tiene que temblar siempre, siempre?
También hay movimientos subterráneos, y en la casa una especie de cólera que aparece delante de ti, como seres adustos que quisieran arrancar confesiones.
No se ve nada, excepto lo que importa bien poco ver. Nada, y sin embargo temblamos. ¿Por qué?

Henri Michaux
Le escribo desde un país lejano

Dibujo de Henri Michaux

martes, 6 de marzo de 2018

Necesidades


Siempre creí poder realizar mi trabajo intelectual totalmente solo, sin ninguna clase de seres humanos, lo que tuvo que revelarse como un error, pero también el que realmente necesitamos a alguien es a su vez un error, necesitamos a un ser humano para ello y no necesitamos a ninguno, y unas veces necesitamos a alguien y otras veces no necesitamos a nadie y otras veces necesitamos a alguien y al mismo tiempo no necesitamos a nadie, ahora, en estos días, he vuelto a tener conciencia de este hecho, el más absurdo de todos; nunca sabemos, ni sabemos, si necesitamos a alguien o no necesitamos a nadie, ni si al mismo tiempo necesitamos a alguien y no necesitamos a nadie y, como no sabemos ni nunca sabemos lo que realmente necesitamos, somos infelices y por ello incapaces de empezar un trabajo intelectual cuando queremos, cuando nos parece acertado.

Thomas Bernhard
Hormigón
Ed. Alfaguara, 2012
Trad. Miguel Sáenz

Fot. Edward Steichen
Marion Morehouse, 1927

Nadie podía


II

Nadie podía en ti nacer ni morir.

Pero todo nacía en tus bordes lucientes,
la esperanza del sol, el cuerpo vivo 
de la luz, de las aguas extendidas,
las mismas aguas por las que avanzamos.

Y nada muere en ti,
nada salvo tú misma, 
en tus piedras no quedan sino signos
de nada y nadie. Queda
sólo la luz.

"Al cúmulo de octubre" 
(Antología poética: 1979-2015)
Visor de Poesía


Bartlebys


Todos conocemos a los bartlebys, son esos seres en los que habita una profunda negación del mundo. Toman su nombre del escribiente Bartleby, ese oficinista de un relato de Herman Melville que jamás ha sido visto leyendo, ni siquiera un periódico; que, durante prolongados lapsos, se queda de pie mirando hacia fuera por la pálida ventana que hay tras un biombo, en dirección a un muro de ladrillo de Wall Street; que nunca bebe cerveza, ni té, ni café como los demás; que jamás ha ido a ninguna parte, pues vive en la oficina, incluso pasa en ella los domingos; que nunca ha dicho quién es, ni de dónde viene, ni si tiene parientes en este mundo; que, cuando se le pregunta dónde nació o se le encarga un trabajo o se le pide que cuente algo sobre él, responde siempre diciendo:
-Preferiría no hacerlo.
Hace tiempo ya que rastreo el amplio espectro del síndrome de Bartleby en la literatura, hace tiempo que estudio la enfermedad, el mal endémico de las letras contemporáneas, la pulsión negativa o la atracción por la nada que hace que ciertos creadores, aun teniendo una conciencia literaria muy exigente (o quizás precisamente por eso), no lleguen a escribir nunca; o bien escriban uno o dos libros y luego renuncien a la escritura; o bien, tras poner en marcha sin problemas una obra en progreso, queden, un día, literalmente paralizados para siempre.

Enrique Vila-Matas
Bartleby y compañía
Ed. Seix Barral, 2015

Fot. Vincenzo Balocchi

lunes, 5 de marzo de 2018

Como siempre


Impares. Fila 13. Butaca 3. Te espero como siempre.

Palacio del cinematógrafo

Carne y Cielo


CARNE Y CIELO

Oh, amor materno, 
doliente, por los oros 
de cuerpos invadidos 
del secreto de regazos. 
Amados movimientos 
inconscientes del perfume 
impúdico que ríe 
en los miembros inocentes. 
Pesados fulgores 
de cabellos… crueles 
negligencias de miradas… 
atenciones infieles… 
Enervado por llantos 
tan suaves vuelvo a casa 
con las carnes ardientes 
de espléndidas sonrisas. 
Y enloquezco en el corazón 
nocturno de un día de trabajo 
después de mil otras noches 
con este impuro ardor. 

de "El ruiseñor de la Iglesia Católica"
Trad. Guillermo Fernández

domingo, 4 de marzo de 2018

Domingo

Los domingos del Señor Jordà y Nina

La musa


La musa

Yo la quiero cambiante, misteriosa y compleja;
con dos ojos de abismo que se vuelvan fanales;
en su boca, una fruta perfumada y bermeja
que destile más miel que los rubios panales.

A veces nos asalte un aguijón de abeja:
una raptos feroces a gestos imperiales 
y sorprenda en tu risa el dolor de una queja;
¡En sus manos asombren caricias y puñales!

Y que vibre, y desmaye, y llore, y ruja, y cante,
y sea águila, tigre, paloma en un instante,
que el Universo quepa en sus ansias divinas.

Tenga una voz que hiele, que suspenda, que inflame,
y una frente que, erguida, su corona reclame 
¡de rosas, de diamantes, de estrellas o de espinas!


Fot. anón. de Delmira Agustini

sábado, 3 de marzo de 2018

Vida


Siempre que algo se aleja de mi, siempre que pierdo algo o a alguien, siempre que debo separarme de algo o de alguien, mi reacción es creativa. Huck observó que cuando perdí a mi Padre me convertí en mi Padre; cuando Henry me decepciona, me convierto en escritor, cuando Rank me falla, me convierto en psicoanalista. Todo ha de ser reemplazado y recreado. Todo debe ser expulsado de mí y estar en mí, dentro de mí. Creo todo cuanto es perecedero, evanescente, engañoso. Creo mi autosuficiencia, mi independencia, mi autofecundación. Pero como soy mujer, no quiero estar sin necesidades. Y sigo teniendo grandes necesidades. Nada sustituye ni a la vida ni al amor. Necesitaba un padre; necesitaba a Henry, necesitaba la protección de Hugh, su lealtad, su confianza; necesitaba la comprensión de Rank; necesitaba la escritura de Henry; necesitaba el equilibrio de mi Padre; necesitaba el amor. Necesidades terribles, inmensas, devoradoras, demoledoras. La vida me obliga a prevenir y remediar las necesidades, a ser un cosmos por mí misma: hombre, mujer, padre, madre, amante, niña. ¡Todos los papeles!
¡Extenuante!

Ed. Siruela, 2014
Trad. José Luis Fernández-Villanueva

Anaïs Nin dancing on the beach of Puerto-Vallarta

Plaza del Cairo


Plaza del Cairo

Una pequeña plaza
a la sombra de los árboles
que trenzan en el cielo
un techo murmurante
para los pájaros profetas
sobre un suelo de silencio
el tiempo pasa
y los dedos disciernen
bajo el abrigo de las palabras
la redondez de un instante

De “Las lágrimas de Cartago”
Versión Víctor Bermúdez